En algún momento me haré el polvo que tanto deseas que sea y nunca más me volverás a decir qué hacer, cómo actuar, cómo vestir, cómo hablar, qué decir, o que no hice las cosas, sabiendo que sí lo hice. Pero nunca seré suficientemente competente para ti, siempre seré una basura o, como tú me nombras: mierda, una estúpida, una inservible.
¿Por qué no eres como “…”?
Cualquier etiqueta me duele, pero siempre finjo que no.
Me duele escucharte decir esas palabras: “Estamos muy orgullosos de ti, te amamos mucho”, porque sabes que nunca voy a creerlas. Lo único que sale de tu boca hacia mí son cosas que me hieren.
Hablo bien de tí con todos, pero tú de mí nunca. Y lo sé, porque incluso es demasiado pedir que me correspondas un “¿cómo estás?” o que me digas un “te amo”. Todo lo que digo o hago está mal para ti.
¿Sabes por qué nunca dejé de dibujar, escribir y escuchar mi estúpida música que tanto odias? Porque es lo único que me hace olvidar lo miserable e insignificante que soy para ti. Imagínate entonces cómo soy para los demás a mi alrededor.
Me hago la sorda, hago todo lo que me pides. Me tardo, claro, pero lo hago, y lo sabes.
Ya no sé qué hacer para que te sientas “orgullosa de mí”. Creo que eso nunca lo podré escuchar de tus labios y, ¿sabes? Trato y doy lo mejor de mí para que lo digas, pero…
Madre, por favor, perdona cualquier cosa mala que hice. Hace años que no me das un abrazo y se siente tan raro cuando me dices hija, porque me acostumbré a que me llamaras por mi nombre o por las etiquetas que tanto te gusta ponerme.
Espero que cuando me vaya no me busques, que de verdad no me extrañes, porque no volveré. Mi vida da igual y quiero que sepas que yo, a pesar de todo, sí te amo, madre.