Un hermoso valle, dominado por una vasta vegetación de árboles y césped verde, recibía al sol que emergía del horizonte, bañando el lugar con su manto cálido y brillante. El rocío fresco resplandecía como diamantes mientras la gran esfera dorada anunciaba el nuevo día. Ese lugar era el reino de Prado Verde, famoso por estar en la cima del comercio de frutas y plantas.
Esa hermosa mañana, antes de que el alba se iluminara por completo, el príncipe Abasi se asomó por la entrada de una cueva en el borde de un acantilado. Era un cachorro de león de pelaje dorado y ojos marrones llenos de asombro. Tras contemplar el amanecer, entró de nuevo, emocionado.
Brincó esquivando a las demás leonas y leones jóvenes de la manada que dormían plácidamente. Al llegar al centro del círculo, divisó a un león imponente de melena negra junto a una leona de un tono beige opaco.
—Papá, despierta —decía intentando levantarlo—. Papá, papá, por favor.
—Tu hijo ya está despierto —murmuró la reina Akimut a su esposo, el rey Ojos Oscuros, con la voz adormilada y los ojos aún cerrados.
—Pero en las mañanas es tu hijo —respondió el rey, en el mismo tono.
De pronto, un león adolescente que dormía al lado de la reina se levantó de golpe. Tomó una rama del suelo y la estrelló contra la cabeza del cachorro con tanta fuerza que el trozo de madera se partió en dos.
—¡Auch! ¡Ken! —protestó el pequeño, molesto.
—¿Podrías callarte? Algunos intentamos dormir —gruñó el joven león.
—Está bien, Ken, ya estoy despierto —intervino Ojos Oscuros mientras se levantaba, estirando el cuerpo y soltando un profundo bostezo—. Puedes volver a dormir.
Ken simplemente se dejó caer al suelo y comenzó a roncar a pierna suelta. Mientras tanto, Abasi y Ojos Oscuros salieron de la cueva hacia el exterior.
La ladera del acantilado no era angosta; era lo suficientemente ancha para que los leones pudieran transitar por ella sin peligro. Padre e hijo subieron juntos hasta la cima, contemplando el imponente amanecer.
—Todo eso, Abasi, es nuestro reino —le dijo Ojos Oscuros—. Todo lo verde es el regalo de la vida, nuestro hogar y dominio.
—Ken dice que hay que aprovechar todos los recursos de la naturaleza —comentó Abasi, mirando a su alrededor con asombro.
—No es suficiente con aprovechar los recursos —replicó Ojos Oscuros, frotando cariñosamente su pata contra la cabeza de su hijo—. También hay que respetarlos. No debemos tomar demasiado, solo lo necesario. De lo contrario, sería una acción contraproducente para todos.
—Sí... —murmuró Abasi con un suave ronroneo—. A Ken últimamente se le ha subido a la cabeza, ya que pronto será rey.
—Dejemos eso por ahora —interrumpió Ojos Oscuros, mirando nuevamente al frente—. Desde aquí puedes ver varios reinos. ¿Los reconoces?
—Em... ese lugar donde empieza el caudal es El Arroyo Sagrado, conocido por su comercio floral y su agua cristalina —respondió, señalando una pradera cruzada por un riachuelo—. Allá comienza La Jungla, por ahí La Arboleda... pero no reconozco esas estepas.
Ojos Oscuros desvió la mirada hacia el frente. Se extendía una estepa enorme, plagada de matorrales y árboles secos; un páramo donde pocos animales lograrían sobrevivir.
—Esas, hijo, son Las Tierras Áridas. Al principio se les conocía como La Gran Colina, pero una guerra sin sentido lo destruyó todo y nada volvió a florecer allí —El león mayor se interrumpió al notar a uno de sus sirvientes, un topo que emergió frente a él—. Kimu.
—Su alteza, la reina Sekut de El Arroyo Sagrado solicita una audiencia urgente con usted —anunció el pequeño animal con un tono firme, casi militar.
—¿El Arroyo Sagrado? Eso significa que... ¡Alika! —Abasi corrió hacia el frente, emocionado.
—Ojalá yo estuviera así de emocionado —comentó Ojos Oscuros, negando levemente con la cabeza y soltando una risa baja.
Una leona de pelaje beige brillante se encontraba en la cueva, conversando con la reina Akimut.
—Siempre es un placer verte, Sekut. De haber anunciado tu llegada, habría mandado a cazar al búfalo más gordo para ustedes —decía Akimut con cortesía.
—Tranquila, Akimut, ya desayunamos antes de venir aquí —respondió Sekut, quien hasta el momento se mantenía cerca de una cachorra de león que vestía una pequeña capa y capucha verdes.
Abasi llegó veloz como un rayo, interrumpiendo la conversación por completo.
—¡Alika!
—¡Abasi!
Ambos cachorros se abrazaron tiernamente; eran grandes amigos. Cada vez que la reina Sekut los visitaba, ellos aprovechaban cada segundo para jugar.
—¿Podemos ir al manantial, mamá? —preguntó Abasi, emocionado.
—Está bien. Ken, ¿podrías acompañarlos? —pidió Akimut, mirando a su hijo mayor.
—Bien, mamá, como digas —refunfuñó el joven león un poco aburrido, mientras jugueteaba con el cráneo de una gacela como si fuera una marioneta—. Vámonos, niños.
En cuanto los tres se marcharon, el rey Ojos Oscuros entró a la cueva e hizo una respetuosa reverencia.
—Siempre es un gusto verte, Sekut, pero dudo que hayas venido solo a conversar —comentó el gran león con un deje de preocupación en la voz.
—Sí... El movimiento de la Legión Animal Liberal de Amenaza está avanzando; reúnen aliados cada vez más rápido —reveló la reina del Arroyo, casi en un susurro.
—Son solo presas que no conocen su lugar, podemos con ellas —dictaminó Akimut con excesiva confianza, pero el semblante severo de Sekut la hizo cambiar de parecer.
—No, Akimut —replicó la visitante—. Se rumorea que se han aliado con leones desterrados, y que hienas y chacales se han unido a sus filas.
—¿Desterrados, chacales, hienas? —intervino Ojos Oscuros, desconcertado—. Pero si ellos odian a los depredadores...
—Hay algo más —añadió Sekut—. Yo misma lo vi junto a mis sirvientes. La leyenda del Hombre Mono es cierta.
—¿El Hombre Mono? —Akimut no podía dar crédito a sus palabras—. Se supone que es solo un mito para asustar a los cachorros.
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Editado: 29.05.2026