Las crónicas Animadas: Choque de Reinos

El reino caído

Sekut y Ojos Oscuros repelían a los enemigos lo mejor que podían. El rey utilizaba su imponente fuerza y sus garras, mientras que Sekut combatía usando su cetro, que en realidad ocultaba una letal lanza en su interior.

​—¡Te dije que tu ejército necesitaba más variedad que solo leones! —reclamó Sekut, sometiendo con un movimiento ágil a un chimpancé que la atacaba.

​—No hay tiempo para eso, ¡debemos buscar a los cachorros! —respondió Ojos Oscuros, esquivando el picotazo de un calao terrestre y contratacando con fiereza.

​Mientras tanto, en la colina por donde descendían los leones desterrados, Ken observaba el caos con total indiferencia. A su lado se plantó una leona de su misma edad; tenía ojos verdes brillantes y un pelaje marrón oscuro.

​—¿Cumplirás tu parte del trato? —preguntó ella, con una mezcla de ambición y desconfianza.

​—Soy un león de palabra, Manindi —aseguró Ken, dedicándole una sonrisa de suficiencia—. En cuanto el reino sea mío, podrás hacer lo que desees con la general.

​Dicho esto, Ken se lanzó al combate seguido de cerca por Manindi.

​En la entrada de la cueva, Akimut apareció cojeando, visiblemente herida. Nunca mencionó qué había hecho exactamente con la hiena en el río, y los cachorros no querían saberlo. A su lado llegaron Sekut y Ojos Oscuros a toda prisa.

​—Sekut, llévate a tu hija. Esta no es tu batalla —le urgió Akimut entre jadeos de dolor—. Si mueres aquí, tu reino quedará sin gobernante.

​—Vámonos, Alika, ¡ahora! —ordenó Sekut de inmediato.

​Tomó a la cachorra por el lomo y se la llevó a toda prisa por un sendero oculto entre las rocas, ignorado por los invasores.

​—Debemos poner a Abasi a salvo en otro lugar —sentenció Ojos Oscuros, colocándose frente a su hijo de forma protectora.

​En ese momento, una leona que portaba hombreras de corteza y pintura tribal llegó corriendo hacia los reyes, con el rostro desencajado.

​—¿General Taama? ¿Qué ocurre? —preguntó el rey, alarmado.

​—Bloquearon todas las salidas, majestad. No podremos ganar esta vez —informó la general con desesperación.

​—Aún nos queda el sendero del acantilado, podemos escapar por ahí —sugirió Akimut, conteniendo el dolor de sus heridas.

​Sin embargo, antes de que pudieran dar un paso, una hilera de afiladas costillas de elefante brotó del suelo de golpe, bloqueándoles el paso por completo.

​De entre las sombras de la barricada, otra hiena caminó hacia el frente. A diferencia de las demás, portaba un cráneo de león decorado con plumas a modo de casco, un grueso collar de colmillos y pintura tribal roja pintada en la cara. Aunque parecía tener la misma edad que Ken, sus ornamentos dejaban claro que era la líder absoluta de su facción.

​—¿Kenya? ¿A qué se debe esta traición? —demandó Akimut, erizando el pelaje.

​—Mataste a una de mis hermanas —siseó Kenya, clavándole una mirada feroz y despiadada—. Ahora te costará muy caro.

Kenya hizo aparecer mágicamente una columna vertebral con el cráneo de un búfalo pegado en el extremo. Lo batió en el aire como si fuera un letal mayal y se arrojó con furia contra Akimut.

​Aprovechando la distracción, Ojos Oscuros y la general Taama tomaron a Abasi apresuradamente y corrieron hacia el sendero del acantilado. Sin embargo, antes de poder alcanzarlo, una chacal les cerró el paso. Vestía ornamentos distintos al resto: plumas rojas, pintura tribal blanca y brazaletes grabados con extraños símbolos.

​—¿Juva? ¿Tú también? —preguntó Ojos Oscuros, completamente desconcertado.

​—Solo la quiero a ella —sentenció la chacal, arrojando una ráfaga de magia directa hacia la general Taama que la empujó varios metros hacia atrás.

​Manindi apareció en ese instante. La chacal y la leona desterrada rodearon a la general con los lomos erizados y gruñidos amenazantes.

​—He esperado tanto tiempo por esto... —siseó Manindi, mientras sus garras comenzaban a encenderse en un místico fuego verde.

​De inmediato, la desterrada y la chacal atacaron en perfecta sincronía combinando golpes y magia, obligando a Taama a esquivar y contraatacar con desesperación.

​—Ojos Oscuros.

​Una nueva silueta se plantó frente al rey. Era un antílope enorme y robusto, de ojos rojos inyectados en sangre y grandes cuernos afilados: Pinel, el líder absoluto de la Legión.

​—¿Pinel? ¿Qué fue lo que te hizo aliarte con las hienas, los chacales y los desterrados? —demandó Ojos Oscuros, poniéndose en posición defensiva.

​—Un objetivo en común —respondió el antílope con frialdad.

​Pinel soltó un potente silbido y, de inmediato, una manada de ñus apareció en estampida, arrasando con todo a lo largo del acantilado.

​El líder de la Legión se abalanzó sobre el rey. Fue una lucha brutal: garras y colmillos contra cuernos y pezuñas. Pinel poseía una fuerza descomunal que rivalizaba con la de Ojos Oscuros, logrando empujarlo y embestirlo con alarmante facilidad. Abasi intentó huir para buscar ayuda, pero una gigantesca rinoceronte le bloqueó el paso de un golpe.

​—¿A dónde vas, pequeño? Te perderás el espectáculo —se mofó la rinoceronte, aplastando con pesadez la cola del cachorro para impedir que se moviera.

​—¡Ken, ayúdanos! —gritó Abasi al divisar a su hermano mayor en la cima del acantilado.

​Pero Ken no se movió. No hizo nada, solo se limitó a observar la escena con una frialdad gélida. En ese instante, la venda cayó de los ojos de Abasi; comprendió la verdad—: ¿Ken?... Tú estás con ellos.

​Con una embestida final, Pinel derribó a Ojos Oscuros, arrojándolo por el borde del acantilado. El rey logró aferrarse desesperadamente con sus garras a las rocas para no caer al vacío.

​—Pinel, no lo hagas... No frente a mi hijo —rogó Ojos Oscuros, con las fuerzas agotándosele.

​El antílope se inclinó lentamente hacia él y le susurró unas palabras que solo el rey pudo escuchar. Acto seguido, exclamó con ironía:




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