Dos años habían pasado. En Prado Verde, Ken observaba su dominio desde la cima del acantilado con una expresión de absoluta suficiencia.
—Bueno, bueno... Lástima por Abasi, se lo perdió —comentó con una sonrisa cínica.
—Señor, traigo noticias desde las Tierras Áridas —anunció Pinel, inclinándose respetuosamente ante él.
—Habla.
—Descubrimos que tu hermano sigue vivo —reveló el antílope. Ken volteó de golpe, sin poder creerlo—. Ha reunido a un pequeño ejército de descontentos al que llaman "El Sol Naciente". Son muchos menos que nosotros, unos simples aficionados.
—Entonces no hay de qué preocuparse —concluyó Ken, recuperando su semblante sereno.
Desde fuera, el reino lucía extrañamente próspero. Ken no gobernaba con pata de hierro, sino con una calculada y falsa amabilidad; escuchaba los problemas de sus súbditos y los resolvía con prontitud, sabiendo perfectamente que el descontento podía provocar una revuelta. Manindi se había convertido en su reina, Juva ejercía como la hechicera real, Pinel ostentaba el título de duque de la región —con la rinoceronte Nandi como su implacable guardaespaldas— y Kenya comandaba los ejércitos.
Sin embargo, la realidad en la zona de las hienas era muy distinta. Allí, Akimut despertó de su letargo. Llevaba el cuerpo cubierto con pintura tribal, ornamentos de plumas negras y cuentas de madera áspera; adornos sin valor real que solo identificaban a los consortes. Su mirada, antes altiva, ahora lucía vacía y apagada. La terrible magia de Juva la había reprogramado por completo, borrando sus recuerdos.
—¿Y bien? ¿Cómo amaneció mi consorte? —preguntó Kenya, aproximándose con arrogancia.
—Muy bien, madam —respondió Akimut. Su voz sonaba mecánica, desprovista de cualquier atisbo de emoción.
—¿A quién perteneces? —inquirió la hiena con una sonrisa malévola.
—Solo a usted —repitió la leona de la misma forma.
Mientras tanto, en las profundidades subterráneas de ese mismo acantilado, las leonas sobrevivientes a la conquista permanecían cautivas en túneles bloqueados por pesadas ramas y osamentas. En la celda más profunda se encontraba la general Taama, suspendida e inmovilizada por lianas gruesas que colgaban del techo. Su cuerpo estaba plagado de cicatrices. Juva, Kenya y Manindi la habían torturado sistemáticamente durante dos años; no le concedían la muerte porque deseaban verla consumirse lentamente.
Las tres líderes entraron una vez más a la fosa. Manindi la sujetó con brusquedad de la mandíbula, obligándola a levantar la cabeza.
—Oh, mírate... Aquí terminó la gran general Taama —se mofó la reina desterrada.
En un último arranque de orgullo, Taama lanzó un rápido zarpazo y mordió la pata de Manindi. La leona rugió de dolor antes de retroceder un paso—. ¡Insolente!
De inmediato, Juva y Kenya pegaron sus cuerpos al de Taama, prensándola contra la pared de piedra para inmovilizarla por completo. Una liana imbuida en la magia de Manindi descendió del techo y le abrió la boca de forma forzosa. La general gimoteaba y se retorcía en vano.
—Descuida, Taama, esto no dolerá... mucho —siseó Manindi.
Acto seguido, introdujo sus garras en las fauces de la prisionera y, con una fuerza descomunal, le arrancó los colmillos superiores de cuajo. Taama ahogó un grito de agonía pura—. Acéptalo. El reino ha sido tomado, el príncipe está desterrado, el viejo rey está muerto y la reina lo olvidó todo. Tú morirás aquí abajo, sola, sin volver a ver la luz del sol.
Sin más que decir, las tres abandonaron el calabozo, dejando atrás a una Taama ensangrentada y adolorida, mientras las demás prisioneras desataban un alboroto de furia tras los barrotes.
En las Tierras Áridas, animales de diversas especies entrenaban arduamente en el arte del combate, blandiendo báculos y lanzas con destreza. Samedi caminaba entre las filas, observando el progreso de sus tropas con mirada crítica.
—Aún no somos suficientes. Y aunque posea los poderes de los ancestros, la magia sola no bastará —se dijo a sí mismo el joven león.
Un manto negro cubría su cuerpo, y una imponente máscara tribal adornada con plumas ocultaba sus facciones. Ahora tenía la misma edad que Ken el día de la traición.
—¡Traigo noticias de Prado Verde! —anunció una cebra, llegando al galope y frenando en seco ante él.
—Habla —ordenó Samedi. Su voz ya no poseía la calidez de su infancia; ahora era profunda y severa.
—La general Taama sigue con vida, pero ha sufrido tanto a manos de la reina que su único deseo es la muerte.
—¿Y mi madre? No te quedes callada, Ika —le urgió el león, enderezando el lomo.
—Se convirtió en la consorte de Kenya. Juva le lavó el cerebro con una magia terrible; lo olvidó a usted, olvidó al rey Ojos Oscuros y todo lo relacionado con el antiguo reino —explicó la cebra, jadeando debido a la velocidad con la que había corrido.
Samedi apretó las garras contra la tierra, conteniendo la furia que amenazaba con encender el fuego de las estrellas en su interior. En ese momento, un chacal se aproximó con paso tranquilo.
—Señor, unos mensajeros de otro reino acaban de llegar y solicitan una audiencia urgente con usted.
—Yo me haré cargo.
Samedi avanzó unos pasos hasta plantarse frente a una delegación de cuatro animales extraños. Al frente estaba una leopardo cuya piel lucía una pintura tribal en tonos verde, rojo y azul, complementada con un collar de ópalo. A su lado, un joven mandril con mejillas pintadas de carmín sostenía un báculo y una especie de bolsa mística. Detrás de ellos aguardaba un robusto rinoceronte con pintura amarilla, hombreras de madera y plumas en la frente; sobre su lomo descansaba un pequeño picabuey que portaba un casco hecho con una cáscara de fruta.
—Oh, gran Samedi. Hemos sido enviados desde el reino del Arroyo Sagrado para hablar con usted —declaró la leopardo con una reverencia—. Venimos a proponer una alianza entre nuestros bandos para derrocar a Ken y a Manindi de una vez por todas.
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Editado: 12.06.2026