En otro tiempo y lugar, en una dimensión completamente ajena a la de Samedi y Alika, un tranquilo patio trasero era el escenario de un apasionado juego infantil.
Una niña afroamericana permanecía en lo alto de una casa del árbol. Lucía un vestido morado con sutiles toques rosa y una tiara de princesa de plástico brillante. Abajo, un niño castaño que vestía una camisa roja y shorts azules llevaba un casco de cartón, fingiendo ser un honorable caballero.
—¡No temáis, mi linda princesa! Yo os rescataré de las garras de ese temible dragón —proclamó con voz firme. Al ver que nada sucedía, el niño castaño susurró hacia el arbusto dándole una señal—: Mike, es tu turno.
—No quiero, William —protestó un niño rubio con gafas negras y circulares, saliendo a regañadientes de su escondite. Vestía pantaloncillos verdes, camisa azul, un chaleco marrón y llevaba una máscara de dragón hecha de cartón—. Tú y Ana siempre son los héroes, y a mí siempre me toca ser el malo o el secuaz.
—Pues ni modo, mi perrita Daisy no puede hacer de dragón porque se rompió su patita —replicó William, cruzándose de brazos—. Adelante, ruge de una vez.
Mike soltó un bufido y rugió sin la menor gana. William desenvainó un bate de béisbol y, usándolo como si fuera una espada templada, avanzó.
—¡Atrás, bestia! No impedirás que rescate a la princesa —exclamó, levantando el bate en el aire.
Inesperadamente, Ana bajó de un salto de la casa del árbol, se sujetó de un columpio hecho con un neumático y se balanceó con fuerza, empujando a Mike y a William en el trayecto.
—¡Yo no le pertenezco a nadie! ¡Puedo vivir mis propias aventuras! —declaró Ana al aterrizar, haciendo una pose de victoria.
—¡William! —una voz cascarrabias resonó desde la casa principal. Era su abuela, quien lo llamaba desde el porche—. Ven acá de inmediato. Sabes perfectamente que no me gusta que juegues con esa niña ni con ese huérfano.
—¡Abuela! —rezongó William, avergonzado por la actitud de la anciana—. Lo siento, chicos... Ella no mide sus palabras.
—¿Lo dice por mi color de piel? —preguntó Ana, sintiéndose profundamente indignada.
—No, en realidad tiene razón respecto a mí —intervino Mike, con la mirada baja. Se quitó la máscara de cartón con tristeza y se colgó la mochila al hombro—. Nadie va a querer adoptar a un niño como yo, que es capaz de inventar una máquina que solo causa alergias.
—No digas eso —lo consoló William, dándole una palmada amistosa en el hombro—. Tu mezclador automático de mantequilla de maní y jalea es un invento asombroso.
—Como sea... ¿Por qué tienes que quedarte con esa anciana amargada? —preguntó Ana, todavía molesta por el insulto de la mujer.
—Papá tuvo un accidente y mi mamá está cuidándolo en el hospital. Por eso mi abuela y mi tío Vlad nos está cuidando a Milo y a mí —explicó William, tomando también su mochila del suelo.
La abuela salió al patio con rostro severo, acompañada por el tío de William, un hombre de negocios muy alto, calvo y vestido con un traje impecable. Era indudablemente, el tío de William.
—¡William! —insistió la anciana.
—De acuerdo, ya nos vamos antes de que tus parientes vengan a... ¿Pero qué es eso? —Mike no pudo terminar la frase.
Frente a ellos, el aire comenzó a distorsionarse hasta que una enorme grieta de energía azul se rasgó de la nada. El vórtice generó una fuerza de gravedad descomunal que empezó a absorberlos. William se sujetó desesperadamente de las cuerdas del columpio y, en medio del pánico, alcanzó a divisar a su hermano bebé, quien lo miraba desde su andadera a través de la ventana del salón, asombrado por el portal.
—¡Milo! —fue el último grito que William logró soltar antes de perder el agarre y ser succionado por el abismo místico junto a sus amigos.
Sabía que su madre no tardaría en llegar del hospital y que el bebé no se quedaría solo, pero en ese instante, comprendió que ni él, ni sus amigos, ni nadie en su mundo estaba a salvo.
En otro universo, la realidad mostraba un escenario en el que nadie desearía estar. Era una zona de guerrilla implacable, con el suelo cubierto de combatientes caídos y el aire saturado por el estruendo del conflicto.
Un soldado ardilla permanecía oculto tras una trinchera, recargando su rifle con las manos temblorosas. Desde su posición, divisó a una de sus compañeras, también una ardilla, que avanzaba a pie y completamente desarmada. Los enemigos se aproximaban a ella a paso firme.
—¿Qué haces, Jenny? ¡Agáchate! —le siseó el joven de inmediato.
Sin embargo, su advertencia se congeló en su garganta al ver cómo uno de los soldados enemigos le entregaba un arma a la hembra con total familiaridad. Simon abrió los ojos de par en par—. Tú... ¿estás con ellos?
—No solo eso, Ardillón... Yo soy la líder —reveló Jenny con frialdad, apuntando con el cañón directo a la cabeza de su antiguo compañero, lista para ejecutarlo.
—Por... por favor, Jenny. Tengo padres y hermanos que esperan mi regreso —rogó Simon, cayendo de rodillas con la voz quebrada.
—Perdóname, Simon. No es nada personal —sentenció la ardilla, y tiró del gatillo.
El disparo resonó en el frente, pero la bala se detuvo en seco a escasos centímetros del rostro de Simon. En lugar de avanzar, el proyectil fue succionado hacia el cielo. Una inmensa grieta dimensional se había rasgado en el firmamento, comenzando a absorber con una fuerza descomunal a los soldados que aún continuaban con vida.
—¿Qué carajo...? —Simon intentó ponerse en pie y correr para ponerse a salvo, pero la gravedad del vórtice fue superior. Tanto él como Jenny fueron despegados del suelo y succionados hacia el abismo místico.
En ese mismo universo, a varios kilómetros de la línea de fuego, otra ardilla joven llamada Max caminaba de regreso a casa. Llevaba gafas de sol, un suéter azul, pantaloncillos rojos y tenis blancos. Venía de pasar un largo día en la feria, acompañado por cinco pequeñas ardillas que correteaban a su alrededor.
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Editado: 19.06.2026