Las crónicas Animadas: Choque de Reinos

Un Arroyo y un prado

​En los calabozos subterráneos de Prado Verde, varias hienas y chacales arrastraban a Max con brutalidad hasta arrojarlo a una celda construida con las enormes costillas de un elefante.

​—Hasta que sepamos qué eres o de qué lado estás, te quedarás aquí adentro —sentenció un chacal, mientras entre varias hienas encajaban las costillas en el suelo a modo de reja compacta.

​—¡Déjenme salir! ¡Soy solo un estudiante! —gritaba Max con desesperación, aferrándose a los barrotes de hueso—. ¡Por favor! Mi madre se romperá en mil pedazos si pierde a otro hijo.

​—Ya cállate, me vas a romper los oídos —bufó la general Taama, quien permanecía a su lado, atada por pesadas lianas que colgaban del techo. Al hablar, la mutilación de sus colmillos superiores era tristemente evidente.

​—¿Usted... usted por qué está aquí? —preguntó Max, tragando saliva con nerviosismo. En su mente pensó que, si una criminal estaba en semejante estado, algo verdaderamente terrible debía haber hecho.

​—Soy la general Taama. Me encerraron aquí por iniciar guerras sangrientas contra los enemigos del reino, a pesar de que ellos ya habían firmado tratados de paz con nosotros —confesó ella con una mezcla de amargura y resignación.

​—¡Guardia! ¡Guardia! —gritó Max, abriendo los ojos de par en par. Aquello no era una simple traición; ¡eran crímenes de guerra!

​—Y puede... que también haya tenido un amorío con el difunto rey Ojos Oscuros, a espaldas de la reina —añadió Taama, desviando la mirada.

​—¡¡Guardiaaaa!! —bramó la ardilla con todas sus fuerzas, pegándose a la reja para alejarse de ella.

​Pero nadie escuchó sus súplicas. En la superficie del acantilado, Ken continuaba interrogando a los recién llegados, impaciente por el silencio de los prisioneros.

​—Todos ustedes están ignorando mis preguntas —siseó Ken, soltando un gruñido amenazante que erizó el pelo de los presentes—. ¿Quiénes demonios son y qué hacen en mis tierras?

​—Yo me encontraba en medio de una guerrilla y ese maldito portal me absorbió justo antes de poder acabar con el tonto de Simon —confesó Jenny, mirando de reojo a las hienas que la rodeaban.

​—Mi madre y yo solo estábamos... deleitándonos con el dinero que ganamos —mintió Vladimir con frialdad, ocultando que esos fondos pertenecían al tratamiento de su hermano convaleciente en el hospital.

​—Y cuidábamos de mis nietos, William y Milo. Nosotros estamos aquí por un absoluto error —completó la anciana, frotándose la espalda adolorida.

​—Yo solo huía de una muchedumbre enfurecida y el portal me trajo aquí antes de que pudiera subir a mi carruaje. De seguro esos campesinos ya se repartieron todo el oro que les robé —escupió Buck, cruzándose de brazos con marcada frustración.

​—¡Nosotros ni siquiera somos piratas reales! Somos niños con disfraces, miren —intervino el pequeño Mark, mostrando su espada de cartón con timidez—. Ni siquiera es un arma de verdad.

​—Eso se puede arreglar muy fácilmente —interrumpió una voz grave, profunda y metálica que hizo eco en todo el lugar.

​—¿Quién dijo eso? —preguntó Juva, alzando las orejas en alerta.

​De entre las sombras del bosque marchito, una imponente comitiva hizo su entrada. Al frente avanzaban dos cazadores humanos armados, seguidos por un oso polar vestido con un traje elegante y un sombrero de ala ancha, un gato con un atuendo de científico, un fornido luchador rubio de cabello largo y short negro, y un disciplinado karateca de traje rojo. Pero lo que verdaderamente congeló el aire fue el coloso que caminaba detrás de ellos: un gigantesco elefante equipado con una avanzada armadura tecnológica y cuyos ojos brillaban en un tono rojo sangre.

​—Titán Soto... —susurró Manindi, abriendo los ojos con genuino pavor.

​Sin perder un segundo, Ken, Manindi, Juva, Kenya y Pinel doblaron las patas delantera y se arrodillaron en señal de absoluta sumisión.

​Vladimir, ofendido por la humillación, dio un paso al frente con arrogancia.

​—Si cree que nosotros, personas de alta sociedad, vamos a arrodillarnos ante un...

​Titán Soto lo fulminó con una mirada tan gélida y despiadada que el aire pareció congelarse en los pulmones de Vladimir. El hombre comenzó a temblar de pies a cabeza y, perdiendo toda su soberbia, cayó de rodillas al suelo junto al resto de los villanos de Prado Verde.

​—Ay... tiene toda la razón, majestad —tartamudeó Vlad, pegando la frente a la tierra.

​El imponente elefante detuvo su marcha frente a Ken, observando el rasgón en el cielo.

​—Tenemos que hablar —sentenció Titán Soto, su voz resonando como el rugido de un trueno.

​—A veces, mi mera presencia provoca singularidades espaciotemporales como esta —explicó el imponente elefante, señalando las grietas que aún titilaban en el cielo—. Tu ritual, Juva, ciertamente me llamó, pero las verdaderas singularidades colaterales fueron estas... traer a más seres de otros mundos hacia el nuestro.

​—A todo esto... ¿En qué podemos servirle, majestad? —preguntó Ken, esforzándose por ocultar el temblor de su voz.

​—Ahora mismo, nos encontramos reuniendo diversos objetos místicos repartidos por el multiverso para nuestro propósito —intervino el gato científico, ajustándose los lentes de su traje.

​—¿Y qué clase de propósito sería ese? —inquirió la ardilla Jenny, entornando los ojos.

​—Crear un reino propio —sentenció Titán Soto sin rodeos—. Un reino definitivo donde todos aquellos que sufrieron por las injusticias del destino puedan gozar de la vida que siempre desearon. Todo lo que anhelen, estará a su alcance.

​—Aceptamos la alianza entonces, señor —se apresuró a declarar Ken. La propuesta sonaba demasiado tentadora como para dejarla pasar.

​—Para lograrlo, necesitamos localizar una estrella fugaz muy particular. Cayó en los terrenos de Prado Verde durante el reinado del primer monarca —explicó el cazador más fornido, acomodándose la camisa amarilla de su traje de safari.




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