Las crónicas Animadas: Choque de Reinos

Un templo en el cielo

En lo más alto del reino, erigida cerca de las nubes, se alzaba una colosal montaña coronada por un majestuoso templo. Allí se entrenaban los guerreros más destacados del multiverso de todas las épocas: nómadas, cavernícolas, guerreros de la Edad de Bronce, vikingos, caballeros medievales, samuráis, ninjas y soldados de infantería moderna de ambos géneros.

​Entre los nuevos reclutas avanzaba una joven que vestía una pesada armadura de soldado chino, un casco calado hasta las cejas y vendas apretadas bajo el peto para simular la complexión de un hombre robusto.

​—Esto es ridículo... —susurró la chica hacia el interior de su abrigo—. No puedo creer que me hayas convencido de hacer esto.

​—Oye, ¡a mí ni me mires! No fue mi idea, tú solita saltaste a hacerlo —respondió una voz chillona y diminuta desde el dobladillo de su chaqueta.

​En ese preciso momento, la joven alzó la vista y notó algo que la congeló en el sitio: a pocos metros, había una zona de entrenamiento exclusiva para mujeres. Allí practicaban libremente ninjas, samuráis, luchadoras de kickboxing y guerreras de todas las eras sin necesidad de ocultar su identidad.

​—...Entonces hice todo esto para nada —murmuró para sí misma, sintiéndose la persona más tonta del mundo.

​—¡A mí no me reclames nada! Tú fuiste la que quiso disfrazarse de muchacho —reclamó la extraña vocecita.

​Distraída por la revelación, la chica terminó chocando de frente contra alguien. Al principio no vio con quién había tropezado, pero al bajar la mirada, descubrió a un vikingo de muy baja estatura. El sujeto la encaró con una marcada expresión de bulldog gruñón.

​—¿A ti qué te pasa, niño bonito? ¿Te perdiste o qué? —gruñó el pequeño guerrero.

​—¡Vamos, golpéalo! ¡Date a respetar! —insistió la voz chillona dentro del abrigo.

​Llevada por los nervios, la mujer le propinó un puñetazo al vikingo, haciéndolo retroceder varios metros hasta impactar contra la panza de un gigantesco luchador de sumo.

​El luchador soltó una carcajada retumbante y miró al enano con tono de mofa:

​—Vaya, Eric... Parece que hiciste un nuevo amigo, ¿eh?

​Enfurecido por la burla, Eric el vikingo se lanzó hacia adelante, agarró a la mujer por el cuello de la armadura y la atrajo hacia su rostro.

​—Te voy a golpear tan fuerte, niño bonito, ¡que tus ancestros van a volver a morir!

​En ese instante, intervino un ninja ridículamente delgado, tan flaco que parecía un espantapájaros con pañoleta.

​—Oigan, oigan, ¿qué está pasando aquí? —preguntó el ninja, alzando las manos.

​—¡Este muchachito se está buscando una paliza! —chilló Eric.

​El luchador de sumo levantó al pequeño vikingo del aire sujetándolo por la espalda.

​—Cálmate, Eric.

​—¡Suéltame ya! —protestó el enano, pataleando en el aire. Con un movimiento desesperado, le propinó una patada hacia atrás al luchador de sumo para liberarse y lanzó un puñetazo directo a la cara de la chica.

​La joven se agachó a tiempo por instinto, provocando que el golpe de Eric diera de lleno en el rostro del ninja delgado.

​—¡Ay! ¡Lo siento, Sen! —se disculpó el vikingo, un poco apenado.

​En un segundo, los tres guerreros (el vikingo, el sumo y el ninja Sen) se enfrascaron en una caótica trifulca entre ellos. La muchacha aprovechó el descontrol para dar media vuelta y salir huyendo a toda prisa.

​—¡Mira lo que me hiciste hacer! —le recriminó en un susurro a su chaqueta mientras corría.

​—Oye, oye, ¿yo qué hice? —protestó la voz chillona.

​Al darse cuenta de que la impostora escapaba, los tres guerreros interrumpieron su pelea y comenzaron a perseguirla. La chica divisó un pilar y se ocultó rápidamente detrás de él, logrando que los tres pasaran de largo... pero el alivio duró poco. Sin poder frenar a tiempo, el trío de perseguidores se estrelló de lleno contra la extensa fila de reclutas que esperaba para servirse de comer en el comedor principal.

​El impacto derribó la mesa, la comida voló por los aires y, en cuestión de segundos, la chispa encendió una batalla campal colosal. Puñetazos, patadas, embestidas y platillos volando convirtieron el gran templo en un caos absoluto.

​Asomándose desde su escondite, la chica contempló la catástrofe con los ojos abiertos de par en par.

​—¡Miren nada más lo que provocaste! —se burló la vocecita desde su ropa—. Decías que querías hacerte notar... ¡pues felicidades, te hiciste notar a lo grande!

Dentro del santuario supremo del templo, varios magos, brujas y hechiceros de distintas eras permanecían reunidos en profunda meditación, percibiendo una perturbación en el flujo cósmico.

​—Hay algo muy extraño resonando en el aire... —comentó un mago de larga barba blanca, ataviado con túnicas azules repletas de estampados de estrellas.

​Una anciana hechicera vestida de rojo lo volteó a ver con serenidad.

​—No me digas... ¿Se trata de Titán Soto otra vez, verdad?

​—En efecto —intervino otro mago, este de cabello negro azabache y elegante traje morado—. Ese elefante demente no sabe cuándo rendirse.

​—¿Y bien? ¿Qué deberíamos hacer al respecto? —inquirió un hechicero de Medio Oriente, ajustándose su fina túnica púrpura—. Zenfir, ¿cuál es el plan?

​En la cabecera de la mesa ceremonial se encontraba sentado el anciano líder del consejo. Zenfir poseía una melena y barba tan blancas como las nubes del pico de la montaña, y vestía una majestuosa túnica roja adornada con bordados dorados.

​—No se trata únicamente de Titán Soto —sentenció el anciano con voz grave—. Su sola presencia en este plano causó un desastre. Abrió grietas hacia otros mundos... dimensiones que nunca debieron coexistir ni colapsar entre sí.

​Todos los presentes se le quedaron viendo en absoluto silencio, aguardando su diagnóstico.

​—Animales antropomórficos, criaturas parlantes y seres humanos... Se nos viene un verdadero problema entre manos.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.