Las crónicas Animadas: Choque de Reinos

Honor y Coraje

En los calabozos situados debajo del castillo, Max se encontraba encerrado en la misma celda que la general Taama.

​—¡Guardia! —gritó Max a todo pulmón, aferrándose a los barrotes.

​—Ay... Voy a ver qué demonios quiere este llorón —refunfuñó un chacal de la guardia, caminando a regañadientes hacia la celda.

​Como Max estaba enfocado en gritar, no se percató de que Taama tomó una piedra pesada del suelo y le propinó un certero golpe en la nuca, dejándolo desmayado al instante.

​—¿Qué demonios pasó aquí? —preguntó el chacal al asomarse y ver a Max desplomado.

​—Se tiró al suelo y comenzó a convulsionar... Los ojos se le pusieron blancos, le salía espuma por la boca y de repente se desmayó —explicó Taama con una voz llena de falsa angustia. Por supuesto, todo era mentira: recordaba esa escena de unos turistas humanos que había observado hace tiempo, cuando uno de ellos sufrió un ataque de epilepsia.

​—¡No puede ser! —el guardia abrió la celda a toda prisa para auxiliarlo.

​En cuanto cruzó el umbral, Taama lo emboscó y lo noqueó con la misma piedra. Acto seguido, la general salió de la celda y le pasó el cerrojo por fuera.

​—Lo siento... lo que seas, pero no olvidaré tu sacrificio —dijo con tono burlón hacia Max antes de escabullirse por los pasillos.

​Al lograr salir al patio principal, Taama se agazapó al divisar a Titán Soto dialogando con una enorme comitiva de villanos reclutados de distintas dimensiones.

​—Cuántos villanos... —murmuró para sí misma, impresionada por el despliegue de poder.

​De pronto, la rinoceronte Nandi emergió por detrás, empujándola brutalmente contra el muro de piedra y llamando la atención de todos los presentes.

​—Así que lograste escapar... ¿Cómo? —inquirió Nandi con rabia contenidos.

​—No te debo ninguna explicación —respondió Taama, asestándole un rápido zarpazo en el rostro.

​—¡Te acabas de ganar un pase directo al infierno! —rugió la rinoceronte, embistiéndola con furia.

​Ambas se enfrascaron en una brutal pelea a base de garras, mordiscos y embestidas. Sin embargo, Nandi terminó imponiéndose gracias a su colosal tamaño y fuerza física.

​—Interesante... —rió la hiena Juva con arrogancia, acercándose con paso burlón—. Pero ni siquiera has usado tu magia.

​—¿Quieres ver magia? —preguntó Taama mientras su cuerpo comenzaba a cubrirse de un aura plateada deslumbrante—. ¡Yo te voy a enseñar lo que es la verdadera magia!

​La hiena y la general se batieron en un sangriento duelo místico. Juva atacó desplegando ráfagas de fuego, magia verde, telequinesis y enredaderas espinosas que brotaban del suelo. Por su parte, Taama canalizó pura energía cósmica: invocó pequeños asteroides incandescentes, destellos de luz de luna, ráfagas de frío espacial y se envolvió en una estela brillante similar a la de una estrella fugaz, terminando por aplastar a Juva por completo.

​—¡Atrápenla! —chilló Nandi al ver a la hiena derrotada.

​Varios guardias se arrojaron sobre la general, pero justo antes de que la alcanzaran, un portal mágico se abrió debajo de sus pies y la absorbió.

​Un segundo después, Taama cayó de pie frente a Alika, Samedi, Don, Sombra y el resto de la alianza.

​—Príncipe Abasi... yo... —comenzó a decir al reconocer al joven león.

​—¡Mi nombre es Samedi! —la interrumpió él, con los ojos echando chispas de rabia—. ¡Y tú no tienes ningún derecho a dirigirme la palabra... traidora!

​Llevado por el rencor, Samedi se lanzó al ataque. Ambos desencadenaron un feroz combate mágico: embates de fuego, magia espiritual y rugidos resonaron en el claro. A pesar de los esfuerzos del príncipe, Taama volvió a dominar la batalla mediante su magia lunar, logrando derribar a Samedi contra el suelo.

​—Compórtate, Samedi... —le pidió ella con calma, acercándose para extenderle una pata.

​Sin embargo, los cuatro niños humanos (William, Ana, Mike y Thomas) se interpusieron de inmediato en su camino. Lucían pinturas tribales en los rostros, adornos de plumas y huesos, y empuñaban las armas tradicionales que Zari y las tropas les habían proporcionado.

​—Debemos trabajar juntos, nos guste o no —sentenció William con firmeza, alzando su lanza.

​Samedi se puso de pie, sacudiéndose el polvo y mirando a la general con profundo desprecio.

​—Bien, Taama... Trabajaré a tu lado únicamente por la salvación del reino, porque no quiero verte ni en pintura —advirtió el príncipe—. Si descubro otro de tus oscuros secretos... te mueres.

​—Si intentas traicionarnos una sola vez más... te mueres —sentenció Alika, clavando su lanza en la tierra.

​—Si intentas comerte a alguno de nuestros aliados... te mueres —amenazó el rinoceronte Ruggo, dando un paso al frente.

​—Y si te acabas las provisiones... ¿qué crees? ¡También te mueres! —añadió el picabuey Tik, revoloteando sobre el lomo de Ruggo.

​—Tampoco vamos a matarla solo por eso —intervino la leopardo Ife, rodando los ojos, para luego dirigirse a la recién llegada con voz severa—: Pero eso no significa que tengas permitido atacar a nuestros aliados o devorarte toda la comida del campamento.

De pronto, la mente de Simon se sumergió en un amargo recuerdo...

​Un flashback comenzó a proyectarse en su memoria:

​Simon Ardillón se preparaba a toda prisa en su habitación, ajustándose el equipo para marchar a una guerrilla que recién acababa de estallar. En la habitación contigua, Max disfrutaba del momento con sus auriculares puestos, escuchando rock pesado a todo volumen y tarareando al ritmo de la música, ajeno a la gravedad de la situación.

​—¡Max! ¡Max! —gritó Simon, acercándose a él y quitándole bruscamente uno de los audífonos.

​—¿¡Qué demonios quieres!? —exclamó Max, cayendo al suelo exaltado por el susto.

​—Ya me voy a la guerrilla —anunció Simon con tono rígido.

​—Ah, sí... Bueno, que tengas buena suerte —respondió Max, tratando de volver a ponerse el audífono.




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