El camino hacia Eltrix no existía en ningún mapa del Reino Sagrado de Draxcan, y no por negligencia de los cartógrafos.
Era porque el camino no era siempre el mismo. Los ríos del sur central se desbordaban en temporada de lluvias y borraban los senderos con la indiferencia del agua que no distingue entre lo que ha tardado siglos en formarse y lo que lleva décadas sin moverse. Los árboles caían, creaban desvíos, y los desvíos se convertían en caminos que los mapas no alcanzaban a registrar antes de que cambiaran de nuevo. Era un territorio que se comportaba como si no quisiera ser encontrado, y que por lo tanto solo lo encontraban quienes ya sabían adónde iban o quienes no tenían otra opción.
Fox Altraz llevaba tres días en el primer grupo y se preguntaba, con la regularidad de quien no tiene otra cosa en que pensar durante horas de cabalgata silenciosa, si en realidad pertenecía al segundo.
Su caballo — un corcel de nombre Tormenta, más joven y más terco que el que el Gran Sabio usaba en sus visitas a los cuarteles, aunque compartieran el nombre — avanzaba a paso firme por el sendero de tierra compacta, esquivando raíces y piedras con una precisión que Fox no le había visto antes de este viaje y que agradecía sin comentarla, porque comentarla habría implicado decir algo en voz alta y llevar tres días sin hablar con nadie le había enseñado que las palabras en soledad tienen un costo diferente al que tienen en compañía.
El sol se ocultaba a sus espaldas, tiñendo el cielo de un color que se parecía más al óxido que al atardecer.
La carta de Tilio iba cosida en el interior de su chaqueta, contra el pecho. Fox no la había leído. No era su carta. No era su secreto. Pero el peso del pergamino contra su piel era una presencia constante, y llevaba tres días preguntándose si las cartas que se llevan sin leer pesan diferente a las que se llevan sabiendo lo que dicen.
Creía que sí.
—Un poco más —murmuró, más para sí mismo que para Tormenta.
El caballo resopló.
El Bosque de los Susurros
El sendero se adentró en el bosque al caer la tarde del tercer día.
Fox reconoció los árboles de inmediato — no por haberlos visto en persona sino por los libros de geografía que había estudiado en la universidad, donde un grabado de una página entera mostraba los Árboles de los Elemens con su corteza plateada y la savia que brillaba azul pálida en la oscuridad, lo suficientemente luminosa para que los miembros de esa raza la usaran como guía en los senderos nocturnos. Paul los había mencionado también, al pasar, durante el viaje de ida de la comitiva a Pitra, cuando los señaló como marcadores de ruta.
Estos árboles no brillaban.
Estaban secos, con las ramas desnudas alzadas hacia el cielo en ángulos que el peso habría debido redondear pero que la sequedad había endurecido en posturas definitivas, como dedos que hubieran decidido señalar algo y se hubieran quedado así. Fox los había visto antes — en el camino de vuelta de Paul desde Pitra, los había mencionado Elaine en uno de sus informes, los había notado en la descripción que Paul mismo había dado en el capítulo VIII de V5 — pero verlos en persona tenía una textura diferente a leerlos en un informe. El olor era lo primero: una humedad que no era de la lluvia sino de algo más profundo, más parecido a lo que huele un lugar cuando la vida que lo sostenía ha dejado de hacerlo hace suficiente tiempo para que la descomposición se haya instalado como condición permanente en lugar de como proceso temporal.
Tormenta se detuvo.
Las orejas hacia adelante. Los ollares dilatados. El cuerpo tenso con esa tensión específica de los animales que han sentido algo antes de que el ser humano que los monta haya terminado de procesar si hay algo que sentir.
—¿Qué pasa? —preguntó Fox, tensando las riendas.
Entonces lo oyó.
No era el viento. No había hojas para que el viento las moviera. No era el crujir de ramas porque el aire estaba quieto. Era algo diferente, algo que Fox tardó un momento en clasificar y que cuando lo clasificó le produjo una incomodidad que no era exactamente miedo pero que se le parecía en la manera en que se instala en el cuerpo antes de que la mente haya terminado de decidir si hay razón para él.
Susurros.
No de una dirección. De todas. Superpuestos, enredados entre sí, formando algo que tenía la cadencia del lenguaje sin que Fox pudiera distinguir ninguna palabra individual, como escuchar una conversación a través de una pared demasiado gruesa.
—¿Quién está ahí? —preguntó, desenvainando una daga.
Los susurros se cortaron.
Luego, una risa. Seca, metálica, con la calidad de algo que imita el sonido de la risa humana sin entender del todo para qué sirve.
La sombra emergió de entre los troncos con el movimiento de algo que no transita el espacio sino que simplemente decide ocupar un punto distinto al que ocupaba. No tenía forma fija — o más bien, tenía la forma de algo que no se había comprometido del todo con tener una, una densidad de oscuridad en el aire que el bosque muerto hacía más visible de lo que lo habría sido en otro contexto. Donde deberían estar los ojos, dos puntos de luz roja, fijos, sin parpadeo.
—No deberías estar aquí —dijo la sombra.