El interior de Eltrix no se parecía a nada que Fox hubiera visto antes.
No porque fuera extraño en el sentido en que son extrañas las cosas que no encajan con ninguna categoría conocida. Era extraño de otra manera: todo encajaba perfectamente, con una coherencia que ninguna ciudad del mundo de arriba había conseguido nunca, como si cada piedra, cada luz, cada espacio entre los edificios hubiera sido colocado sabiendo exactamente por qué estaba ahí y para qué servía.
Las torres de piedra pálida que había visto desde el borde del cráter tenían, desde dentro, una textura que Fox no supo describir de inmediato. Sus paredes emitían el calor constante y medido de algo que ha estado encendido durante tanto tiempo que ya no distingue entre arder y existir. La luz dorada que salía de sus ventanas no tenía fuente visible — no era fuego, no era piedra iluminada artificialmente, no era ningún hechizo de los que Fox había visto en los laboratorios mágicos de la universidad. Era simplemente luz, como si el material del que estaban construidas las torres hubiera aprendido, con los siglos, a producirla por sí mismo.
Fox caminaba detrás de Martina con Tormenta entregado a un mozo de cuadra que había aparecido sin que nadie lo llamara, como si la llegada de un visitante con un caballo fuera algo que Eltrix detectaba antes de que el visitante terminara de formular la necesidad. Sus botas resonaban sobre las baldosas — piedra blanca, desgastada en el centro de cada pieza por siglos de pisadas que habían ido borrando los bordes de su forma original — con el tipo de eco que produce un espacio construido para durar más que la gente que lo usa.
Los Elemens que cruzaban la plaza se detenían a mirarlo.
No con hostilidad abierta. Con la curiosidad específica de los que llevan suficiente tiempo aislados para que cualquier variación en lo habitual sea, simultáneamente, interesante e incómoda. Fox era un elemens, llegaba con el polvo de seis días de viaje todavía en la ropa, y tenía en los ojos lo que los ojos tienen cuando han visto cosas que no se cuentan fácilmente. Eso, en Eltrix, era una combinación que no pasaba desapercibida.
—¿Cuánto tiempo llevan sin noticias de la capital? —preguntó Fox, porque el silencio de Martina era del tipo que necesita algo que lo rompa antes de que se vuelva definitivo.
—Demasiado —respondió Martina, sin volverse—. La última carta de Tilio llegó antes del ataque a Pitra. Desde entonces, nada.
—¿Y los magos de comunicación?
—Los cazaron primero. Los de Nalia sabían que eran el nudo que conectaba los puntos del reino. Sin ellos, cada lugar se convierte en una isla que no sabe lo que le pasa a las otras islas.
Fox guardó silencio, procesando eso. Era la misma lógica que la sombra del bosque había usado sin nombrarlo: aislar antes de atacar, porque el aislamiento hace que las derrotas parezcan más definitivas de lo que son.
Cruzaron una plaza circular donde una estatua de bronce — un anciano Elemens con los brazos extendidos hacia el cielo y los rasgos de alguien que ha llegado a algún destino después de un viaje muy largo — presidía el espacio con la calma de los monumentos que llevan tanto tiempo en su lugar que ya nadie recuerda haber vivido sin ellos.
Kaelan, el Primero. El que fundó Eltrix con sus propias manos y la sangre de su dragón.
—Kaelan —murmuró Fox.
—El padre de nuestra raza —dijo Martina, con el tono particular de quien recita algo que ha oído tantas veces que ya no sabe si lo dice porque lo cree o porque es lo que corresponde decir en ese momento—. El que nos enseñó a vivir con los dragones. El que tradujo los símbolos del Caos por primera vez, aunque ningún Elemens de entonces entendió del todo lo que había traducido.
—¿Los símbolos del Caos?
Martina se detuvo. Se volvió hacia él.
—¿Sabes lo que son?
—Los vi en Pitra. En la piel de Paul. Los curanderos dijeron que no pertenecían a ninguna lengua conocida.
—No pertenecen a ninguna lengua —dijo Martina—. Son anteriores a las lenguas. Son el registro de lo que el Caos ha destruido y de cómo fue destruido, y también, en los estratos más profundos que ningún estudioso ha conseguido leer del todo, el registro de cómo podría detenerse. —Una pausa—. Paul los lleva en la piel. Eso no es metáfora. Los lleva de la misma manera en que un libro lleva sus palabras: impresos. Permanentes. Imposibles de borrar sin destruir el soporte.
Fox asintió despacio.
—¿Y el soporte es Paul?
Martina no respondió eso. Siguió caminando.
El Templo de los Símbolos
El Templo estaba en el centro geométrico de Eltrix, rodeado por un jardín que no seguía la lógica habitual de los jardines — no había simetría deliberada, ni caminos trazados con regla, ni flores agrupadas por color. Era el tipo de jardín que crece cuando alguien planta cosas en los lugares donde las cosas quieren crecer, y luego se aparta. Las plantas que lo componían emitían una luz propia, débil pero consistente, del mismo espectro que la luz de las torres pero más fría, más azulada, como si el jardín estuviera encendido por algo diferente a lo que encendía los edificios.
La puerta del templo era una sola pieza de piedra negra tallada en arco, con dos figuras en relieve que Fox miró más tiempo del necesario: un dragón y un Elemens, entrelazados de una manera que no era exactamente un abrazo y no era exactamente un combate, sino algo que existía en el espacio entre las dos cosas y que resultaba más honesto que cualquiera de las dos por separado.