En el fondo de un cráter, el amanecer no llega de golpe.
Llega por etapas, con la paciencia de la luz que tiene que descender por paredes de basalto negro antes de alcanzar el suelo. Primero, el borde superior del cráter se tiñe de un naranja que no tiene nada de cálido — es el naranja del metal que se enfría, no del fuego que arde. Luego las torres más altas de Eltrix capturan ese color y lo transforman en el brillo dorado que es la señal de que el día ha comenzado, aunque el fondo de la ciudad todavía esté en sombra. Solo cuando el sol lleva casi una hora en el cielo exterior llega finalmente a las calles y a las plazas, y los Elemens que han estado esperando en esa penumbra intermedia salen de ella.
Martina llevaba despierta desde antes de todo eso.
No había intentado dormir. La imagen de Paul en el templo — el cuerpo quieto sobre la piedra, los ojos con ese oscuro nuevo en los bordes del iris que no estaba ahí cuando salió de Pitra — no era el tipo de imagen que el cuerpo acepta cerrar y dejar para mañana. Se quedaba, con la fidelidad incómoda de las cosas que importan demasiado para que la mente decida cuándo procesarlas.
Estaba sentada en el banco del jardín cuando Eril salió del templo.
—¿Cómo está? —preguntó ella, antes de que el anciano terminara de sentarse.
—Duerme —respondió Eril—. Los símbolos tomaron lo que tomaron, pero su cuerpo sigue funcionando. —Una pausa—. Por ahora.
—Por ahora —repitió Martina, con la voz que tienen las frases cuando se han oído demasiadas veces para que sigan siendo solo palabras.
Eril apoyó el bastón entre las rodillas. Sus manos descansaron sobre él, con la quietud de quien ha aprendido que sostener algo ayuda cuando no hay nada más que sostener.
—Los símbolos no son una condena —dijo—. Son una herramienta. Como una espada, o un dragón, o cualquier otra cosa de poder: pueden salvar o pueden destruir, y la diferencia la determina quien los usa y cómo.
—Paul no eligió usarlos.
—No. Los símbolos lo eligieron a él. Eso es cierto. —Eril guardó silencio un momento—. Pero Paul ha elegido, cada vez que los ha usado desde Pitra, cómo usarlos y cuándo y para qué. Eso no es lo mismo que haberlos elegido. Pero es suficiente para que la diferencia importe.
—¿Y el precio?
—El precio es lo que es. No cambia según si lo llamamos justo o injusto.
Martina miró el templo, cuya puerta no se había vuelto a abrir desde que Fox salió la noche anterior.
—Eril. Si Paul sigue usando los símbolos al ritmo que los ha usado desde Pitra, ¿cuánto tiempo tiene?
El anciano no respondió de inmediato, lo que ya era una respuesta.
—Lo suficiente para lo que viene —dijo finalmente—. Más allá de eso, no tengo certeza.
—¿Y si reducimos lo que les pedimos?
—No podemos pedirle que reduzca lo que usa. Podemos solo pedirle que use lo que es necesario y nada más. Pero lo que es necesario lo determina la guerra, no nosotros.
Martina asintió.
Se quedaron en silencio, con las plantas del jardín abriéndose y cerrándose a su ritmo propio, indiferentes.
El Consejo
Una hora después, Martina estaba frente al Consejo de Eltrix.
Eran siete. Elegidos por los clanes con el criterio difuso que producen los sistemas de selección que llevan suficiente tiempo sin ser cuestionados para que nadie recuerde del todo cuál era la razón original de su diseño. Tenían poder absoluto sobre la ciudad mientras el Gran Viejo estuviera incapacitado — o más precisamente, tenían el poder que Eltrix les reconocía, que no era lo mismo que el poder de hacer lo correcto pero que en la práctica era el único poder disponible.
Martina no era miembro del consejo. Podía hablar. No podía votar.
Esa mañana, sin embargo, había decidido que hablar era suficiente.
—El Gran Viejo no puede tomar decisiones —dijo, de pie frente a los siete, con la postura que había aprendido observando a Paul en los consejos de Eltrix durante décadas de matrimonio — no la postura de quien pide sino la de quien informa—. Las bestias de Nalia están a tres días de nuestras murallas según los últimos informes. No podemos esperar a que despierte.
—Esperaremos —respondió Torvin. Era el más viejo del consejo, con una barba que llevaba décadas siendo blanca y una voz que había aprendido a no subir de tono porque su posición hacía innecesario el volumen.
—Si esperamos tres días —dijo Martina—, puede que Eltrix no tenga murallas que proteger.
—Las murallas de Eltrix han resistido lo que ninguna otra muralla ha resistido.
—Las murallas de Pitra también tenían esa reputación.
El silencio que siguió a eso tenía un filo específico.
—¿Qué propones? —preguntó Sera. Era la segunda más vieja del consejo, con el cabello del color de la plata vieja y los ojos de alguien que ha visto suficiente para no sorprenderse del todo por casi nada, aunque siga prestando atención.
—El protocolo de sucesión temporal.
El filo del silencio se volvió más cortante.