Flaxma descendió hacia el planeta como una estrella fugaz, su cabello llameante trazando un arco de luz dorada en la oscuridad del espacio. Mientras caía, podía sentir la energía del mundo joven que se acercaba: el calor de su núcleo aún en formación, la electricidad estática de su atmósfera primitiva, la vibración de las placas tectónicas que se acomodaban lentamente en su lecho de roca fundida. Era un planeta lleno de potencial, un lienzo en blanco esperando la primera pincelada.
Pero mientras caía, Flaxma sintió también algo que no esperaba: una voz. No era una voz que se oyera con los oídos, sino una voz que resonaba en su interior, como un eco de algo que había estado allí desde el principio.
"Cuidado, hijo del fuego. La creación no es solo poder. Es también responsabilidad."
Flaxma reconoció la voz. Era la de su padre, el Sabio del Tiempo, que ya se había ido a otros universos pero cuya presencia aún vibraba en el tejido del cosmos.
"Lo sé, padre", respondió Flaxma en silencio. "Pero alguien tiene que empezar. Y yo soy el único que no tiene miedo."
"El miedo no es el enemigo, hijo mío. La impaciencia sí."
Flaxma no respondió. No porque no quisiera, sino porque no sabía qué decir. Su padre tenía razón, como siempre. Pero la impaciencia era parte de su naturaleza, como el fuego era parte de su esencia. No podía cambiar lo que era.
Aterrizó en la cima del volcán más grande que sus ojos habían visto jamás. La montaña se alzaba sobre el paisaje como un dios dormido, su cráter humeante extendiéndose varios kilómetros de ancho. Flaxma se paró en el borde, sintiendo el calor que ascendía desde las profundidades, y sonrió.
—Perfecto —murmuró.
La Creación del Primer Dragón
Se concentró durante tres días y tres noches de tiempo cósmico. Para los mortales, esa habría sido una eternidad de silencio y espera. Para Flaxma, fue apenas un suspiro. Las llamas de su cabello ardieron más brillantes que nunca, iluminando el cielo nocturno del planeta como una segunda luna. Extendió sus manos hacia el volcán como si quisiera tomarlo entre sus palmas, y comenzó a verter su esencia en la montaña.
El volcán respondió.
La tierra tembló. El cielo se oscureció con ceniza y humo. Los océanos cercanos se agitaron, enviando olas que rompían contra costas que aún no tenían nombre. Y en el corazón del volcán, en la cámara de magma donde la temperatura era tan alta que incluso los minerales se fundían como cera, algo comenzó a tomar forma.
Flaxma no estaba creando un ser cualquiera. Estaba creando al primero. Al original. Al que sería el modelo de todo lo que vendría después. Vertió en esa criatura no solo su poder, sino también sus esperanzas, sus sueños, su deseo de que este mundo fuera algo más que roca y agua y aire. Vertió en ella su propia esencia de fuego, pero también algo más: una chispa de conciencia, un atisbo de voluntad propia, una gema de vida que latiría en su pecho como un corazón independiente del suyo.
Pero mientras vertía su esencia, Flaxma sintió de nuevo la voz de su padre.
"No crees una herramienta, Flaxma. Crea un ser. Con libre albedrío. Con la capacidad de elegir. Porque una herramienta solo obedece, pero un ser... un ser puede sorprenderte."
Flaxma dudó. La voz de su padre tenía razón, pero la duda era un lujo que no podía permitirse. Si creaba un ser con libre albedrío, ¿qué garantía tenía de que ese ser lo respetaría? ¿Qué garantía tenía de que no se volvería contra él, como los hijos de Luzmin y Blasmiz se habían vuelto contra sus padres?
Pero también recordó las palabras de su padre: "La creación no es un acto de poder, sino de amor."
Y decidió confiar.
En la madrugada del cuarto día, cuando las estrellas comenzaban a palidecer en el cielo, el volcán rugió como nunca antes había rugido. La explosión fue tan violenta que los otros seis dioses, flotando en la órbita del planeta, sintieron la onda expansiva sacudir sus cuerpos divinos. Y de la columna de fuego y ceniza que se elevó hacia el cielo, emergió una criatura que no tenía precedente en ninguno de los universos existentes.
Un dragón de fuego.
El Dragón de Fuego
Era colosal. Sus escamas eran del color del magma recién expulsado, rojas y anaranjadas con destellos dorados que brillaban cuando la luz del sol naciente lo tocaba. Cada escama era del tamaño de un escudo de guerra, superpuestas como las tejas de un templo antiguo, y cuando el dragón respiraba, las escamas se expandían y contraían ligeramente, como si el propio fuego respirara dentro de él. Sus alas, membranosas pero reforzadas con huesos que brillaban como metal fundido, podían cubrir una ciudad entera cuando se desplegaban. El viento que generaban al batirlas era tan poderoso que derribaba árboles a kilómetros de distancia.
Cuando abrió la boca para rugir, el sonido resonó en toda la corteza del planeta como un terremoto. No era un rugido ordinario. Era una declaración de existencia. Era un "estoy aquí" dirigido a todo lo que vivía y a todo lo que aún no vivía. Las montañas cercanas temblaron. El mar se retiró de las costas. Hasta las estrellas en el cielo parecieron parpadear, sorprendidas.
En sus ojos ardían llamas eternas de color ámbar, y cada vez que parpadeaba, las llamas se avivaban o se atenuaban como si respondieran a sus pensamientos. Podía ver en la oscuridad más profunda, podía ver a través del humo y la ceniza, podía ver el calor de los cuerpos vivos a kilómetros de distancia. Sus dientes eran como dagas de obsidiana, cada uno del tamaño de un hombre adulto, y de su garganta podía emitir no solo fuego, sino plasma, el estado de la materia más caliente que existe, tan caliente que podía fundir la roca en segundos.
Y en su pecho, justo donde el corazón humano late, latía la Gema de la Vida. Era una piedra preciosa del tamaño de un puño, de un color rojo tan profundo que parecía contener toda la sangre de todos los seres que algún día existirían. Pulsaba con una luz interna rítmica, como una respiración, y cada pulsación enviaba ondas de energía a través del cuerpo del dragón, manteniéndolo vivo, manteniéndolo fuerte, manteniéndolo conectado con Flaxma de una manera que ni siquiera el dios del fuego comprendía completamente.