La batalla había terminado, pero el silencio que siguió no era un silencio de paz. Era el silencio de un mundo herido, de un planeta que había sido golpeado hasta el borde de la muerte y que ahora yacía en la quietud del que no sabe si podrá volver a levantarse.
En el centro del paisaje devastado, Drazco se mantuvo en pie, tembloroso pero firme. Sus escamas, que antes brillaban con todos los colores del espectro, ahora tenían un tono más suave, más apagado, como el cielo en el momento exacto entre el día y la noche. No era debilidad. Era transformación. La fusión con Acnologia lo había cambiado, lo había hecho más completo, más equilibrado. Era luz y sombra al mismo tiempo, como un crepúsculo eterno.
Acnologia yacía en el suelo, su enorme cuerpo negro extendido sobre la tierra arrasada. Su pecho aún subía y bajaba con la respiración, pero sus ojos, antes rojos y ardientes, ahora tenían un tono más tenue, casi grisáceo. No estaba muerto. No podía morir. Pero su energía mágica, la esencia misma de su poder, se había agotado por completo. La Destrucción Total le había costado todo lo que tenía. Y la fusión con Drazco, ese momento de conexión inesperada, había sellado su destino. Por eones, tal vez para siempre, sería solo un dragón sin magia. Una bestia poderosa, sí, pero vacía de la chispa divina que lo hacía inmortal.
Los cinco dragones elementales yacían dispersos por el campo de batalla, algunos heridos, otros exhaustos, todos transformados por lo que habían presenciado. El dragón de fuego, que había entregado su esencia a Drazco, ahora ardía con una llama más tenue, como una hoguera que se apaga lentamente. El dragón de agua, que había vertido toda su energía en la fusión, ahora era apenas una sombra azulada en el horizonte. El dragón de tierra, el dragón de viento, el dragón de rayo... todos habían dado todo lo que tenían. Y aunque estaban vivos, nunca volverían a ser lo que habían sido.
Y sobre todo, en la cima de una colina que apenas había sobrevivido al cataclismo, Nalia observaba.
El Silencio de Nalia
Nalia no habló. No gritó. No maldijo. Se quedó en silencio, mirando el paisaje devastado, los dragones heridos, sus hermanos cansados. Su rostro, que antes había estado marcado por la furia y el orgullo, ahora era una máscara vacía. No había emoción en él. Solo un vacío que era más aterrador que cualquier grito de rabia.
Flaxma se acercó a ella, con el cabello aún ardiendo débilmente, pero su paso era más lento que antes, más pesado. La guerra había dejado su marca en él también.
—¿Estás satisfecha? —preguntó, y su voz no tenía la furia de antes, solo un cansancio profundo—. ¿Esto es lo que querías? ¿Un mundo muerto? ¿Dragones rotos? ¿Hermanos enfrentados?
Nalia no respondió. No lo miró. Sus ojos seguían fijos en el horizonte, en el lugar donde Acnologia yacía en el suelo, inmóvil.
—Háblame, Nalia —insistió Flaxma—. Dime que esto era lo que querías. Dime que valió la pena. Dime que la perfección que buscabas era este páramo de cenizas y silencio.
Nalia finalmente habló. Su voz era baja, casi inaudible, como si las palabras le costaran un esfuerzo inmenso.
—No quería esto —dijo—. No quería un mundo muerto. Quería un mundo donde yo fuera la única dueña. Donde mis hermanos me respetaran. Donde mi poder fuera reconocido. No quería destruirlo todo. Quería que todo me perteneciera.
—Y ahora —dijo Flaxma—, ¿qué tienes?
Nalia guardó silencio. No había respuesta. O tal vez había una respuesta, pero era demasiado dolorosa para pronunciarla en voz alta.
La Llegada de Equimio
Fue entonces cuando Equimio llegó.
El hijo del Caos descendió del espacio entre las estrellas con la misma presencia tranquila y aplastante que lo caracterizaba. No caminó sobre el suelo, porque el suelo no era lo suficientemente sólido para contenerlo. Flotó a unos centímetros sobre la tierra arrasada, sus ropajes de constelaciones moviéndose lentamente a pesar de que no había viento. Sus ojos, que cambiaban de color como los de Aqua pero con una gama más amplia, recorrieron el paisaje devastado, los dragones heridos, los dioses cansados.
Los siete dioses lo miraron llegar con una mezcla de asombro y reconocimiento. Sabían, de alguna manera que no podían explicar completamente, que este ser era más antiguo y más fundamental que cualquier cosa que hubieran conocido. Era anterior a su padre, el Sabio del Tiempo. Era anterior a los dragones. Era anterior al planeta. Era anterior, quizás, al propio universo.
Pero mientras Equimio descendía, Nalia sintió algo que no esperaba. Miedo. No el miedo a la muerte —los dioses no morían— sino un miedo más profundo, más antiguo. El miedo a ser juzgada. El miedo a ser encontrada indigna. El miedo a que todo lo que había hecho, todo lo que había sido, fuera finalmente medido y encontrado insuficiente.
Equimio la miró, y por un instante, Nalia sintió que sus ojos cambiaban de color para reflejar exactamente lo que ella sentía. Y en ese reflejo, vio su propio miedo, su propia soledad, su propia desesperación.
Y supo que Equimio lo veía todo.
El Juicio de Equimio
—Vi todo lo que ocurrió aquí —dijo Equimio con la voz que era simultáneamente una y muchas, como un coro de una sola garganta—. Y veo lo que ocurrirá si esto continúa. Nalia Elemens, hija del Sabio del Tiempo, diosa de la oscuridad: por haber traído la destrucción a lo que debías proteger, por haber usado la vida como herramienta y el poder como fin en sí mismo, serás separada de este lugar.
Nalia levantó la cabeza. Por un momento, algo brilló en sus ojos. No era arrepentimiento. No era sumisión. Era desafío.
—¿Quién eres tú para juzgarme? —preguntó, y su voz era un desafío, un último acto de orgullo—. Tú no eres mi creador. Tú no eres mi juez. Tú no eres mi rey. No tienes autoridad sobre mí.
Equimio la miró con una paciencia infinita. No había enojo en sus ojos, ni triunfo, ni siquiera tristeza. Solo hecho.