Las Crónicas de Draxcan: El Despertar del Caos

Capítulo XI: El Nuevo Mandato en Draxcan

La mañana del miércoles amaneció despejada sobre Draxcan, como si el cielo mismo quisiera bendecir el nuevo comienzo. El sol salió sobre las torres de la ciudad, tiñendo de oro los cristales de luz solidificada que adornaban las murallas, y la gente comenzó a llenar las plazas desde antes del amanecer. Pero esta vez no había soldados en las calles, ni discursos desde los balcones, ni celebraciones organizadas. Había algo más silencioso, más profundo: la sensación de que algo había terminado y algo nuevo estaba comenzando.

Los días que siguieron al discurso de Reax fueron de una actividad frenética. Kaida y sus comandantes trabajaban sin descanso para establecer la nueva estructura de gobierno, mientras los antiguos senadores eran procesados y juzgados. No hubo ejecuciones sumarias, como Kaida había prometido. Hubo juicios justos, con representantes de todas las razas, y sentencias que variaban desde el exilio hasta la prisión, dependiendo de la gravedad de los crímenes cometidos.

Valandor, el anciano Elemens que había presidido el Senado durante novecientos años, fue condenado a prisión perpetua en el Castillo Dracking. No por sus crímenes —aunque los había— sino por su negativa a ceder el poder pacíficamente. Kaida había ofrecido clemencia a cambio de una confesión pública, pero Valandor se había negado. Prefería la cárcel a la humillación.

—No es orgullo —le había dicho a Kaida durante el juicio—. Es convicción. Yo creía en lo que hacía. Me equivoqué, pero creía. Y no voy a fingir que no lo creía solo para salvar mi piel.

Kaida había respetado esa honestidad, aunque no la compartía. Valandor fue llevado a una celda en el ala más antigua del castillo, donde pasaría el resto de sus días reflexionando sobre sus novecientos años de poder y los errores que había cometido.

La Nueva Estructura de Gobierno

La nueva estructura de gobierno se estableció con una precisión que habría sorprendido a quienes pensaban que los militares solo sabían de guerra. Kaida había pasado meses —años, en realidad— planeando esto. Había consultado a historiadores, a filósofos, a líderes de todas las razas. Había estudiado los sistemas de gobierno de Laxkay y de los reinos menores que existían más allá del continente. Había sopesado cada opción, cada ventaja, cada desventaja.

El resultado era una mezcla de lo antiguo y lo nuevo, un sistema que tomaba lo mejor de Draxcan y lo combinaba con lo mejor de otras culturas.

El Senado de los Sabios tendría treinta y seis miembros: nueve humanos, nueve elfos, nueve magos, nueve Elemens. Serían elegidos por su propia gente, sin restricciones de estado social ni económico. Los humanos votarían por los representantes humanos. Los elfos por los elfos. Los magos por los magos. Los Elemens por los Elemens. No era un sistema perfecto —perpetuaba las divisiones raciales, en cierto sentido— pero era un primer paso. Y a veces, pensaba Kaida, un primer paso imperfecto era mejor que un paso perfecto que nunca se daba.

Dentro de ese grupo de treinta y seis, un líder sería elegido por votación interna. Ese líder —llamado el Portavoz— serviría por un período de diez años, tras el cual podría ser reelegido o reemplazado. El Portavoz no tendría poder de veto ni autoridad absoluta; su función sería presidir las sesiones, facilitar el debate y representar al Senado en asuntos ceremoniales.

El poder real residiría en las comisiones. Habría comisiones para la guerra, la paz, el comercio, la agricultura, la educación, la magia, las relaciones exteriores y la justicia. Cada comisión estaría compuesta por miembros de todas las razas, elegidos por el Senado en función de su experiencia y conocimientos. Las decisiones importantes requerirían la aprobación de al menos tres comisiones.

Era un sistema complicado, casi enrevesado. Kaida lo sabía. Pero también sabía que los sistemas simples eran fáciles de abusar. Un rey absoluto podía tomar decisiones rápidas, pero también podía cometer errores catastróficos sin que nadie lo detuviera. Un senado sin controles podía volverse tiránico. Las comisiones, con sus superposiciones y sus requisitos de consenso, harían que el cambio fuera más lento, pero también más deliberado. Y a veces, la lentitud era una virtud.

La Proclamación

La reforma fue anunciada oficialmente una semana después del discurso de Reax. Kaida leyó la proclama desde el balcón del Castillo Dracking, con los treinta y seis nuevos senadores —ya elegidos en elecciones rápidas pero justas— a su alrededor. La multitud que se congregó en la plaza era incluso más grande que la de la semana anterior. Llenaban las calles, los balcones, los tejados. Algunos habían viajado días para estar presentes en ese momento histórico.

—Hoy —dijo Kaida, con su voz grave y cansada— comienza un nuevo capítulo en la historia de Draxcan. No será un capítulo fácil. Habrá dificultades, habrá desacuerdos, habrá momentos en que todos ustedes se pregunten si el cambio valió la pena. Pero también habrá esperanza. También habrá justicia. También habrá un futuro mejor para nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos.

Levantó la mano. La multitud enmudeció.

—Juro por los dioses que nos crearon —dijo, y su voz resonó en la plaza— que serviré a este Senado con honestidad y dedicación. Juro que nunca usaré mi posición para beneficio personal. Juro que pondré las necesidades del pueblo por encima de mis propios deseos. Juro que defenderé esta nueva Constitución con mi vida si es necesario.

Los treinta y seis senadores repitieron el juramento. Luego la multitud. Luego toda la ciudad.

Fue un momento de unidad que Draxcan no había experimentado en décadas. Humanos y elfos se abrazaban. Magos y Elemens compartían sonrisas. Los niños corrían entre las piernas de los adultos, sin comprender del todo lo que estaba ocurriendo, pero sintiendo la alegría y la esperanza que llenaban el aire.




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