En el reino subterráneo, donde la luz del sol nunca llegaba y el único brillo provenía de cristales de oscuridad que absorbían tenuemente la energía mágica del mundo, Nalia esperaba. No había envejecido ni un día desde que Equimio la había desterrado. Su cabello seguía siendo negro como la ausencia de luz, sus ojos seguían brillando con ese fulgor violáceo y profundo, su manto de sombras vivas seguía moviéndose a su alrededor como un mar en tormenta eterna.
El tiempo, para ella, había perdido significado.
Al principio, en los primeros siglos después de su destierro, Nalia había estado consumida por la rabia. Gritaba contra las paredes de su prisión, lanzaba hechizos de oscuridad contra el techo de roca, maldecía a Equimio, a Ian, a todos sus hermanos que la habían abandonado. Las cavernas resonaban con su furia, y las criaturas que habitaban las profundidades —pequeñas cosas ciegas que nunca habían visto la luz— huían aterradas.
Pero la rabia, por intensa que fuera, no podía durar para siempre. Los siglos pasaron, y la rabia se enfrió lentamente, transformándose en algo más peligroso: determinación. Nalia había sido la más poderosa de los siete dioses elemens. Había creado a Acnologia, el dragón más poderoso que el mundo había visto. No iba a dejar que una prisión de piedra y unas palabras de un ser antiguo la detuvieran.
Equimio había dicho que sus creaciones podían salir al mundo superior. Esa era la clave. Nalia no podía escapar, pero sus hijos —sus creaciones, sus vástagos— sí podían. Y si no podía gobernar el mundo superior en persona, gobernaría a través de ellos.
Los Primeros Vástagos: Los Umbrae
Comenzó a crear.
No con la alegría que Ian ponía en sus creaciones —Nalia no conocía la alegría, solo el propósito— sino con precisión quirúrgica. Cada ser que creaba era una herramienta, un instrumento, un arma. No tenían libre albedrío, no tenían esperanzas ni sueños, no tenían más función que cumplir las órdenes de su creadora.
Los primeros en nacer fueron los Umbrae.
Surgieron de la fusión de la esencia de oscuridad de Nalia con los minerales del reino subterráneo, específicamente con un tipo de cristal negro que solo se encontraba en las cavernas más profundas. Eran seres de sombra sólida, con cuerpos que podían volverse intangibles a voluntad, atravesando paredes y cerraduras como si no existieran. Sus ojos brillaban con la misma luz carmesí que los de Acnologia, y cuando miraban fijamente a alguien, esa mirada podía paralizar de miedo.
Los Umbrae no tenían forma fija. Podían adoptar cualquier apariencia que desearan, desde una sombra alargada en una pared hasta una réplica perfecta de un humano, un elfo, un mago o un Elemens. Eran los espías perfectos, los asesinos perfectos, los saboteadores perfectos. Podían infiltrarse en cualquier lugar, escuchar cualquier conversación, envenenar cualquier pozo.
Nalia los creó por docenas, luego por cientos, luego por miles. Los Umbrae llenaban las cavernas como un ejército de sombras, esperando silenciosamente las órdenes de su señora. No comían, no dormían, no se cansaban. Solo existían para servir.
—Id al mundo superior —les ordenó Nalia, cuando tuvo suficientes—. Observad. Aprended. Sembrad la discordia. Envenenad los sueños de los mortales. Haced que se odien unos a otros. Haced que desconfíen de sus líderes. Haced que se olviden de que alguna vez fueron un solo pueblo.
Los Umbrae obedecieron. Fluían a través de grietas en la corteza terrestre, a través de cuevas que conectaban el reino subterráneo con la superficie, a través de pozos abandonados y minas cerradas. Emergían en los lugares más oscuros de la noche, en los callejones más sucios de las ciudades, en los bosques más profundos donde la luz del sol apenas llegaba.
Y comenzaron su trabajo.
La Infiltración de los Sueños
Los Umbrae no atacaban con espadas ni con hechizos. Su arma era más sutil y más peligrosa: los sueños.
Se infiltraban en las mentes de los mortales mientras dormían, susurrando mentiras disfrazadas de intuiciones, sembrando dudas disfrazadas de certezas. Un humano soñaba que un elfo le robaba su negocio. Un elfo soñaba que un humano envenenaba su jardín. Un mago soñaba que un Elemens lo humillaba públicamente. Un Elemens soñaba que los magos conspiraban para derrocarlo.
Los sueños eran sutiles, casi indistinguibles de las pesadillas normales. No mostraban imágenes explícitas de violencia o traición, sino pequeñas cosas: una mirada de desprecio, una palabra dicha a espaldas, un favor no correspondido. Nada que pudiera señalarse como prueba de interferencia externa. Nada que no pudiera atribuirse a la paranoia natural de los mortales.
Pero los sueños se acumulaban. Una noche de insomnio aquí, otra allá. Una conversación tensa en el mercado, un desacuerdo en el Senado, una pelea en una taberna. Las pequeñas cosas se convertían en grandes cosas. Las desconfianzas se convertían en rencores. Los rencores se convertían en odios.
Y el odio, Nalia lo sabía, era el combustible de su venganza.
Los Sombraelfos
La segunda creación de Nalia fueron los Sombraelfos.
No eran elfos verdaderos, sino una parodia oscura, una burla de la belleza y gracia de sus primos de la superficie. Su piel era gris pizarra, como ceniza volcánica, y su cabello blanco como la cal, sin el menor rastro de color. Sus ojos eran rojos como brasas, con pupilas verticales como las de un reptil, y veían en la oscuridad perfecta, mucho mejor que cualquier elfo verdadero.
Nalia los creó con un propósito específico: sembrar el caos entre las razas de la superficie. Les dio una afinidad por la magia de ilusión, para que pudieran crear visiones falsas, hacer que la gente viera cosas que no estaban allí y no viera cosas que sí estaban. Les dio una afinidad por los venenos, para que pudieran envenenar pozos, alimentos, incluso el aire mismo. Y les dio un odio instintivo hacia todas las razas de la superficie, especialmente hacia los elfos verdaderos, a quienes veían como una afrenta a su propia existencia.