Las Crónicas de Draxcan: La Guerra Sagrada

Capítulo I: Las Cenizas Aún Queman

Las cenizas de la batalla en la muralla este todavía humeaban cuando el sol volvió a salir sobre Draxcan.

No era el amanecer limpio que la ciudad había conocido antes de que empezara todo esto — el tipo de amanecer que anuncia un día ordinario y que nadie se molesta en mirar dos veces. Era un amanecer que llegaba con esfuerzo, filtrándose a través de una capa de humo que todavía no había terminado de dispersarse, tiñendo la luz de un gris que no tenía nada de limpio y todo de agotado.

Los soldados recorrían los escombros de la muralla este con el paso pesado de quienes llevan arrastrando cuerpos desde antes del amanecer. Los de las bestias iban a las piras que los químicos habían diseñado específicamente para que ardieran hasta que no quedara nada — porque los cadáveres de las criaturas de Nalia, según habían descubierto en los días siguientes al primer ataque, no se descomponían de la manera ordinaria y dejaban en el suelo un residuo negro que se filtraba en la tierra si no se quemaba con el fuego suficiente. Los de los soldados propios iban a otro lugar, con otro cuidado, con los nombres que los compañeros todavía vivos daban a los escribas que llevaban los registros.

El olor llenaba el aire de una manera que ninguna estación del año conseguía disipar del todo: sombra quemada, sangre seca, la tierra húmeda que las últimas lluvias habían dejado sin que nadie tuviera tiempo de agradecerlas.

Los magos, agotados después de días sosteniendo hechizos defensivos con la energía que les quedaba, apenas mantenían encendidos los bastones de guardia. Los Elemens turnaban la vigilancia del horizonte con sus dragones — los que habían sobrevivido, que eran menos de los que habían respondido a la llamada de Seraphine semanas atrás, y que llevaban en las escamas y en las alas las marcas de lo que les había costado defender un mundo que no era exactamente el suyo pero que habían decidido que valía la pena defender de todas formas.

Todos sabían que las bestias volverían.

Menos que antes. Más despacio que antes. Sin el vínculo que Paul había cortado en el fondo del cráter de Eltrix, orientándolas con la precisión táctica que había hecho la primera guerra tan letal. Pero volverían, porque Nalia seguía en el subsuelo, y lo que quedaba de su capacidad para producir bestias no había desaparecido del todo con el corte del vínculo.

Solo se había vuelto más lento.

El Informe

—Gran Sabio —dijo Fox, acercándose a Tilio con un pergamino en la mano.

Tilio estaba de pie en lo que quedaba de la muralla este, con las manos apoyadas en un tramo de piedra que había sobrevivido al asedio con grietas que los ingenieros ya habían marcado para reparación. Llevaba la misma ropa del día anterior, porque no había habido un momento entre la victoria en Eltrix y el regreso a Draxcan que justificara cambiarse.

Tomó el pergamino. Lo leyó en silencio, con la calma aprendida de semanas de leer cifras que al principio producían un golpe físico y que ahora producían algo más contenido, más procesable, aunque no menos real.

—¿Cuántos? —preguntó.

—Doscientos treinta y un muertos confirmados en la muralla este —respondió Fox—. Ciento cuarenta heridos de gravedad. Los que están en el hospital todavía se están estabilizando.

—¿Y en el norte, desde el primer ataque?

—Sumando todo, más de setecientos entre las tres oleadas.

Tilio guardó silencio un momento, con el peso de la cifra ocupando el espacio entre los dos.

—Menos de lo que habría sido si el vínculo de Nalia hubiera seguido activo —dijo Fox, con la precisión de quien necesita nombrar la mejora aunque la mejora siga siendo terrible—. Los informes de Marcus sobre las bestias que enfrentamos después del corte del vínculo confirman lo que Paul predijo. Menos coordinación. Menos capacidad de adaptación táctica.

—Lo sé. —Tilio dobló el pergamino con más cuidado del que la situación exigía—. Eso no hace que las cifras sean menos ciertas.

—No.

Se quedaron en silencio un momento, mirando el tramo de muralla reconstruido a medias.

—¿Y los civiles? —preguntó Tilio.

—Los refugiados en las cuevas del norte están a salvo. Andreisis coordina desde Eltrix con Torvin y Sera, y las cuevas tienen capacidad todavía para las próximas semanas. —Fox hizo una pausa—. Los que se quedaron en la ciudad durante el segundo ataque tuvieron menos suerte. El Distrito Este perdió gente en las calles cuando la muralla cedió parcialmente.

—¿Cuántos?

—Cuarenta y tres. Entre ellos, tres del orfanato que Andreisis evacuó la primera noche. Los que quedaban después de esa primera evacuación no tuvieron tiempo de salir en la segunda oleada.

Tilio cerró los ojos.

—Que los curanderos se ocupen de los heridos primero —dijo—. Los muertos pueden esperar a que haya tiempo de honrarlos como corresponde.

—Ya lo están haciendo. Pero las reservas de hierbas y vendas del castillo se agotaron durante el asedio. Necesitamos más de lo que tenemos.

—¿Y los clanes?

Fox dudó, con la vacilación específica de quien tiene que entregar una noticia que sabe que va a producir una reacción y que preferiría no tener que provocarla.




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