Las Crónicas de Draxcan: La Guerra Sagrada

Capítulo II: El Precio de la Libertad

Tres días después de la batalla en la muralla este, el sol volvió a brillar sobre Draxcan con una intensidad que parecía indiferente a lo que había quedado debajo de él.

No era un sol cálido. Era el tipo de sol que ilumina sin preguntar qué hay para iluminar, que trata igual los tejados intactos y los escombros, que no distingue entre las calles donde la vida seguía su curso ordinario y las calles donde ya no quedaba nada que pudiera llamarse ordinario. Las nubes que habían cubierto la capital durante el asedio se habían disipado, y el cielo se extendía despejado con un azul que en cualquier otro momento habría sido motivo de alivio.

En el suelo, la realidad era distinta.

Las piras funerarias en las afueras de la ciudad seguían ardiendo, no con la intensidad de los primeros días sino con la constancia lenta de un proceso que todavía tenía trabajo pendiente. Los soldados, en turnos que los capitanes habían organizado para que nadie tuviera que hacer esto durante más de unas horas seguidas, continuaban recogiendo los cuerpos que quedaban entre los escombros del Distrito Este y del Distrito Sur.

No solo los de los combatientes. Los de los civiles que no habían llegado a tiempo a las cuevas del norte. Los de los niños que se habían separado de sus familias en el caos de la segunda evacuación. Los de los ancianos que ya no tenían las piernas que la huida requería.

Tilio caminaba entre las piras con una mascarilla de tela cubriéndole la mitad inferior del rostro, la que Aelindel había insistido en dar a todos los que trabajaban cerca del humo de la combustión de las bestias, cuyo residuo, según los químicos que estudiaban su composición, no era saludable respirar en cantidades prolongadas.

—¿Cuántos van? —preguntó, sin apartar los ojos de la pira más cercana.

—Cuatro mil setecientos treinta y dos —respondió Fox, sin levantar la vista del pergamino donde llevaba el registro—. Contando militares y civiles de ambas murallas.

—¿Cuándo terminarán de contar?

—Cuando todos estén identificados. Los que puedan serlo.

Tilio se detuvo frente a una pira más pequeña que las demás. Sobre ella, un cuerpo envuelto en una sábana blanca que los soldados habían tratado con el cuidado adicional que se dedica a lo que no debería estar ahí.

No era un soldado.

—¿Quién? —preguntó.

—Elian —respondió Fox, consultando el registro con la voz más baja de lo habitual—. Vivía en el Distrito Sur con su madre. Nueve años. La madre sobrevivió, con una fractura en la pierna que le impidió llegar a tiempo al refugio.

—¿Dónde está ella ahora?

—En el hospital. Aelindel la tiene en la sala de recuperación.

Tilio guardó silencio un momento largo.

—Que alguien le diga lo que ocurrió. Con precisión —dijo, finalmente—. No hay que suavizarlo, pero tampoco hay que dramatizarlo más de lo que ya es. Su hijo murió cuando el techo de su casa cedió durante el segundo ataque. Eso es lo que ocurrió. Es suficiente sin necesitar añadir nada.

Fox asintió, anotando algo en el margen del registro.

Siguieron caminando.

El Distrito Sur

El Distrito Sur había sido el más golpeado de los dos que sufrieron daño estructural directo. Las bestias de la segunda oleada, en su avance hacia la muralla este, habían atravesado un tramo de las defensas exteriores antes de que las brigadas contuvieran el avance, y las casas que estaban en la línea directa de ese avance no habían tenido oportunidad.

Los pocos vecinos que quedaban recorrían las ruinas con la mirada de quien busca algo que ya sospecha que no va a encontrar pero que necesita buscar de todas formas, porque no buscar sería aceptar algo que la mente todavía no está lista para aceptar.

Una mujer, arrodillada entre los escombros de lo que había sido una casa de dos pisos en la esquina de la calle del mercado viejo, removía piedras con las manos desnudas. Sus dedos sangraban por los cortes que la piedra irregular producía, pero no parecía notarlo, o notarlo y no considerarlo suficientemente importante para detenerse.

—Señora —dijo Tilio, acercándose—. Sus manos necesitan atención.

—Mi hija está aquí abajo —respondió la mujer, sin levantar la vista—. La oí llorar hace dos noches.

Tilio sintió el peso específico de esa frase, la que llega con la certeza de quien la ha dicho tantas veces en dos días que las palabras ya no tienen la textura de la primera vez que se dicen.

—¿Cuánto tiempo lleva buscando?

—Dos días.

—Señora, si su hija estuviera con vida bajo estos escombros, no habría sobrevivido dos días sin agua.

—No me diga eso.

—No se lo digo para que se rinda. Se lo digo porque necesito que se cuide las manos mientras seguimos buscando, y si cree que rendirse es la alternativa a buscar, no va a dejarme ayudarla.

La mujer lo miró por primera vez.

Tilio se arrodilló a su lado sin esperar respuesta. Comenzó a levantar escombros con las manos, con el cuidado de quien no sabe qué va a encontrar debajo de cada piedra y que prefiere el cuidado a la velocidad en un contexto así. Fox hizo lo mismo desde el otro lado.




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