Las Crónicas de Draxcan: La Llave de las Cadenas

Capítulo X: El Retorno de Seraphine

El viaje de regreso a Draxcan fue una agonía. Seraphine no podía quitarse de la cabeza las imágenes de Korma: las casas ardiendo, el humo negro elevándose hacia el cielo, los restos de lo que alguna vez fue un pueblo próspero. Y los cuerpos... la ausencia de cuerpos.

Los soldados cabalgaban en silencio. Nadie hablaba. Nadie preguntaba. Todos habían visto lo mismo. Todos sabían que lo que habían presenciado no era un incendio accidental. Era algo planeado. Algo intencionado.

Algo que olía a magia del Caos.

La Llegada

El sol se ponía cuando las murallas de Draxcan aparecieron en el horizonte. La luz anaranjada del atardecer teñía las piedras de un color dorado que contrastaba con el luto que Seraphine llevaba en el corazón.

Los guardias de la puerta principal los reconocieron. Abrieron las rejas antes de que la comitiva se detuviera. Dentro del castillo, las antorchas ya estaban encendidas, proyectando sombras danzantes en los muros de piedra.

Seraphine desmontó. Entregó las riendas de su caballo a un mozo de cuadra.

—El Gran Sabio —preguntó—. ¿Dónde está?

—En su oficina, Comandante —respondió el mozo—. No ha salido en todo el día.

Seraphine asintió. Caminó hacia la entrada principal. Sus botas resonaron en el suelo de piedra.

La Oficina de Tilio

La puerta de la oficina de Tilio estaba cerrada. Seraphine llamó.

—Adelante —dijo la voz de él, cansada, como si llevara horas sin dormir.

Seraphine entró. Tilio estaba sentado detrás de su escritorio, con la cabeza apoyada en una mano. Sobre la mesa, montones de documentos se acumulaban en torres que amenazaban con derrumbarse. Una taza de café, ya frío, reposaba a su lado.

—Seraphine —dijo, levantando la vista—. Has vuelto.

—He vuelto.

—¿Encontraste algo?

Ella se sentó frente a él. No sabía por dónde empezar. Las palabras se le atascaban en la garganta.

—Korma —dijo al fin—. Está destruido.

Tilio se enderezó.

—¿Destruido?

—Arrasado. Las casas, los graneros, los árboles... todo calcinado. Pero no había cuerpos.

—¿Cómo que no había cuerpos?

—No había nada, Tilio. Solo cenizas. Y restos de magia.

—¿Magia?

—Magia del Caos.

El silencio se volvió denso. Tilio se levantó. Caminó hacia la ventana. Afuera, las luces de la capital parpadeaban como estrellas caídas.

—¿Estás segura?

—El mago que llevaba conmigo lo confirmó. Hizo pruebas. Los residuos coinciden con las descripciones de los textos antiguos.

—¿Quién podría hacer algo así?

—No lo sé. Pero alguien está atacando los subreinos. Y no quieren que sepamos quiénes son.

Tilio se volvió.

—¿Crees que tiene que ver con la Convención?

—No lo sé —admitió Seraphine—. Pero si es así, significa que Cilion ha conseguido aliados poderosos. Más poderosos de lo que imaginábamos.

La Decisión

Tilio regresó a su escritorio. Abrió un cajón. Sacó un mapa desplegado, marcado con puntos de colores.

—Los subreinos del sur —dijo—. Korma era uno de los más pequeños. Pero si han empezado por ahí...

—Seguirán con otros.

—Exactamente.

Tilio clavó un alfiler negro en el punto donde estaba Korma.

—Necesito que vuelvas a salir. Pero esta vez, no irás sola.

—¿Qué quieres decir?

—Que te acompañarán los cuatro generales. Elroan, Aldric, Marcus y tú. Y una legión completa del ejército imperial.

—¿Una legión? —Seraphine arqueó una ceja—. Eso movilizaría a miles de soldados. Los clanes se preguntarán qué está pasando.

—Que se pregunten. Prefiero que tengan preguntas a que tengan cadáveres.

Seraphine guardó silencio. Sabía que Tilio tenía razón. Pero también sabía que una movilización de esa magnitud no pasaría desapercibida. La Convención se enteraría. Y si la Convención se enteraba, Cilion sabría que el gobierno central estaba al tanto de sus movimientos.

—¿Cuándo partimos? —preguntó.

—Mañana al amanecer.

—¿Tan pronto?

—No podemos permitirnos esperar. Cada día que pasa, alguien puede estar muriendo.

Seraphine asintió. Se levantó.

—Descansa —dijo Tilio—. Te espera un viaje largo.

—Tú también deberías descansar.

—Lo haré. Prometido.

Ella sonrió. Una sonrisa pequeña, apenas un gesto.

—Mientes mal, Tilio.

—Lo sé.

Se quedaron en silencio, mirándose. Luego, Seraphine se dio la vuelta y salió.

La puerta se cerró tras ella.

Tilio se quedó solo, mirando el mapa.

Korma ya no existía. Y temía que no fuera el único.

La Reunión de los Generales

A la mañana siguiente, los cuatro generales se reunieron en la sala de estrategias. El sol aún no había salido, y la luz de las antorchas iluminaba sus rostros con un brillo anaranjado.

—He convocado esta reunión —dijo Tilio— porque la situación en los subreinos del sur es más grave de lo que pensaba.

Desplegó el mapa sobre la mesa. Los generales se inclinaron.

—Korma ha sido destruido —continuó Tilio—. No por un incendio accidental. Por alguien que quería borrarlo del mapa.

—¿Quién? —preguntó Elroan.

—No lo sabemos. Pero Seraphine encontró rastros de magia del Caos.

Los generales intercambiaron miradas.

—¿Magia del Caos? —Aldric frunció el ceño—. Eso es... eso es imposible. Los únicos que podían usar ese tipo de magia eran los Primogénitos. Y los Primogénitos ya no están.

—Nalia sí está —dijo Seraphine—. Y no olvidéis que Equimio dijo que sus creaciones podían salir del reino subterráneo.

—¿Crees que Nalia está detrás de esto? —preguntó Marcus.

—No lo sé. Pero no podemos descartarlo.

Tilio golpeó la mesa con los nudillos.

—Por eso os enviaré a todos. Quiero que investiguéis los subreinos del sur. Todos. Uno por uno. Si hay más ataques, quiero saberlo. Si hay supervivientes, quiero que los traigáis a salvo.



#1080 en Fantasía
#193 en Magia

En el texto hay: guerra de razas, fantacia epica, romance proibido

Editado: 17.06.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.