El sol aún no había salido cuando los cuatro generales partieron de Draxcan. Las puertas del castillo se abrieron con un chirrido metálico, y la caballería imperial desfiló hacia el sur en formación cerrada, con los emblemas del Reino brillando bajo la luz de las antorchas.
Seraphine iba al frente, con su armadura de comandante reluciente y su caballo negro pisando firme. A su derecha, Elroan el elfo; a su izquierda, Aldric el mago; detrás, Marcus el humano, con su prótesis de hierro envuelta en guantes de cuero para que no chirriara tanto.
No hablaron durante las primeras horas. Cada uno estaba inmerso en sus propios pensamientos, repasando los informes que Tilio les había entregado, trazando rutas en los mapas mentales.
Korma era solo el principio. Lo sabían. Lo que no sabían era cuántos subreinos más habían corrido la misma suerte.
El Primer Alto
Al mediodía, acamparon a orillas del río que marcaba el límite entre el Distrito Imperial y los territorios del sur. Los soldados encendieron hogueras y prepararon una comida rápida a base de pan duro y carne seca. Los magos, siguiendo el protocolo, extendieron un perímetro de detección para asegurarse de que no hubiera intrusos.
Seraphine se apartó del grupo. Se sentó en una roca, con la mirada perdida en el agua que corría.
—¿Puedo? —preguntó Marcus, acercándose.
—Siéntate.
Marcus se sentó a su lado. Su prótesis de hierro crujió al doblarse.
—¿Cómo estás? —preguntó.
—Bien.
—Mientes mal.
Seraphine sonrió. Era una sonrisa amarga, de las que no llegan a los ojos.
—Todos mentimos, Marcus. Tú también.
—Es verdad. Pero yo miento por supervivencia. Tú mientes por... ¿qué? ¿Orgullo? ¿Miedo?
—¿Miedo de qué?
—De que te vean débil. De que sepan que, debajo de la armadura, eres una persona. Como todos.
Seraphine guardó silencio. Marcus no insistió.
—Cuando volvamos —dijo al fin—. Cuando esto termine. ¿Qué harás?
—No lo sé —respondió Seraphine—. Descansar, quizás. Dormir una semana entera.
—Eso no es lo que pregunté.
—Lo sé.
Marcus se levantó.
—Cuídate, Seraphine.
—Tú también.
Marcus se alejó. Seraphine se quedó sola, mirando el agua.
El río seguía fluyendo. Indiferente. Como siempre.
El Segundo Subreino
Al tercer día, llegaron a las afueras de un subreino llamado Valdris. No era grande. Unas pocas decenas de casas de piedra, un mercado cubierto, una plaza con una fuente seca. El lugar olía a humo y a muerte.
—Comandante —dijo uno de los magos, acercándose—. Los detectores de magia están mostrando residuos. Igual que en Korma.
—¿Hay supervivientes?
—No. Tampoco cadáveres.
Seraphine desmontó. Caminó entre las ruinas. Las casas estaban calcinadas, los árboles chamuscados, la tierra negra como la ceniza.
—Alguien está borrando estos lugares del mapa —dijo Elroan, a su lado—. Y no quiere dejar testigos.
—O quiere que los testigos hablen —respondió Seraphine—. Que el miedo se extienda. Que los demás subreinos sepan que, si no se unen a la Convención, correrán la misma suerte.
—¿Crees que es la Convención?
—No lo sé. Pero alguien se beneficia de esto.
Registraron el perímetro. No encontraron nada. Solo cenizas y silencio.
—Seguimos —ordenó Seraphine.
Cabalgaron hacia el sur.
El Tercer Subreino
Dos días después, encontraron otro. Y otro más al día siguiente. Y otro al siguiente.
Todos iguales. Todos arrasados. Todos sin cadáveres.
Los soldados comenzaron a murmurar. Los magos, a mirar el horizonte con ojos de miedo. Los generales, a reunirse cada noche en la tienda de Seraphine para discutir lo que estaban viendo.
—No es un ataque normal —dijo Aldric, señalando un mapa—. Los subreinos que han caído forman un arco. Como si alguien estuviera avanzando hacia el norte.
—¿Hacia Draxcan? —preguntó Marcus.
—O hacia el Distrito Imperial.
Seraphine estudió el mapa.
—Necesitamos más información. No podemos seguir a ciegas.
—¿Y cómo propones conseguirla? —preguntó Elroan—. Los subreinos que visitamos están muertos. No hay nadie que pueda hablar.
—Entonces encontraremos a los que aún viven. Y les preguntaremos.
—¿Y si no quieren hablar?
—Entonces los convenceremos.
Elroan arqueó una ceja.
—¿Usando la fuerza?
—Usando la razón —respondió Seraphine—. Y si la razón no funciona... usaremos otra cosa.
Los generales asintieron.
A la mañana siguiente, cambiaron de rumbo.
El Encuentro
Fue Marcus quien los encontró. Una partida de refugiados, caminando hacia el norte con las pocas pertenencias que habían podido salvar. Hombres, mujeres, niños. Rostros marcados por el hambre y el miedo.
Seraphine se acercó a ellos con las manos extendidas, sin armas.
—Soy la Comandante Seraphine —dijo—. Del ejército imperial. Venimos a ayudar.
El líder de los refugiados, un hombre de barba canosa y ojos hundidos, la miró con desconfianza.
—¿Ayudar? ¿Ahora? ¿Dónde estabais cuando los atacaron?
—No lo sabíamos —admitió Seraphine—. Pero lo sabemos ahora. Por eso estamos aquí.
—¿Para qué? ¿Para llevarnos a la capital? ¿Para encerrarnos en campos? ¿Para obligarnos a pagar impuestos que no podemos pagar?
—Para protegerlos.
El hombre escupió en el suelo.
—Las promesas del gobierno central no valen nada. Nunca han valido.
Seraphine no respondió. Miró a los niños, a las mujeres, a los ancianos. Gente que había perdido todo.
—¿Quién los atacó? —preguntó.
El hombre guardó silencio. Luego, con voz apenas audible:
—Sombras. Sombras que caminaban como hombres. Y un líder... un líder que hablaba con voz de muerto.
—¿Cilion? —preguntó Seraphine.
—No sé su nombre. Solo sé que los que no se unían a él... desaparecían.