Las Crónicas de Draxcan: La Llave de las Cadenas

Capítulo XII: La Sombra sobre Draxcan

La noticia de los subreinos arrasados llegó a Draxcan antes que los propios generales. Los rumores volaban más rápido que los caballos, alimentados por los mercaderes que viajaban de un territorio a otro y por los refugiados que huían hacia el norte en busca de seguridad.

En las tabernas del Distrito Imperial, la gente hablaba en voz baja, con los ojos brillantes de miedo. Nadie sabía qué estaba pasando en el sur. Nadie sabía quién estaba atacando. Pero todos sabían que algo andaba mal.

Tilio también lo sabía. Los informes de los delegados imperiales, que hasta hacía unas semanas eran rutinarios, se habían vuelto escuetos, evasivos, como si quienes los escribían temieran poner en papel lo que habían visto.

El Gran Sabio pasaba las noches en vela, repasando mapas, trazando rutas, buscando patrones que pudieran anticipar el siguiente ataque. Pero no encontraba nada. Los subreinos destruidos no seguían un orden lógico. No eran los más ricos, ni los más estratégicos, ni los más rebeldes. Eran, simplemente, los que habían tenido la mala suerte de estar en el camino de algo que no comprendía.

La Llegada de los Refugiados

Al amanecer del quinto día desde que Seraphine y los generales partieron, los centinelas de la muralla norte avistaron una columna de humo en el horizonte. No era humo de incendio. Era polvo. Polvo levantado por cientos de caballos y por miles de pies.

Tilio subió a la muralla. Entrecerró los ojos. La columna se acercaba.

—¿Son ellos? —preguntó Fox Altraz, a su lado.

—Parece que sí.

—¿Y los refugiados?

—También.

Media hora después, la comitiva llegó a las puertas de la ciudad. Seraphine iba al frente, con el rostro cubierto de polvo y los ojos enrojecidos por el cansancio. Detrás de ella, los generales. Detrás de ellos, los soldados. Y en el centro, protegidos por el ejército, cientos de refugiados.

Hombres, mujeres, niños. Rostros marcados por el hambre y el miedo. Algunos lloraban. Otros miraban al frente con una expresión vacía, como si ya no les quedara nada por lo que llorar.

Tilio bajó de la muralla. Caminó hacia ellos.

—Gran Sabio —dijo Seraphine, desmontando—. Hemos traído a los supervivientes. Son los únicos que quedan de cuatro subreinos.

—¿Cuatro?

—Cuatro que encontramos. Puede haber más.

Tilio miró a los refugiados. Los refugiados lo miraron a él. Algunos con odio. Otros con esperanza. La mayoría con una mezcla de ambas.

—Que les den comida y cobijo —ordenó Tilio—. Y que los sanadores los revisen.

Los sirvientes del castillo se pusieron en movimiento. Los refugiados fueron conducidos hacia el interior de la ciudad, hacia los almacenes habilitados como albergues temporales.

Tilio se quedó con los generales.

—Hablad —dijo.

El Informe de Seraphine

Se reunieron en la sala de estrategias. Los generales ocuparon sus asientos habituales alrededor de la mesa de roble. Tilio se sentó al frente, con las manos entrelazadas sobre los mapas desplegados.

Seraphine habló primero. Describió Korma. Describió Valdris. Describió los otros subreinos que habían encontrado. Describió las cenizas, la ausencia de cadáveres, los residuos de magia del Caos.

Describió al líder de los refugiados. Sus palabras. Su miedo.

—Sombras que caminaban como hombres —dijo Tilio, repitiendo las palabras del refugiado—. Un líder que hablaba con voz de muerto.

—Eso dijo —confirmó Seraphine.

—¿Y tú qué crees?

—Creo que Cilion ha encontrado aliados poderosos. O que Cilion ya no es Cilion.

El silencio se volvió denso.

—¿Crees que está muerto? —preguntó Elroan.

—No lo sé. Pero algo ha cambiado en él. Algo... oscuro.

—¿Crees que Nalia tiene algo que ver? —preguntó Aldric.

—No lo descarto.

Tilio golpeó la mesa con los nudillos.

—Necesitamos más información. No podemos actuar solo con rumores y sospechas.

—¿Y cómo propones conseguir esa información? —preguntó Marcus—. Los subreinos están siendo arrasados antes de que podamos llegar. Los refugiados no saben nada. Los delegados imperiales no informan.

—Entonces enviaremos espías.

—¿Espías? —Elroan arqueó una ceja—. ¿A los subreinos del sur?

—A la Convención.

Los generales intercambiaron miradas.

—¿Infiltrar a alguien en la Convención? —preguntó Aldric—. Es arriesgado.

—Todo es arriesgado —respondió Tilio—. Pero no podemos quedarnos de brazos cruzados mientras nuestros territorios son destruidos.

—¿Y a quién enviará? —preguntó Seraphine.

Tilio guardó silencio. Luego, dijo:

—A Fox.

—¿Fox? —Seraphine frunció el ceño—. ¿Tu asistente? ¿El que fue valido durante tu ausencia?

—Es leal. Es inteligente. Y nadie sospecharía de él.

—También es de Eltrix —intervino Elroan—. Los Elemens tienen fama de ser leales al gobierno central. La Convención podría desconfiar.

—Por eso mismo. Si la Convención ve a un Elemens pidiendo unirse a ellos, pensarán que es un desertor. Que está harto del gobierno. Eso les dará confianza.

Elroan asintió, aunque no parecía del todo convencido.

—¿Y cuándo parte? —preguntó Seraphine.

—Esta noche.

La Conversación con Fox

Tilio encontró a Fox en los archivos del castillo, ordenando documentos que nadie más se molestaba en leer. El joven Elemens levantó la vista cuando la puerta se abrió.

—Gran Sabio —dijo, incorporándose—. ¿Necesita algo?

—Necesito que hagas algo por mí —respondió Tilio—. Algo peligroso.

Fox lo miró fijamente.

—Dígame.

—Necesito que te infiltres en la Convención de la Alianza.

Fox parpadeó.

—¿Qué?

—Necesito información. Sobre sus planes. Sobre sus líderes. Sobre si están detrás de los ataques a los subreinos.

—¿Y cómo se supone que voy a hacer eso?

—Fingiendo que quieres unirte a ellos.



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En el texto hay: guerra de razas, fantacia epica, romance proibido

Editado: 17.06.2026

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