Fox Altraz partió de Draxcan en la noche, sin escolta, sin caballo, sin más equipaje que una mochila de cuero con algunas monedas de cobre, un par de mudas de ropa y la carta de presentación que Tilio había redactado para él.
No era una carta oficial. No podía serlo. Llevaría el sello del Gran Sabio, y eso lo delataría. Era, en cambio, una carta falsa, escrita con caligrafía temblorosa, que supuestamente había sido enviada por un antiguo oficial del ejército descontento con el gobierno. En ella, Fox se presentaba como un Elemens de Eltrix que había sido expulsado de su cargo por negarse a obedecer órdenes injustas.
"He visto cómo los delegados imperiales aplastan a los débiles", decía la carta. "He visto cómo las leyes de Tilio empobrecen a los pobres y enriquecen a los ricos. Ya no puedo callar. Quiero luchar a vuestro lado."
Fox memorizó cada palabra. No podía llevar la carta consigo. Si lo registraban al entrar en la Convención, lo descubrirían. Debía actuar.
Debía ser convincente.
El Viaje
Caminó durante tres días hacia el sur, siguiendo los caminos secundarios que los mapas del castillo marcaban como "poco transitados". Durmió al raso, cubierto con su capa, y comió las raciones que había llevado: pan duro, queso añejo, un poco de fruta seca.
Al cuarto día, llegó a las afueras del Distrito Mágico. Aquí, los controles de los delegados imperiales eran más laxos. La gente se movía con libertad, y los soldados patrullaban solo las zonas más conflictivas.
Fox se detuvo en una taberna. Pidió una jarra de cerveza y se sentó en un rincón, desde donde podía observar la entrada.
No sabía cómo contactar con la Convención. No sabía quiénes eran sus miembros. Solo sabía que existían y que estaban en algún lugar del Distrito Mágico.
Esperó.
Al anochecer, un hombre se sentó frente a él. Era de mediana edad, con el rostro marcado por las cicatrices del acné adolescente y la mirada esquiva de quien ha aprendido a no confiar en nadie.
—¿Eres tú el que busca a la Convención? —preguntó, en voz baja.
Fox lo miró fijamente.
—Depende de quién lo pregunte.
El hombre sonrió. Una sonrisa torcida, sin alegría.
—Soy Soltra. El segundo al mando de Cilion.
Fox sintió cómo la sangre se le helaba en las venas. Soltra. El nombre que Tilio le había mencionado. El que recibiría las cartas de Cilion. El que estaba al tanto de todo.
—He oído hablar de ti —dijo Fox, con voz neutra.
—Ya lo creo. Vamos. Te llevaré al campamento.
—¿Tan fácil?
—Llevamos semanas buscando gente nueva. Los subreinos del sur están cayendo. Necesitamos soldados. Necesitamos aliados. Tú has venido a ofrecerte. Te aceptamos.
—¿Sin preguntas?
—Las preguntas vendrán después.
Fox se levantó. Siguió al hombre hacia la puerta.
Afuera, la noche era cerrada. No había luna. Las estrellas apenas brillaban.
—Camina en silencio —dijo Soltra—. Y no mires atrás.
Caminaron.
El Campamento
El campamento de la Convención estaba escondido en una cueva, en las faldas de una montaña que nadie se molestaba en vigilar. La entrada era estrecha, apenas visible entre las rocas, pero una vez dentro, se abría en una cámara enorme, iluminada por antorchas de aceite que despedían un humo espeso y acre.
Había cientos de personas allí. Hombres, mujeres, algunos niños. La mayoría vestían harapos, pero muchos llevaban uniformes militares desgastados, con los emblemas del ejército imperial arrancados.
—Estos son los que se han unido a nosotros —dijo Soltra—. Los que están hartos del gobierno. Los que quieren luchar por un mundo mejor.
Fox asintió. No dijo nada. Observó.
En el centro de la cueva, sobre una plataforma elevada, había un mapa desplegado. Subreinos marcados con alfileres rojos. Zonas de influencia. Rutas de suministro.
—¿Ese es el plan? —preguntó Fox, señalando el mapa.
—Parte de él —respondió Soltra—. Cuando vuelva Cilion, lo sabremos todo.
—¿Y cuándo vuelve?
Soltra lo miró. Sus ojos, negros como el carbón, parecían atravesarlo.
—Pronto.
Fox no preguntó más.
Sabía que no debía.
La Charla con Soltra
Horas después, cuando la mayoría de los miembros de la Convención se habían retirado a descansar, Soltra llevó a Fox a una cueva más pequeña, apartada de la principal. Allí, sobre una mesa de piedra, había más mapas, más documentos, más alfileres.
—Siéntate —dijo Soltra.
Fox se sentó.
—¿Por qué has venido? —preguntó Soltra.
—Ya te lo he dicho. Estoy harto del gobierno. De Tilio. De sus leyes.
—¿Y qué has hecho tú? ¿En qué trabajabas antes?
—Era asistente del Gran Sabio.
Soltra arqueó una ceja.
—¿Asistente del Gran Sabio? ¿Y has venido a unirte a nosotros?
—Fui asistente. Ya no.
—¿Te despidieron?
—Me degradaron. Por negarme a obedecer una orden injusta.
—¿Qué orden?
Fox tragó saliva. Había ensayado esta mentira decenas de veces. Ahora era el momento de usarla.
—Me ordenaron que arrestara a un grupo de refugiados. Gente inocente. Mujeres. Niños. Yo me negué. Me quitaron el rango. Me echaron del castillo.
—¿Y por eso quieres vengarte?
—Quiero justicia.
Soltra lo miró fijamente durante un largo momento. Fox no desvió la mirada. No parpadeó. No dio señales de nerviosismo.
—Está bien —dijo Soltra al fin—. Te creo.
—¿Y ahora qué?
—Ahora esperamos. Cuando vuelva Cilion, te presentaré a él. Él decidirá si te quedas o te vas.
—¿Y si decide que me vaya?
—Entonces te irás. Pero no creo que ocurra. Necesitamos a todos los que podamos.
Fox asintió. Se levantó.
—¿Dónde duermo?
—En la cueva principal. Con los demás.
Fox salió. Soltra se quedó solo, mirando los mapas.
Algo en el asistente le parecía extraño. No sabía qué. Pero lo averiguaría.