Las Crónicas de Draxcan: La Llave de las Cadenas

Capítulo XIV: La Paciencia del Caos

En las profundidades del Reino Subterráneo, donde la luz nunca había penetrado y las sombras tenían la densidad de la carne, Nalia esperaba.

No era una espera pasiva. No lo había sido nunca. Sus criaturas sombra recorrían los túneles llevando informes de un extremo a otro, sus huevos pulsaban al ritmo de corazones que aún no habían nacido, y su conciencia se extendía hacia la superficie como las raíces de un árbol milenario, buscando cada gota de odio, de miedo, de desesperación.

El odio de los humanos. El miedo de los magos. La desesperación de los elfos. La arrogancia de los Elemens.

Todo alimentaba a Nalia. Todo la fortalecía. Todo la acercaba a su objetivo.

Los Huevos

La cámara central estaba más llena que nunca. Los huevos —cientos, tal vez miles— flotaban en el aire como planetas en miniatura, cada uno con sus vetas doradas pulsando al unísono. No eran idénticos. Los más antiguos, los que llevaban siglos gestándose, eran del tamaño de un hombre adulto. Sus cáscaras, negras como la obsidiana, se habían vuelto traslúcidas, dejando ver las formas retorcidas que había en su interior.

Los más jóvenes, en cambio, eran pequeños, apenas del tamaño de un puño. Aún necesitaban tiempo. Aún necesitaban alimentarse.

Nalia caminaba entre ellos, acariciando sus superficies, susurrándoles palabras en la Lengua del Caos que ningún oído humano podría soportar.

—Pronto —decía—. Muy pronto.

Los huevos latían. Como si entendieran. Como si compartieran su paciencia.

La Visión

Nalia cerró los ojos. Extendió su conciencia hacia la superficie, a través de las criaturas sombra que había sembrado en cada rincón de Draxcan.

Vio a Tilio en su oficina, repasando informes con el ceño fruncido. Vio a Seraphine entrenando a los soldados en el patio de armas. Vio a Paul paseando por los jardines del castillo, con los tatuajes brillando bajo la luz del sol.

Vio a Fox en el campamento de la Convención, escuchando, observando, memorizando.

Vio a Darmir y Kidtez avanzando hacia el norte, dejando tras de sí un rastro de subreinos arrasados y almas reemplazadas.

Vio a Soltra leyendo las cartas de Cilion —de Darmir—, creyendo cada palabra, confiando en un líder que ya no existía.

Todo avanzaba según lo planeado.

—Pronto —repitió Nalia.

Y sonrió.

El Diálogo de los Hermanos

En una cueva distinta a la de la Convención —mucho más al sur, mucho más profunda—, Darmir y Kidtez descansaban. El fuego crepitaba entre ellos, lanzando sombras que bailaban en las paredes de piedra.

—¿Cuántos subreinos hemos conquistado? —preguntó Kidtez, con la mirada fija en las llamas.

—Diecisiete —respondió Darmir.

—¿Diecisiete? Creía que eran más.

—No. Diecisiete. Pero cada uno nos da nuevos hermanos. Nuevos soldados. Nuevas almas.

—¿Y cuándo estaremos listos?

Darmir guardó silencio. Tomó una rama del suelo y la arrojó al fuego.

—Cuando hayamos cubierto todos los subreinos del sur. Cuando la Convención tenga un ejército lo suficientemente grande como para enfrentarse al Imperio. Cuando Nalia lo decida.

—¿Y cuándo será eso?

—No lo sé. Ella no me lo ha dicho.

Kidtez se incorporó.

—¿No te ha dicho? Pero tú eres su creación más poderosa. Su primogénito en este mundo. Deberías saberlo.

—No. No debo saberlo. Debo obedecer. Eso es lo que me enseñó desde el momento de mi nacimiento.

Kidtez guardó silencio. No entendía. No podía entender. Pero respetaba a su hermano. Aunque fuera más joven, era más poderoso. Y Nalia lo había puesto por encima de él.

—¿Y el cuerpo de Cilion? —preguntó Kidtez, cambiando de tema—. ¿Cuánto tiempo más podrás usarlo?

Darmir miró sus manos. Las manos de Cilion. Morenas, callosas, con las uñas rotas por los años de lucha.

—No mucho. Se está deteriorando. La magia del Caos lo consume desde dentro.

—¿Y entonces?

—Entonces encontraré otro. Más joven. Más fuerte. Y lo usaré hasta que Nalia me dé el cuerpo que me prometió.

—¿Y si no te lo da?

—Me lo dará. Confío en ella.

Kidtez no dijo nada. No sabía qué decir. La confianza era un lujo que él no podía permitirse.

Pero Darmir sí. Darmir era diferente.

El Mensaje de Soltra

En la cueva de la Convención, Soltra leía una carta que acababa de recibir. No era de Cilion. Era de uno de sus espías en el castillo Dracking.

"El Gran Sabio ha enviado a sus generales al sur. Investigan los ataques a los subreinos. También ha enviado a un infiltrado. Un Elemens llamado Fox. Tened cuidado."

Soltra arrugó la carta. La arrojó al fuego.

—Fox —murmuró—. El asistente.

Recordó la conversación que habían tenido. Las respuestas del joven Elemens. Su historia. Su supuesta degradación.

"Me ordenaron que arrestara a un grupo de refugiados. Yo me negué."

Soltra no lo había creído del todo. Ahora sabía por qué.

—Ven aquí —llamó a uno de los miembros de la Convención—. Quiero que vigiles al nuevo. El Elemens. No pierdas de vista ni uno solo de sus movimientos.

El hombre asintió y se fue.

Soltra se quedó solo, mirando el fuego.

—No vas a engañarme, Fox —dijo en voz baja—. No aquí. No a mí.

La Vigilancia

Fox notó que algo había cambiado. Los miembros de la Convención lo miraban de forma diferente. Ya no era el novato que había llegado hacía unos días, sino una pieza sospechosa que debía ser vigilada.

Los que antes le ofrecían comida ahora se apartaban cuando se acercaba. Los que antes le hacían preguntas ahora respondían con evasivas. Y siempre, siempre, había alguien observándolo.

Fox no dijo nada. No preguntó nada. Siguió con su rutina: ayudar en las tareas del campamento, escuchar las conversaciones, memorizar los nombres y los rostros.



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En el texto hay: guerra de razas, fantacia epica, romance proibido

Editado: 17.06.2026

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