Las Crónicas de Draxcan: La Llave de las Cadenas

Capítulo XV: El Engaño

Los días en el campamento de la Convención se volvieron más tensos para Fox. La vigilancia sobre él no había cesado. Al contrario, se había intensificado. Ahora no era una sola persona la que lo observaba, sino varias. Se turnaban. Lo seguían cuando iba a buscar agua. Lo observaban cuando comía. Se aseguraban de que no hablara a solas con nadie.

Fox sabía que estaba en una situación peligrosa. Si descubrían que era un infiltrado, lo matarían. No habría juicio, no habría piedad. La Convención no se podía permitir el lujo de ser misericordiosa.

Pero no podía irse. No todavía. Aún no había conseguido información suficiente. Aún no sabía cuáles eran los planes de Cilion, ni cuándo atacarían, ni con qué fuerzas contaban.

Debía esperar. Debía aguantar.

La Llegada de Cilion

Fue al atardecer del sexto día.

Las centinelas que vigilaban la entrada de la cueva dieron la alarma. Un grito. Luego otro. Luego el sonido de pasos apresurados.

—¡Viene! —gritó alguien—. ¡Cilion ha vuelto!

El campamento entero se paralizó. Luego, todos corrieron hacia la entrada.

Fox también corrió. No podía quedarse atrás. No podía parecer sospechoso.

Se abrió paso entre la multitud. Llegó a la boca de la cueva justo cuando una figura emergía de la oscuridad del exterior.

Era Cilion. O alguien que se le parecía mucho.

Pero había algo diferente en él. Algo que Fox no podía describir. Sus ojos, antes brillantes de determinación, ahora tenían un fulgor rojizo, como brasas agonizantes. Su piel, antes morena, ahora tenía un tono cetrino, enfermizo. Y su forma de moverse... era demasiado fluida, demasiado grácil, como si su cuerpo no fuera completamente humano.

—¡Cilion! —gritó Soltra, adelantándose—. ¡Has vuelto!

Cilion sonrió. Era una sonrisa que no llegaba a sus ojos.

—He vuelto —dijo, y su voz sonaba igual, pero también diferente—. Y traigo buenas noticias.

—¿Qué noticias? —preguntó alguien de la multitud.

Cilion alzó una mano. El silencio se extendió como una mancha de aceite.

—He encontrado aliados. Muchos aliados. Subreinos enteros que se unirán a nosotros. Ejércitos enteros que lucharán a nuestro lado.

La multitud estalló en aplausos. Gritos de alegría. Abrazos.

Fox aplaudió también. Pero no apartaba la vista de Cilion.

Había algo en él. Algo que no encajaba.

La Conversación Privada

Horas después, cuando la celebración se había calmado y la mayoría de los miembros de la Convención se habían retirado a descansar, Soltra llevó a Cilion a la cueva pequeña donde solía planificar los movimientos del grupo.

Fox se quedó cerca de la entrada. No era el único. Varios curiosos se habían apostado en los alrededores, esperando oír algo. Pero las paredes de la cueva eran gruesas, y las voces no se filtraban.

—¿Qué te ha pasado? —preguntó Soltra, en cuanto estuvieron solos—. Te veo... diferente.

—El viaje fue duro —respondió Cilion—. Los subreinos del sur son hostiles. Tuve que pelear más de lo que esperaba.

—¿Y los aliados? ¿Son reales?

—Reales. Y poderosos. Pero necesitan tiempo para prepararse.

—¿Cuánto tiempo?

—Años. Quizás una década.

—¿Una década? —Soltra frunció el ceño—. No podemos esperar tanto. La gente está impaciente. Quiere luchar ahora.

—Si luchamos ahora, perderemos —dijo Cilion, con una frialdad que no le conocía—. El ejército imperial nos aplastará. Necesitamos más soldados. Más armas. Más tiempo.

Soltra guardó silencio. Luego, asintió.

—Está bien. Si tú lo dices, confío en ti.

—Bien. Ahora... dime qué ha pasado mientras estaba fuera.

Soltra le contó todo. Los subreinos arrasados. Los refugiados que habían llegado a Draxcan. Los generales enviados al sur. El infiltrado.

—¿Infiltrado? —Cilion alzó una ceja—. ¿Dónde está?

—En el campamento. Llegó hace unos días. Dice llamarse Fox. Dice que fue asistente del Gran Sabio.

Cilion sonrió. Esa sonrisa que no llegaba a sus ojos.

—Tráelo. Quiero verlo.

El Encuentro

Fox fue conducido a la cueva pequeña por dos hombres armados. No le ataron las manos, pero iban a su lado, listos para sujetarlo si intentaba escapar.

—Siéntate —dijo Cilion, señalando una piedra plana.

Fox se sentó.

—¿Eres tú el que dice ser asistente del Gran Sabio?

—Lo fui —respondió Fox—. Ya no.

—¿Por qué te fuiste?

—Porque me negué a obedecer una orden injusta.

—¿Qué orden?

Fox repitió la mentira que había ensayado. El arresto de los refugiados. La degradación. El despido.

Cilion lo escuchó en silencio. Sus ojos rojillos no parpadeaban.

—¿Y por qué viniste aquí? —preguntó.

—Porque quiero luchar. Porque quiero justicia.

—¿Justicia? —Cilion sonrió—. La justicia no existe. Solo existe el poder.

Fox no respondió. No sabía qué decir.

—Te acepto —dijo Cilion al fin—. Pero tienes que demostrar tu lealtad.

—¿Cómo?

—Hay una misión. En Draxcan. Necesito que entres en el castillo y me traigas información sobre los movimientos del ejército.

Fox sintió cómo la sangre se le helaba en las venas.

—¿Entrar en el castillo? ¿Yo? Me reconocerán. Fui asistente del Gran Sabio.

—Por eso mismo. Tienes acceso. Sabes los códigos. Conoces las rutas de los guardias.

—Si me descubren, me matarán.

—Si no lo haces, te mataré yo.

El silencio se volvió denso.

—Acepto —dijo Fox.

Cilion asintió.

—Bien. Partirás mañana al amanecer.

El Mensaje

Esa noche, cuando todos dormían, Fox sacó la piedra gris de su mochila. Sus dedos temblaban tanto que casi se le cayó.

—Me han descubierto —susurró—. Me envían a Draxcan. A espiar el castillo. No sé qué hacer.

La piedra se calentó. Un leve resplandor.

Luego, nada.

Fox guardó la piedra. Cerró los ojos.



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En el texto hay: guerra de razas, fantacia epica, romance proibido

Editado: 17.06.2026

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