El camino de regreso a Draxcan fue más largo que el de ida. Fox no caminaba, trotaba. Sus piernas ardían, pero no podía parar. Llevaba dos días sin dormir, comiendo solo lo que encontraba en el camino: bayas silvestres, raíces amargas, un poco de pan duro que había escondido en su mochila.
La carta de Cilion —de Darmir— iba en el interior de su chaqueta, cosida al forro para que no se cayera. Decía lo que tenía que decir. Información falsa sobre movimientos del ejército imperial. Nombres de generales que no existían. Rutas de suministro que eran trampas.
Si Fox entregaba esa carta a los líderes de la Convención, estaría condenando a soldados inocentes a la muerte.
Pero si no la entregaba, lo matarían. Y enviarían a otro. Alguien que no dudaría en cumplir las órdenes.
No había salida. Solo una elección entre dos males.
Fox decidió que prefería vivir. Al menos por ahora.
Las Puertas de Draxcan
Al tercer día, las murallas de la capital aparecieron en el horizonte. Fox sintió un nudo en la garganta. No era el nudo de la alegría, sino el de la despedida. Sabía que, una vez dentro, sería descubierto. No podía ocultarse para siempre. Alguien lo reconocería. Alguien hablaría.
Pero no podía quedarse fuera. No podía huir. Si lo hacía, la Convención enviaría a sus propios espías. Y Fox no podía permitir que alguien más ocupara su lugar. Al menos él conocía los riesgos. Al menos él podía intentar proteger a los suyos.
Caminó hacia la puerta norte. Los guardias lo miraron con desconfianza, como miraban a todos los viajeros que llegaban solos y sin equipaje.
—Documentos —dijo uno.
Fox los entregó. Eran falsos, pero buenos. Los había preparado antes de partir, por si acaso.
El guardia los leyó. Los estudió. Los devolvió.
—Puedes pasar.
Fox asintió. Cruzó la puerta.
Estaba dentro.
Las calles del Distrito Imperial estaban más vacías de lo que recordaba. La gente caminaba apresurada, con la cabeza gacha, como si temieran encontrarse con algo. Los comerciantes voceaban sus mercancías con menos entusiasmo, y los niños jugaban en los portales, lejos de las miradas de los patrulleros.
Fox se detuvo en una plaza. Miró hacia el castillo Dracking. Sus torres se alzaban contra el cielo gris, imponentes, inalcanzables.
Había trabajado allí durante años. Conocía cada pasillo, cada escalera, cada habitación secreta. Sabía dónde se reunían los guardias, dónde dormían los sirvientes, dónde guardaban las llaves de los archivos.
Sabía también que, si entraba, no saldría vivo.
—Pero tengo que intentarlo —murmuró.
Caminó hacia el castillo.
El Encuentro
No llegó a la puerta principal. Alguien lo detuvo antes.
—Fox.
La voz era conocida. Fox se volvió.
Marcus estaba apoyado contra la pared de una taberna, con los brazos cruzados sobre el pecho. Su prótesis de hierro brillaba bajo la luz del sol.
—General —dijo Fox, con la voz quebrada.
—Te esperábamos. El Gran Sabio me pidió que vigilara la entrada. Dijo que vendrías.
—¿Cómo lo sabía?
—Por la piedra. El mensaje que enviaste. No pudimos responderte, pero te localizamos.
Fox sintió que las piernas le flaqueaban.
—Necesito verlo.
—Lo sé. Ven conmigo.
Marcus se apartó de la pared. Caminó hacia una puerta lateral del castillo, la que usaban los sirvientes y los cargadores. Fox lo siguió.
No hablaron. No hacía falta.
La Oficina de Tilio
Marcus lo dejó en la puerta de la oficina de Tilio. Llamó. Abrió. Lo hizo pasar.
Tilio estaba sentado detrás de su escritorio, con el rostro apoyado en una mano. Al ver a Fox, se incorporó.
—Siéntate —dijo.
Fox se sentó.
—Cuéntame.
Fox contó todo. El viaje. La entrada en la Convención. La vigilancia. El regreso de Cilion. Sus ojos rojos. Su forma de hablar. La misión. La carta.
—La carta —dijo Tilio—. ¿Dónde está?
Fox se llevó la mano al pecho. Descosió el forro de su chaqueta. Extrajo un pergamino arrugado.
Lo tendió.
Tilio lo leyó en silencio. Luego, lo leyó otra vez.
—Esto es falso —dijo—. Los nombres de los generales no existen. Las rutas de suministro no existen. Es una trampa.
—Lo sé —respondió Fox—. Por eso no la entregué.
—Pero si no la entregas, te matarán.
—Lo sé.
Tilio lo miró fijamente.
—¿Por qué has vuelto?
—Porque no podía seguir fingiendo. Porque usted me pidió que lo hiciera. Y porque... —Fox dudó—. Porque quería ver a mi familia. Una última vez.
Tilio guardó silencio. Luego, se levantó. Caminó hacia la ventana.
—Tu familia está a salvo. Las he traído al castillo. Dormirán aquí hasta que esto termine.
—¿Y cuándo terminará?
—No lo sé.
Tilio se volvió.
—¿Puedes volver? ¿Puedes seguir fingiendo?
—Si usted me lo ordena.
—Te lo ordeno.
Fox se puso de pie.
—Iré.
—No mañana. Esta noche. Lleva la carta. Entrégasela a Cilion.
—¿Y si me mata?
—Entonces habremos perdido a un buen hombre. Pero no habremos perdido la guerra.
Fox asintió. Salió de la oficina.
Tilio se quedó solo.
Afuera, el sol comenzaba a ponerse.
La noche se acercaba.