Fox salió del castillo cuando la noche ya había cubierto Draxcan. No llevaba su mochila. No llevaba comida ni agua. Solo llevaba la carta, cosida nuevamente al forro de su chaqueta, y la piedra gris en el bolsillo de su pantalón.
Sabía que no volvería. No de esa manera. Si Cilion —si Darmir— lo recibía con los brazos abiertos, sería una trampa. Si lo recibía con sospechas, también. No había salida. Solo una misión que debía cumplir.
Caminó hacia el sur. No tomó los caminos principales, sino los senderos que bordeaban los campos de cultivo. La luna, que esa noche estaba llena, proyectaba su luz pálida sobre la tierra arada, creando sombras alargadas que parecían dedos acusadores.
Fox no miró atrás. No podía.
El Regreso al Campamento
Llegó al amanecer.
Los centinelas lo vieron acercarse y dieron la alarma. En cuestión de minutos, media docena de hombres armados lo rodearon.
—¿Dónde está la carta? —preguntó uno.
—En mi chaqueta —respondió Fox—. Llevo la carta.
—¿Y la información?
—En mi cabeza.
Lo llevaron ante Cilion.
Darmir —pues era él, aunque Fox no lo sabía— estaba sentado en la piedra que usaba como trono, con las piernas cruzadas y los brazos apoyados en las rodillas. Sus ojos rojillos brillaban en la penumbra de la cueva.
—Has vuelto —dijo.
—He vuelto.
—¿Traes la carta?
—Sí.
—¿Y la información?
—Sí.
Cilion extendió una mano.
Fox se llevó la mano al pecho. Descosió el forro de su chaqueta. Extrajo el pergamino.
Se lo tendió.
Cilion lo leyó. Sus ojos recorrían las líneas con una lentitud deliberada, como si saboreara cada palabra.
—Esto es... interesante —dijo al fin.
—¿Cree que servirá? —preguntó Fox.
—Servirá. Pero no para lo que tú crees.
Fox sintió que la sangre se le helaba.
—¿Qué quiere decir?
—Quiero decir que esta carta es falsa. Los nombres de los generales no existen. Las rutas de suministro no existen. El Gran Sabio te tendió una trampa. O mejor dicho... te usó como cebo.
Fox no respondió. No podía.
—¿Crees que no lo sabía? —continuó Cilion—. ¿Crees que no tengo espías en el castillo? Sé que eres un infiltrado desde el primer día.
—¿Por qué no me mató entonces?
—Porque necesitaba que llevaras esta carta. Una carta falsa. Una carta que demostrará a mis aliados que el Gran Sabio está desesperado. Que miente. Que no tiene información real. Que confía en la gente equivocada.
Cilion se levantó. Se acercó a Fox.
—Ahora, tendrás que demostrar tu lealtad.
—¿Cómo?
Cilion lo miró a los ojos. Sus pupilas rojillas parecían perforar el alma.
—Matando a alguien.
La Víctima
La víctima era un hombre. Un refugiado de Korma que había sido capturado cuando intentaba huir hacia el norte. Estaba atado a una estaca en el centro de la cueva, con la cabeza gacha y el cuerpo cubierto de magulladuras.
—Este hombre —dijo Cilion— es un traidor. Intentó pasar información al ejército imperial. Por eso debe morir.
Fox miró al hombre. El hombre levantó la vista. Sus ojos, enrojecidos por el llanto, se encontraron con los de Fox.
—Por favor —susurró—. Tengo hijos.
Fox sintió que el suelo se abría bajo sus pies.
—No puedo —dijo.
—¿No puedes? —Cilion arqueó una ceja—. ¿O no quieres?
—Es inocente.
—¿Y tú cómo lo sabes?
Fox no respondió. No podía.
Cilion suspiró. Se volvió hacia los hombres que lo acompañaban.
—Matadlo vosotros.
Dos hombres se adelantaron. Agarraron al refugiado por los brazos. Lo pusieron de rodillas.
Uno de ellos desenvainó una daga.
—¡Esperad! —gritó Fox.
El hombre con la daga se detuvo.
—¿Vas a hacerlo tú? —preguntó Cilion.
Fox tragó saliva.
—Sí.
Tomó la daga. Sus dedos temblaban. El refugiado lo miraba con los ojos llenos de terror.
—Perdóname —susurró Fox.
Cerró los ojos. Apuñaló.
El hombre cayó hacia adelante. No gritó. La daga le había atravesado el corazón.
Fox abrió los ojos. Vio la sangre. Vio el cuerpo inerte. Vio sus propias manos manchadas de rojo.
—Bien —dijo Cilion—. Ahora eres uno de nosotros.
Fox asintió. No dijo nada. No podía.
La Conversación con Soltra
Horas después, cuando la mayoría de los miembros de la Convención se habían retirado a descansar, Fox se sentó en un rincón de la cueva, con la espalda apoyada en la pared de piedra. Sus manos seguían manchadas de sangre. No había podido limpiarlas. No quería.
—¿Estás bien? —preguntó una voz.
Fox levantó la vista. Soltra estaba frente a él, con los brazos cruzados sobre el pecho.
—No —respondió Fox.
—Nadie lo está. Pero haces lo que tienes que hacer. Eso es lo que importa.
—¿Matar a un inocente?
—No hay inocentes. Solo víctimas. Unas de un bando, otras del otro.
Soltra se sentó a su lado.
—Yo también maté a un inocente. Cuando me uní a la Convención. Era un guardia. Solo cumplía órdenes. Como tú.
—¿Y cómo lo superaste?
—No lo superé. Aprendí a vivir con ello.
Fox guardó silencio.
—¿Crees que ganaremos? —preguntó al fin.
—No lo sé. Pero lucharemos.
Soltra se levantó.
—Descansa. Mañana empieza el entrenamiento.
Se alejó.
Fox se quedó solo.
Afuera, el sol comenzaba a salir.
Un nuevo día.
Una nueva mentira.