Las Crónicas de Draxcan: La Llave de las Cadenas

Capítulo XVIII: La Máscara de Cilion

Los días en el campamento de la Convención se volvieron más oscuros para Fox. No porque la vigilancia sobre él hubiera aumentado —de hecho, después de matar al refugiado, los miembros de la Convención lo miraban con respeto, no con sospecha— sino porque lo que había hecho lo perseguía.

No podía dormir. Cada vez que cerraba los ojos, veía el rostro del hombre. Sus ojos. Su súplica.

"Por favor. Tengo hijos."

Fox se despertaba gritando. Sus compañeros de tienda lo miraban con extrañeza, pero no preguntaban. En la Convención, todos tenían sus propios fantasmas.

Nadie quería hablar de ellos.

El Nuevo Rol

Cilion —Darmir— lo había ascendido.

Ya no era un simple recluta. Ahora era un oficial de confianza, encargado de entrenar a los nuevos miembros en técnicas de combate. Fox aceptó el puesto con una mezcla de orgullo y repulsión.

Sabía que lo habían ascendido porque lo consideraban peligroso. Un hombre que había matado a un inocente era un hombre que podía volver a hacerlo. Un hombre útil. Un hombre manejable.

—Quiero que entrenes a este grupo —le dijo Cilion, señalando a una docena de hombres y mujeres jóvenes, la mayoría de rostro pálido y ojos hundidos—. Son refugiados de los subreinos del sur. Quieren vengarse. Tú les enseñarás cómo.

Fox asintió. No dijo nada.

No podía.

Los Nuevos Reclutas

Los reclutas lo miraban con admiración. Habían oído hablar de él. El asistente del Gran Sabio que se había pasado a la Convención. El Elemens que había matado a un traidor a sangre fría.

—¿Es verdad que conoce los secretos del castillo? —preguntó uno de ellos, un joven de apenas dieciséis años con el rostro marcado por las quemaduras del incendio de su aldea.

—Sí —respondió Fox.

—¿Y que puede enseñarnos a entrar?

—Si algún día es necesario, sí.

—¿Y cuándo será ese día?

Fox guardó silencio.

—Cuando Cilion lo decida.

Los reclutas asintieron. No preguntaron más.

La Conversación con Soltra

Una noche, mientras los miembros de la Convención cenaban alrededor de las hogueras, Soltra se sentó junto a Fox.

—¿Cómo llevas el entrenamiento? —preguntó.

—Bien. Los reclutas aprenden rápido.

—Son buenos chicos. Pero están llenos de odio.

—El odio es un buen motivador.

Soltra lo miró fijamente.

—¿Tú odias a alguien, Fox?

Fox dudó.

—Odio al Gran Sabio. Odio a sus delegados. Odio las leyes que nos empobrecen mientras ellos se enriquecen.

—¿Y odias a Cilion?

—No. Cilion me dio una oportunidad. Estoy en deuda con él.

Soltra asintió.

—Eso es lo que quería oír.

Se levantó. Se alejó.

Fox se quedó solo, mirando el fuego.

Había mentido. No odiaba a Tilio. No odiaba a sus delegados. No odiaba las leyes.

Pero tenía que parecer que sí. Era su única protección.

La Llegada de Kidtez

Al amanecer del día siguiente, una figura emergió del bosque. Era un hombre joven, de cabello oscuro y ojos negros, vestido con ropas de cuero que habían visto días mejores. Caminaba con una seguridad que contrastaba con su aspecto desaliñado.

Los centinelas lo detuvieron. Hablaron. Luego, lo llevaron ante Cilion.

Fox observaba desde la distancia.

El hombre joven —Kidtez, aunque Fox no lo sabía— se arrodilló ante Cilion. Cilion le dijo algo al oído. Luego, el hombre se incorporó y lo abrazó.

—¿Quién es ese? —preguntó Fox a uno de los veteranos.

—No lo sé. Pero si Cilion lo recibe así, debe ser importante.

El hombre joven —Kidtez, aunque Fox no lo sabía— se volvió. Sus ojos recorrieron el campamento. Se detuvieron en Fox.

Kidtez sonrió.

Fox sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

No sabía por qué. Pero algo en ese hombre le parecía profundamente inquietante.

La Reunión Secreta

Horas después, cuando el sol se puso y las antorchas se encendieron, Cilion convocó a una reunión secreta en la cueva pequeña. Solo asistieron sus hombres de confianza: Soltra, dos capitanes de la Convención, Kidtez... y Fox.

—Has demostrado tu lealtad —le dijo Cilion, antes de entrar—. Ahora verás lo que realmente estamos planeando.

Fox asintió. No preguntó qué era. No quería saberlo.

Pero entró.

La cueva estaba iluminada por velas de sebo, cuyo humo se acumulaba en el techo como una nube baja. En el centro, sobre una mesa de piedra, descansaba un mapa del Reino Sagrado de Draxcan.

Pero no era un mapa normal. Estaba cubierto de símbolos que Fox no reconoció. No eran los símbolos de los cartógrafos imperiales, ni de los elfos, ni de los magos. Eran... otros.

—Esto es el plan —dijo Cilion, señalando el mapa—. No una guerra convencional. No un enfrentamiento directo. Una infiltración.

—¿Una infiltración? —preguntó Soltra.

—Sí. Enviaremos a nuestros mejores hombres a Draxcan. No como soldados, sino como ciudadanos. Se mezclarán con la población. Esperarán. Y cuando llegue el momento, atacarán desde dentro.

—¿Atacarán qué? —preguntó Fox.

Cilion lo miró.

—Atacarán el corazón del poder. El castillo Dracking. El Gran Sabio.

El silencio se volvió denso.

—¿Cuándo? —preguntó uno de los capitanes.

—Cuando yo lo decida. Primero debemos prepararnos. Necesitamos más hombres. Más armas. Más información.

—¿Y de dónde sacaremos esa información? —preguntó Soltra.

Cilion sonrió. Esa sonrisa que no llegaba a sus ojos.

—De nuestro infiltrado en el castillo.

Todos los presentes miraron a Fox.

—Él nos dará los planos. Las rutas de los guardias. Los códigos de acceso.

Fox sintió cómo la sangre se le helaba en las venas.

—¿Yo? —preguntó, con la voz quebrada.

—Tú. Eres el único que conoce el castillo desde dentro. Eres el único que puede entrar y salir sin levantar sospechas.



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En el texto hay: guerra de razas, fantacia epica, romance proibido

Editado: 17.06.2026

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