Las Crónicas de Draxcan: La Llave de las Cadenas

Capítulo XIX: El Plan en Marcha

A la mañana siguiente, la noticia del plan de Cilion se extendió por el campamento como un reguero de pólvora. Los miembros de la Convención hablaban en voz baja, con los ojos brillantes de emoción. Después de meses de espera, de entrenamiento, de privaciones, por fin iban a hacer algo. Algo importante. Algo que cambiaría el rumbo de la guerra.

Fox observaba desde un rincón, con los brazos cruzados sobre el pecho. No compartía su entusiasmo. No podía. Sabía que el plan de Cilion no era una estrategia militar, sino una trampa. Una trampa que él mismo, sin quererlo, había ayudado a preparar.

Pero no podía advertir a nadie. No podía huir. Solo le quedaba una opción: seguir fingiendo.

El Entrenamiento Especial

Cilion ordenó que Fox entrenara personalmente a los hombres que participarían en la infiltración. Eran pocos. Una docena, elegidos por su valentía y su capacidad para pasar desapercibidos.

—Quiero que conozcan cada callejón de Draxcan —dijo Cilion—. Cada mercado, cada taberna, cada rincón donde puedan esconderse. Quiero que sepan cómo moverse sin ser vistos. Cómo hablar sin levantar sospechas. Cómo matar en silencio.

Fox asintió. No dijo nada.

Los reclutas lo miraban con admiración. Para ellos, él era el experto. El que había vivido en el castillo. El que conocía los secretos del poder.

—Primera lección —dijo Fox, con voz neutra—. No llamar la atención. En Draxcan, los que más duran son los que nadie recuerda.

Los reclutas asintieron.

—Segunda lección. No confiar en nadie. Ni en los compañeros, ni en los superiores, ni en ustedes mismos.

—¿Ni en nosotros mismos? —preguntó un joven de pelo rojizo.

—Especialmente no en ustedes mismos. El miedo puede traicionarlos. La prisa, también. El odio, sobre todo.

—¿El odio? —intervino otro—. Nos dijeron que el odio es un buen motivador.

—Lo es. Pero también es un delator. El odio se nota en la mirada, en el tono de voz, en la forma de caminar. Los guardias imperiales están entrenados para detectarlo.

Los reclutas se miraron entre sí.

—¿Entonces cómo debemos sentirnos? —preguntó el joven de pelo rojizo.

—Como si estuvieran cumpliendo una tarea más. Como si fueran albañiles, o tenderos, o carteros. La gente no mira a los que trabajan. La gente mira a los que sobresalen.

Los reclutas asintieron. No estaban seguros de entender, pero no preguntaron más.

Fox suspiró. No era el entrenamiento que quería dar. Pero era el que debía dar.

El Mensaje para Tilio

Esa noche, mientras todos dormían, Fox sacó la piedra gris de su mochila. La escondió entre sus manos, protegiéndola de las miradas curiosas.

—El plan de Cilion es infiltrarse en Draxcan —susurró—. Atacarán el castillo. Atacarán al Gran Sabio. No sé cuándo. No sé cómo. Solo sé que se acerca.

La piedra se calentó. Un leve resplandor.

Luego, nada.

Fox guardó la piedra. Cerró los ojos.

No durmió.

No podía.

En el Castillo Dracking

Tilio recibió el mensaje de Fox al amanecer. La piedra gris que había utilizado para enviarlo estaba sobre su escritorio, todavía tibia.

—Infiltración —murmuró—. Atentado contra el castillo.

Llamó a sus generales.

Elroan llegó primero, con su armadura impecable y su cabello plateado recogido en una coleta. Aldric llegó después, con su túnica de mago manchada de tinta. Marcus fue el tercero, con la prótesis de hierro crujiendo al caminar.

Seraphine fue la última. Entró sin llamar, como siempre, y se sentó junto a Tilio.

—He recibido un mensaje de Fox —dijo Tilio—. La Convención planea infiltrarse en Draxcan. Atacarán el castillo. Atacarán directamente a la máxima autoridad.

—¿Cuándo? —preguntó Elroan.

—No lo sabe. Pero se acerca.

—¿Cómo sabemos que no es una trampa? —preguntó Aldric—. Fox está infiltrado. Puede que lo hayan descubierto. Puede que lo estén usando para enviarnos información falsa.

—Es posible —admitió Tilio—. Pero no podemos ignorarlo.

—¿Qué propone? —preguntó Marcus.

—Reforzar la seguridad del castillo. Aumentar las patrullas. Revisar a todo el que entre y salga.

—Eso va a llamar la atención —dijo Seraphine—. La gente se preguntará qué está pasando.

—Que se lo pregunten. Prefiero que tengan preguntas a que tengan cadáveres.

Los generales asintieron.

—Preparad a vuestros hombres —dijo Tilio—. Que estén listos para cualquier cosa.

Los generales salieron. Seraphine se quedó.

—¿Crees que Fox está bien? —preguntó.

—No lo sé —respondió Tilio—. Espero que sí.

—Si lo descubren...

—Lo sé.

Tilio apoyó la cabeza en las manos.

—No puedo enviar a nadie a rescatarlo. Sería enviarlo a la muerte.

—Entonces solo nos queda esperar.

—Esperar. Y rezar.

Seraphine se acercó. Le puso una mano en el hombro.

—Volverá. Es un buen hombre.

—Lo sé.

Se quedaron en silencio, mirando el mapa.

La sombra de la Convención se alargaba sobre Draxcan.

Y no había quien la detuviera.



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En el texto hay: guerra de razas, fantacia epica, romance proibido

Editado: 17.06.2026

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