Las Crónicas de Draxcan: La Llave de las Cadenas

Capítulo XX: El Umbral de la Guerra

El sol se puso sobre Draxcan como una herida abierta en el cielo. Las nubes, teñidas de un rojo sanguinolento, parecían presagiar lo que estaba por venir. En las calles del Distrito Imperial, la gente caminaba apresurada, con la cabeza gacha y los ojos fijos en el suelo. Los rumores sobre los ataques a los subreinos del sur se habían extendido como una mancha de aceite, y nadie sabía qué creer.

Unos decían que era la venganza de los dioses olvidados. Otros, que Nalia había despertado por fin. Los más optimistas hablaban de una conspiración de los clanes para desestabilizar el gobierno. Los más pesimistas, del fin del reino.

Tilio no creía en ninguna de esas versiones. Sabía lo que estaba pasando. O al menos, creía saberlo.

El Último Mensaje de Fox

La piedra gris se calentó en la palma de su mano mientras se preparaba para la reunión del senado. El mensaje era corto, casi críptico.

"El plan se adelanta. Esta noche. Cuidado."

Tilio sintió cómo la sangre se le helaba en las venas.

Llamó a sus generales. No hubo tiempo para reuniones formales, ni para discursos, ni para estrategias elaboradas.

—La Convención ataca esta noche —dijo—. Reforzad las murallas. Duplicad las patrullas. Que los magos activen los escudos de protección.

—¿Y el senado? —preguntó Elroan—. La reunión está convocada para dentro de una hora.

—Que se reúnan. Que hablen. Que discutan. No servirá de nada.

—¿Y usted? —preguntó Marcus.

—Yo esperaré aquí.

—¿Solo?

—No solo. Con vosotros.

Los generales asintieron. Salieron a toda prisa.

Tilio se quedó solo en la sala del trono, con la piedra gris en la mano.

—Fox —murmuró—. Cuídate.

La Noche

La luna se ocultó tras las nubes cuando las primeras sombras comenzaron a moverse en los callejones del Distrito Imperial. No eran sombras normales. Eran más densas, más oscuras, como si la propia noche se hubiera condensado en forma humana.

Los guardias de las murallas no las vieron. Los magos de los escudos de protección tampoco. La magia del Caos, pensó Darmir mientras avanzaba hacia el castillo, era superior a la magia de los dioses elementales. No porque fuera más poderosa, sino porque era diferente. Incomprensible. Invisible para quienes no estaban entrenados para verla.

—¿Están todos listos? —preguntó en voz baja.

—Sí —respondió Kidtez, a su lado—. Los hombres están en posición.

—Que esperen mi señal.

—¿Y Fox?

—Fox cumplirá su misión. O morirá en el intento. Ambas opciones me son útiles.

Kidtez asintió. No preguntó más.

Las sombras avanzaron hacia el castillo.

El Encuentro

Fox estaba en la puerta lateral, la que usaban los sirvientes y los cargadores. Sabía que los guardias cambiaban de turno cada cuatro horas, y que en los intervalos entre turnos la vigilancia era más laxa.

Había memorizado las rutas. Los códigos. Los rostros.

Pero no había memorizado lo que sentiría cuando viera a Cilion acercarse.

—¿Estás listo? —preguntó Darmir, con la voz de Cilion pero el tono de otro.

—Sí.

—¿Tienes los planos?

—En mi cabeza.

—Bien. Guíanos.

Fox asintió. Caminó hacia la puerta.

Sus piernas temblaban. No por el frío. Por el miedo.

Pero no podía detenerse.

No ahora.

La Traición

Cuando llegaron a la entrada de la cripta, Fox se detuvo.

—¿Qué pasa? —preguntó Darmir.

—No puedo seguir.

—¿Qué quieres decir?

—Quiero decir que esto es una trampa.

Darmir lo miró fijamente. Sus ojos rojillos brillaron en la penumbra.

—¿Una trampa?

—Los guardias no han cambiado el turno. Los he engañado. Están esperando dentro.

—¿Por qué haces esto? —preguntó Darmir, con una calma que helaba la sangre.

—Porque soy leal al Gran Sabio. Porque nunca quise unirme a vosotros. Porque todo lo que he hecho ha sido una farsa.

Darmir sonrió. Esa sonrisa que no llegaba a sus ojos.

—Lo sé.

—¿Lo sabías?

—Desde el principio. Por eso te he utilizado.

—¿Utilizado?

—Sí. Necesitaba que alguien llevara información falsa al castillo. Que alguien hiciera creer al Gran Sabio que atacaríamos esta noche.

—¿Y no es así?

—No. Atacaremos dentro de una semana. Cuando vuestros guardias estén cansados. Cuando vuestras defensas se hayan relajado.

Fox sintió que el suelo se abría bajo sus pies.

—¿Y yo?

—Tú morirás aquí. Como un héroe para los tuyos. Como un traidor para los nuestros.

Darmir levantó la mano.

Las sombras que lo acompañaban se abalanzaron sobre Fox.

No alcanzaron a tocarlo.

Los guardias imperiales salieron de la cripta, espadas en alto, escudos en ristre.

—¡Ríndete! —gritó uno.

Darmir no se rindió. Desapareció. Las sombras también.

Fox quedó solo en el suelo, temblando, con el rostro cubierto de lágrimas.

No sabía si había ganado.

No sabía si había perdido.

Solo sabía que seguía vivo.

Por ahora.

El Amanecer

El sol salió sobre Draxcan como si nada hubiera pasado. Las nubes rojas de la víspera habían desaparecido, y el cielo se extendía despejado, azul, vacío.

Tilio bajó a las puertas del castillo. Fox estaba sentado en el suelo, con la espalda apoyada en una columna, la mirada perdida en el horizonte.

—¿Estás bien? —preguntó Tilio.

—No.

—¿Qué pasó?

—Me utilizaron. Todo lo que creía saber era mentira.

—¿El ataque?

—No es esta noche. Es dentro de una semana.

Tilio guardó silencio.

—Entonces nos prepararemos.

—¿Y yo?

—Tú descansarás. Has hecho suficiente.

Fox negó con la cabeza.

—No he hecho nada.

—Has sobrevivido. Eso es más de lo que muchos pueden decir.

Tilio le tendió la mano.



#1080 en Fantasía
#193 en Magia

En el texto hay: guerra de razas, fantacia epica, romance proibido

Editado: 17.06.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.