Eltrix no era una ciudad que se encontrara. Era una ciudad que se revelaba.
El camino hacia ella comenzaba en las afueras del distrito norte de Draxcan, donde los edificios se volvían más bajos y más espaciados y las calles perdían el empedrado cuidadoso del centro para convertirse en sendas de tierra compactada entre muros de piedra gruesa. Era un límite difuso, como todos los límites en Draxcan: no había una muralla que separara la ciudad del campo, ni un cartel que dijera "aquí termina la civilización". Solo una degradación gradual de lo construido, un aflojamiento del tejido urbano que se extendía como una tela que se deshilacha en los bordes.
Más allá de esos muros empezaban los bosques que ningún cartógrafo había terminado de mapear con exactitud. No porque faltaran expediciones —Draxcan había enviado docenas a lo largo de los siglos, algunas con los mejores magos y exploradores— sino porque el territorio parecía reorganizarse entre una visita y la siguiente. Un río que antes discurría al este aparecía de pronto al oeste, trazando un cauce nuevo que no guardaba relación con el antiguo. Un claro que se recordaba soleado y abierto, perfecto para acampar, estaba cubierto de árboles centenarios que no podían haber crecido en el tiempo transcurrido, con troncos tan gruesos que tres personas juntas no podían abrazarlos. Los senderos que ayer llevaban a un valle hoy llevaban a un acantilado, y los que ayer terminaban en un muro de piedra hoy se abrían a una pradera que no estaba allí la semana anterior.
El Viaje a Eltrix
Tilio había vuelto a Eltrix. No como el asistente del Gran Sabio, sino como representante humano del Senado de los Sabios, investido con una autoridad que aún no terminaba de sentirse propia. La misión era clara: obtener el apoyo del Gran Viejo para la constitución que Reax quería redactar. Sin el respaldo de Eltrix, el documento sería solo un papel. Con él, tendría el peso de la raza más antigua de Draxcan.
El bosque que rodeaba Eltrix seguía siendo el mismo laberinto de senderos cambiantes y ríos movedizos que recordaba de su primer viaje. Pero esta vez, Tilio lo recorría con la confianza de quien ya ha sido evaluado y aprobado. Los árboles no se movían para bloquearle el paso. Los senderos aparecían donde debían. El cielo se veía a través de las copas con más claridad que antes.
Paul caminaba a su lado, como en el primer viaje, pero algo había cambiado entre ellos. No era distancia ni frialdad. Era la familiaridad que nace de haber compartido peligros y secretos, de haber visto al otro en momentos de vulnerabilidad y haber decidido quedarse.
—El Gran Viejo no suele recibir a los visitantes dos veces —dijo Paul, apartando una rama que se cruzaba en su camino—. La primera vez, te evalúa. La segunda, espera que hayas aprendido algo de la primera.
—¿Qué espera que haya aprendido? —preguntó Tilio.
Paul se detuvo un momento, pensando.
—Que Eltrix no se negocia. Que no se compra. Que no se presiona. Se convence. O no se convence. Pero no se fuerza.
Tilio asintió. No era una respuesta que hubiera esperado, pero era la única que tenía sentido.
La Llegada a Eltrix
Eltrix apareció cuando el sol comenzaba a declinar y la luz adoptaba ese ángulo oblicuo que hace que las cosas parezcan simultáneamente más reales y más improbables. El crepúsculo era el momento favorito de los Elemens para recibir visitantes, no por teatro sino porque era cuando la ciudad se mostraba con mayor claridad: cuando la luz del sol moribundo se mezclaba con la bioluminiscencia emergente y el escudo que cubría todo el conjunto brillaba con una intensidad que no alcanzaba durante el día.
Primero fue el escudo: un campo de energía apenas visible, como el aire sobre la piedra caliente en verano, que se extendía en una cúpula perfecta sobre una depresión amplia del terreno. No era un muro ni una barrera; podías atravesarlo sin sentirlo, y de hecho Tilio lo atravesó sin darse cuenta hasta que Paul se lo señaló. Pero una vez dentro, el mundo cambiaba. El aire era diferente: más limpio, más fresco, con un ligero sabor metálico que no era desagradable sino estimulante, como el olor que precede a una tormenta. La temperatura era más estable, sin los bruscos cambios que caracterizaban el clima de Draxcan. Y la luz... la luz era otra cosa.
Luego, al avanzar unos pasos más, la ciudad misma.
El cráter de la batalla entre Drazco y Acnologia tenía casi tres kilómetros de diámetro. Sus paredes, formadas por roca fundida y vuelta a solidificar en el momento del impacto, se elevaban en algunos tramos hasta cien metros de altura, negras y vidriosas en unos lugares, cristalinas en otros donde los minerales del choque se habían reorganizado en estructuras geométricas que atrapaban la luz del sol y la devolvían transformada en espectros de colores. No había nada igual en ninguna otra parte del mundo conocido. Los magos habían estudiado esas paredes durante siglos sin llegar a comprender del todo cómo se habían formado; los geólogos habían tomado muestras que analizaban en laboratorios sin poder replicar el proceso; los poetas habían escrito odas a su belleza sombría, comparándola con el luto de los dioses por sus hijos caídos.
En el fondo del cráter, Eltrix había crecido durante siglos como crece un árbol en un suelo fértil: sin apresurarse, sin perder su forma natural, añadiendo capa sobre capa hasta convertirse en algo que parecía haber existido siempre. No había un plan maestro ni un trazado urbano impuesto desde arriba; la ciudad había emergido de la tierra misma, como si la tierra hubiera decidido qué forma tomar y los Elemens se hubieran limitado a seguir sus indicaciones.
La Plaza del Mapa Estelar
El Gran Viejo los recibió en la plaza central, un espacio circular donde el suelo de piedra negra estaba incrustado con el mapa estelar del universo primordial. No era un mapa exacto en el sentido astronómico —las estrellas que los hombres veían en el cielo de Draxcan no correspondían exactamente a las posiciones marcadas en la piedra— sino un mapa simbólico, una representación de cómo los Elemens entendían el cosmos antes de que existieran las mediciones y los telescopios. Las estrellas estaban trazadas en minerales blancos y dorados, incrustados en la piedra negra con una precisión que no parecía humana, y captaban la luz de manera que siempre parecían brillar con luz propia aunque no la hubiera. En los días nublados, el mapa seguía visible, como si las estrellas hubieran decidido que no iban a dejar que unas nubes arruinaran su momento.