La primera piedra se lanzó siete días después de la destitución provisional de los representantes humanos.
No fue lanzada por uno de los Revolucionarios, como los rumores afirmarían después con la seguridad de quien no ha verificado los hechos. No fue lanzada por un agitador profesional enviado por facciones desconocidas para desestabilizar el reino. No fue lanzada por nadie que hubiera planeado nada, que hubiera calculado consecuencias, que hubiera medido el peso de sus actos.
Fue lanzada por un niño de doce años.
Su nombre era Dario. Vivía en el barrio del mercado sur con su madre viuda y sus dos hermanas menores. Su padre había muerto en la guerra elemental, veinticinco años atrás, cuando Dario ni siquiera había nacido. Había crecido escuchando historias de aquella guerra: cómo los humanos habían sido enviados al frente en las primeras oleadas, cómo habían muerto en mayor número que cualquier otra raza, cómo los senadores del viejo orden habían debatido sobre aranceles y fronteras mientras los cuerpos se acumulaban en fosas comunes.
Esa mañana, la guardia había arrestado a su padrastro. No a su padre biológico —ese llevaba muerto un cuarto de siglo— sino al hombre que su madre había vuelto a casar, un curtidor de profesión que había estado distribuyendo panfletos de los Revolucionarios. El arresto había sido ordenado por la comisaría del distrito norte, siguiendo las directrices del senado sobre "control de material subversivo". El procedimiento había sido legal en todos los sentidos técnicos de la palabra. La ley decía que la distribución de panfletos no autorizados era un delito menor, castigable con arresto de hasta treinta días.
Lo que la ley no decía, porque ninguna ley lo dice, era cómo se sentía un niño de doce años al ver a su padrastro esposado y conducido a un calabozo mientras su madre lloraba y sus hermanas pequeñas no entendían lo que pasaba.
Dario había salido corriendo de su casa antes de que su madre pudiera detenerlo. No sabía adónde iba. Sabía que estaba furioso. Sabía que necesitaba hacer algo, cualquier cosa, para que la furia dejara de arder en su pecho como una brasa viva.
Llegó a la comisaría de guardia que había en la plaza exterior del Castillo Dracking. Era un edificio de piedra gris, con ventanas enrejadas y una puerta de roble macizo. Había dos guardias apostados en la entrada, como siempre. Dario los conocía de vista —eran los que a veces patrullaban el barrio, los que habían empezado a ir al sur en los últimos días, los que su madre decía que "no eran tan malos"— pero esa mañana no veía a las personas. Veía uniformes. Veía autoridad. Veía a los responsables de que su padrastro estuviera esposado en un calabozo.
En el suelo, junto a la puerta de la comisaría, había una piedra. Era del tamaño de su puño, gris y rugosa, del tipo que los niños usan para jugar a tirar al blanco. Dario no pensó. No calculó. No anticipó consecuencias. Simplemente se agachó, la recogió, y la lanzó.
La piedra rompió el cristal de la ventana de la comisaría con un sonido que, en el estado de tensión de ese barrio, funcionó como la señal que nadie había acordado pero todos estaban esperando.
La Multitud
La multitud que se formó en la plaza exterior del Castillo Dracking esa tarde no era una multitud violenta. No había en ella las herramientas del disturbio —palos, cuchillos, cócteles incendiarios— ni los rostros de quienes buscan el caos por el caos mismo. Había, en cambio, la expresión de quienes han sido empujados más allá de lo que pueden soportar y ya no les importa lo que ocurra a continuación.
Era una multitud asustada. Y una multitud asustada es, en muchos sentidos, más peligrosa que una multitud enfurecida. La furia se puede canalizar, dirigir, disipar. El miedo no. El miedo es más profundo, más primitivo, más difícil de controlar. El miedo no responde a argumentos, no negocia, no se calma con promesas. El miedo actúa, y cuando actúa, no distingue entre culpables e inocentes, entre enemigos y aliados, entre los que causaron el problema y los que simplemente estaban allí.
La plaza se llenó por minutos. Primero fueron los vecinos del barrio del mercado sur, los que habían visto el arresto, los que conocían a Dario o a su padrastro o a su madre. Luego fueron los residentes de los barrios cercanos, que salieron a ver qué ocurría y se quedaron porque irse parecía más peligroso que quedarse. Luego fueron los comerciantes del mercado central, que cerraron sus puestos por precaución y se acercaron a la plaza para ver con sus propios ojos lo que los rumores describían. Luego fueron los curiosos, los que siempre acuden a donde hay una multitud porque la multitud es en sí misma un acontecimiento.
Varios cientos de personas, luego un millar, luego más. Una masa compacta que vibraba con una energía que no tenía dirección clara, como un río desbordado que busca cauce.
Los gritos eran fragmentados y contradictorios. Algunos pedían la liberación del arrestado —"¡Suelten al curtidor!", "¡No ha hecho nada malo!"— otros la restitución de los representantes destituidos —"¡Queremos a nuestros representantes!", "¡El senado no nos representa!"— otros la renuncia del senado entero —"¡Fuera todos!", "¡Que gobierne el pueblo!"— y otros simplemente gritaban porque el grito era la única forma de energía disponible, la única manera de expresar algo que no tenían palabras para nombrar.
Los Guardias
Los guardias reales que protegían el acceso al castillo eran doce. Doce hombres y mujeres —ocho humanos, tres elfos, un Elemens— con armaduras relucientes y lanzas en ristre, apostados en la escalinata de piedra que conducía a la puerta principal. Doce personas contra una multitud que ya superaba el millar y seguía creciendo.
No tenían órdenes claras. Esa era la primera falla, la que haría que todo lo demás fuera peor. El capitán de la guardia, un Elemens de mediana edad llamado Kael, había enviado un mensajero al interior del castillo solicitando instrucciones, pero el mensajero había tenido que atravesar tres controles de seguridad y dos pasillos llenos de burócratas que querían saber quién era y qué quería antes de dejarlo pasar. Cuando las instrucciones llegaran —si es que llegaban— probablemente sería demasiado tarde para aplicarlas.