La noticia de los heridos a los pies del castillo Dracking llegó a cada rincón de Draxcan antes de que amaneciera el día siguiente.
No fueron los mensajeros oficiales quienes la llevaron —ellos aún estaban redactando sus informes, verificando datos, obteniendo firmas— sino la gente. Los que habían estado en la plaza. Los que habían visto la muerte de Aldos. Los que habían ayudado a llevar a los heridos a la enfermería. Los que habían hablado con los guardias después de que Reax se los llevara al interior del castillo. La noticia viajó de boca en boca, de barrio en barrio, de casa en casa, como viajan siempre las noticias que importan: más rápido que cualquier mensajero, más lejos que cualquier trompeta, más profundo que cualquier informe oficial.
En los barrios humanos del sur, la noticia se recibió con un silencio que no era aceptación ni indiferencia, sino la pausa que precede a una decisión. Los humanos habían estado esperando. Durante doscientos cincuenta años, desde las reformas de Kaida, habían esperado. Habían esperado que la igualdad prometida en el papel se hiciera realidad en sus vidas. Habían esperado que los representantes que enviaban al senado pudieran realmente cambiar las cosas. Habían esperado que sus hijos crecieran en un mundo donde ser humano no significara ser menos.
Algunos habían dejado de esperar. Eran los Revolucionarios, los que habían empezado a distribuir panfletos, a organizar reuniones, a hablar de autonomía. Pero la mayoría seguía esperando. No por optimismo —los humanos del sur no eran optimistas, el optimismo es un lujo que no podían permitirse— sino porque no sabían qué más hacer. Esperar era lo único que habían aprendido.
La muerte de Aldos cambió eso.
No fue un cambio dramático, de esos que se ven en los grabados de las crónicas históricas: multitudes enfurecidas derribando estatuas, barricadas en las calles, consignas pintadas en las paredes. Fue un cambio más silencioso, más profundo, más peligroso. Fue la erosión de la última capa de confianza que les quedaba. Si un hombre podía morir así, en su propia plaza, a manos de un guardia que había jurado protegerlo, sin haber hecho nada más que salir a ver qué pasaba... entonces no había seguridad. No había orden. No había justicia.
Solo había ellos. Y tenían que cuidarse solos.
Los Periódicos
Los periódicos matutinos publicaron la noticia en primera plana. Los titulares variaban según la línea editorial de cada publicación, pero todos coincidían en lo esencial: "Un muerto en la plaza del castillo", "Guardia mata a civil durante disturbios", "Gran Sabio interviene para detener la violencia". El tono era cuidadoso, el de quien informa un hecho sin querer pronunciarse sobre sus causas, pero los lectores que les faltaba información para completar el cuadro la fabricaron con los materiales disponibles. Eso es lo que siempre ha hecho la gente cuando los hechos llegan incompletos: los completa con lo que ya cree.
Los elfos leían los periódicos y pensaban: "Los humanos son violentos por naturaleza. Siempre lo han sido. No saben controlarse. Mientras no les des lo que quieren, se comportan como animales." Era un pensamiento que la mayoría no se atrevía a expresar en voz alta, pero que muchos albergaban en el fondo de sus conciencias, justificado por siglos de superioridad cultural.
Los magos leían los periódicos y pensaban: "El senado debería haber actuado antes. Si hubieran aceptado la petición de reforma, nada de esto habría pasado. Ahora la situación se ha descontrolado y va a ser más difícil arreglarla." Era un pensamiento pragmático, desprovisto de emoción, pero no por ello menos cierto.
Los Elemens leían los periódicos y pensaban: "Reax debería haber estado allí antes. Si hubiera disuelto la multitud cuando empezó a congregarse, no habría llegado a este punto. Es débil. Demasiado blando con los humanos. Kaida nunca habría permitido que esto pasara." Era un pensamiento peligroso, porque comparaba a Reax con su predecesor y encontraba a Reax deficiente.
Y los humanos leían los periódicos y pensaban. Pensaban muchas cosas. Pensaban en Aldos. Pensaban en su hija de ocho años. Pensaban en los guardias que habían empezado a patrullar sus barrios, y en si esos guardias eran protectores o carceleros. Pensaban en sus representantes destituidos, y en si alguna vez volverían a tener voz en el senado. Pensaban en Reax, el Gran Sabio humano que se había arrodillado en el suelo junto a los heridos, y se preguntaban si eso era suficiente.
Algunos decidían que sí. Otros, que no.
La Decisión de Reax
Reax había previsto las consecuencias. No todas —nadie puede prever todas las consecuencias de un acto como el que había ocurrido en la plaza— pero las principales. Sabía que la destitución de los representantes humanos había sido un error. Lo había sabido en el momento en que el senado votó, aunque no pudo evitarlo. Sabía que la muerte de Aldos sería utilizada por los Revolucionarios para radicalizar a la población humana. Sabía que los guardias que habían participado en la represión serían objeto de odio. Sabía que Theron, el joven Elemens que había perdido el control, sería juzgado no solo por sus actos sino por todo lo que representaba.
Sabía todo eso. Y aun así, había decidido actuar como había actuado.
Ahora, mientras los periódicos se imprimían y los rumores se extendían y la ciudad se preparaba para otro día de tensión, Reax tomó una decisión que cambiaría el curso de los acontecimientos.
Convocó al senado de emergencia.
No era una convocatoria ordinaria. El senado de emergencia solo podía ser convocado por el Gran Sabio en persona, y solo en circunstancias excepcionales: invasión extranjera, catástrofe natural, amenaza inminente al orden público. La muerte de un civil a manos de un guardia, por trágica que fuera, no cumplía estrictamente con los criterios. Pero Reax entendía que la amenaza no era la violencia en sí misma, sino lo que podía venir después. Si no actuaba rápido, si no demostraba que el sistema podía responder a la crisis con justicia y eficacia, la ciudad estallaría.