La reunión nocturna ocurrió sin que Reax lo supiera, aunque tampoco habría podido decirse que le sorprendió cuando la supo. Había estado en política suficiente tiempo para saber que las derrotas públicas raramente son definitivas, que los que pierden una votación no desaparecen, que se reagrupan, que buscan aliados, que esperan su momento.
Los representantes que se habían opuesto a la restitución de los humanos —pues aunque el senado había votado a favor, muchos seguían sintiéndose derrotados— se juntaron con los generales de cada clan en una sala del ala oeste del castillo que rara vez se usaba en tiempos normales. Era una cámara larga y estrecha, con vigas de madera oscura en el techo y ventanas que daban a un patio interior donde no llegaba ninguna antorcha del exterior. La habían elegido por eso: porque en la oscuridad es más fácil decir ciertas cosas, porque la penumbra relaja las defensas, porque cuando no puedes ver bien el rostro del otro te resulta más fácil confesar lo que de otro modo callarías.
La convocatoria había sido discreta. No mediante los canales oficiales —eso habría dejado rastro— sino mediante mensajeros personales, de confianza, que conocían las palabras clave y los gestos de reconocimiento. No todos los convocados habían aceptado asistir. Algunos habían enviado disculpas educadas, o habían prometido estar pero no aparecieron, o simplemente no respondieron. Pero los suficientes estaban allí. Los suficientes para que la reunión tuviera peso.
Había representantes de los clanes de magos y elfos, los que habían votado en contra de la restitución de los humanos, los que consideraban que Reax había cedido ante la presión de la calle. Había generales de esos mismos clanes, hombres y mujeres de guerra que habían visto combates y sabían lo que costaba mantener el orden. Había, también, algunos Elemens de familias antiguas, de los que recordaban los tiempos anteriores al senado de los Sabios, cuando su raza gobernaba sin tener que rendir cuentas a nadie.
Faltaban los humanos, por supuesto. Faltaban los elfos que habían votado a favor de la restitución. Faltaban los magos que se negaban a tomar partido. Faltaban los Elemens leales a Reax. Era una reunión de descontentos, de perdedores, de los que creían que el rumbo del reino era equivocado y que había que corregirlo antes de que fuera demasiado tarde.
El Discurso del Mago
Uno de los representantes magos habló primero. Era un hombre de mediana edad, calvo, con gafas de cristal ahumado que le daban un aire de erudito. Había sido uno de los más vehementes en la oposición a la restitución, y no había ocultado su enfado cuando la votación se perdió.
—Reax está dando demasiado poder a los humanos —dijo, en voz baja pero firme—. La comisión de investigación es el primer paso. Luego vendrán más reformas. Luego vendrá la transferencia de recursos. Luego vendrá la exigencia de cuotas en el ejército, en la administración, en los tribunales. No se detendrá. No se detiene nunca.
—¿Qué propone? —preguntó uno de los generales elfos, un hombre de aspecto severo con una cicatriz que le cruzaba la mejilla izquierda—. ¿Un golpe? ¿Deponer a Reax?
—No —dijo el mago—. Eso sería ilegal. Y además, Reax tiene el apoyo del pueblo. Si intentamos deponerlo por la fuerza, la ciudad se nos echaría encima. Propongo algo más sutil. Propongo que usemos los canales que aún controlamos para bloquear las reformas. Que hagamos que la comisión de investigación fracase. Que perdamos tiempo, que solicitemos prórrogas, que cuestionemos cada una de sus recomendaciones, que las llevemos a los tribunales, que las apelemos, que las volvamos a apelar. Que hagamos que el proceso sea tan lento, tan costoso, tan complicado, que los humanos se cansen y abandonen.
El general de los elfos lo miró con desdén.
—Eso es política de oficina —dijo—. Nosotros somos soldados. Nosotros actuamos.
—Y mire adónde nos ha llevado actuar —respondió el mago—. Un muerto en la plaza. Un guardia encarcelado. La opinión pública en contra. Si seguimos actuando, perderemos. Necesitamos pensar.
Antes de que el general pudiera responder, la puerta de la sala se abrió.
La Entrada de Vyctor
Todos los presentes se volvieron, con la tensión de quien teme haber sido descubierto. Pero no era un guardia ni un mensajero de Reax. Era Vyctor.
Vyctor había llegado a Draxcan dos días atrás, después de un viaje que nadie en Eltrix había registrado y que nadie en el castillo esperaba. Se había alojado en una posada del barrio de los Elemens, no en el castillo, y había pasado esos dos días reuniéndose con viejos contactos, actualizando información, evaluando la situación. Su nombre no estaba en ninguna lista de invitados, su rostro no era conocido por los guardias de la puerta, y sin embargo había entrado y salido del castillo varias veces sin que nadie le pidiera identificación. Los Elemens de linaje antiguo tienen esa habilidad: pasar desapercibidos cuando les conviene, hacerse notar cuando lo necesitan.
Vyctor llevaba ropas de viaje —chaqueta de cuero oscuro, botas altas, una capa que le cubría los hombros— y su rostro mostraba la fatiga de quien ha recorrido mucha distancia en poco tiempo. Pero sus ojos, ese gris violáceo que solo aparecía en los linajes más puros, estaban brillantes. No con la luz de la alegría, sino con la intensidad de quien está a punto de decir algo importante.
—He oído que están planeando cómo resistir a Reax —dijo, cerrando la puerta tras de sí—. Déjenme decirles que están perdiendo el tiempo. No van a bloquear sus reformas con tácticas dilatorias. No van a desgastarlo con procedimientos. No van a cansar a los humanos, porque los humanos llevan mil seiscientos años cansados y siguen aquí.
El representante mago lo miró con hostilidad.
—¿Y usted qué sabe de eso? Usted ni siquiera es del senado. Usted es...
—Soy Vyctor de la familia Lasmec —lo interrumpió Vyctor—. La estirpe más antigua de Eltrix. La que recuerda cosas que el senado ha olvidado. La que tiene acceso a información que ustedes ni siquiera saben que existe.