Los cuatro generales entraron al gabinete de Reax a primera hora de la mañana, antes de que hubiera nadie más en el corredor. El sol apenas comenzaba a filtrarse por las ventanas del este, pintando el suelo de piedra con franjas de luz dorada que se alargaban lentamente a medida que el astro ascendía. Era la hora en que el castillo aún dormía, en que los sirvientes no habían comenzado sus tareas y los escribas no habían despertado sus plumas. Era la hora de las decisiones que nadie debía presenciar.
Entraron juntos, los cuatro, lo cual decía algo sobre la naturaleza de lo que venían a hacer. No era un acto individual, una conversación privada entre el Gran Sabio y uno de sus comandantes. Era una decisión colectiva, tomada por los cuatro jefes militares del reino, que ninguno de ellos habría tomado solo pero que los cuatro habían tomado sin necesitar discutirla demasiado.
El primero en cruzar el umbral fue el general de los elfos, Thalion. No era el mismo Thalion que había servido en la guerra elemental —ese había muerto hacía décadas— sino su nieto, un hombre de mediana edad con el cabello plateado recogido en una coleta y los ojos verdes que caracterizaban a su linaje. Llevaba el uniforme de gala de los ejércitos élficos, azul y plata, con el emblema de un árbol de raíces profundas bordado en el pecho.
Detrás de él vino la general de los magos, Elara. Era una mujer de aspecto enérgico, con el cabello corto y canoso y una cicatriz en la mano izquierda que le recordaba, según decía, que la magia no lo soluciona todo. Llevaba el uniforme gris de los magos militares, con la capa azul que indicaba su rango.
El tercero fue el general de los Elemens, Caelus. No tenía parentesco con Caelum, el anciano Original que había pasado doscientos cincuenta años en los calabozos, aunque a veces se rumoreaba lo contrario. Caelus era un hombre joven para los estándares de su raza —apenas trescientos años— pero había demostrado en combates y en campañas una capacidad que los más veteranos respetaban. Su uniforme era el más sencillo de los cuatro: una túnica negra sin adornos, porque los Elemens no necesitaban insignias para recordar quiénes eran.
El último fue el general de los humanos, Marcus. Era el más joven de los cuatro, apenas cincuenta años, y el único que había nacido después de la guerra elemental. Había crecido en el nuevo Draxcan, el de la igualdad teórica, y había dedicado su vida a demostrar que un humano podía llegar tan lejos como cualquier otra raza. Su uniforme era el mismo que usaban todos los soldados humanos: chaqueta azul oscuro, pantalones grises, botas negras. No había elementos distintivos porque los humanos no tenían tradiciones militares propias; las habían adoptado todas de las otras razas, mezclándolas hasta crear algo nuevo.
Los cuatro se detuvieron frente a la mesa de Reax, que los miraba sin sorpresa. No era que Reax esperara esta visita —nadie podía esperar algo así— pero había aprendido, en sus años como Gran Sabio, que las cosas importantes suceden cuando uno menos las anticipa.
La Declaración de los Generales
—Gran Sabio —dijo Thalion, hablando por los cuatro con la voz pausada de quien ha ensayado sus palabras antes de pronunciarlas—, venimos a daros nuestra lealtad. A vos y a nadie más mientras viváis. Hemos tirado los emblemas de nuestros clanes porque no vamos a dejar que ese símbolo ensucie lo que hemos hecho. Lo que hacemos.
Reax los miró durante un momento. No era una mirada de evaluación —él ya los había evaluado a todos mucho antes de que entraran en su gabinete— sino de reconocimiento. Estaba viendo algo que no había visto antes, o que no había querido ver: que los cuatro generales, representantes de las cuatro razas principales del reino, estaban dispuestos a dejar de lado sus lealtades ancestrales para apoyarlo a él. A él, un humano. A él, el sucesor de Kaida. A él, el que se había arrodillado en el suelo junto a los heridos mientras los senadores debatían.
—Levantaos —dijo Reax—. No necesitáis arrodillaros ante mí. No soy un rey.
—Lo sabemos —dijo Elara, incorporándose—. Pero también sabemos que los símbolos importan. Y queremos que quede claro: no estamos aquí como representantes de nuestros clanes. Estamos aquí como soldados. Como personas que han visto lo que este reino puede ser y lo que está en peligro de convertirse.
—No era necesario lo de la madrugada —dijo Reax, refiriéndose a algo que los generales no le habían contado pero que él ya sabía a través de sus propios informantes: que los generales habían pasado la noche anterior reunidos con los oficiales de mayor rango, informándoles de su decisión, asegurándose de que las tropas siguieran bajo su mando y no bajo el de los clanes.
—No —admitió Thalion—. Pero ellos no entienden a la buena desde hace mucho tiempo, y nosotros ya no teníamos paciencia para seguir intentándolo.
Reax se levantó de su silla y caminó hacia la ventana. La Bandera del Alba ondeaba en lo alto, sus colores vivos bajo el sol de la mañana. Abajo, en las calles, la ciudad comenzaba a despertar. Los carros de los vendedores de pan empezaban a circular, los niños corrían hacia las escuelas, los artesanos abrían sus talleres. La vida cotidiana, que seguía su curso a pesar de las crisis políticas, a pesar de los muertos en la plaza, a pesar de las conspiraciones en las sombras.
—La paciencia no es opcional cuando se gobierna —dijo Reax, volviéndose hacia ellos—. Es la única diferencia real entre gobernar y dominar. Gobernar es esperar a que las cosas ocurran y guiarlas en la dirección correcta. Dominar es forzarlas a ocurrir por la fuerza. Los que dominan consiguen resultados más rápido, sí. Pero los resultados no duran. Porque la gente obedece por miedo, no por convicción. Y el miedo se acaba. La convicción, no.
Los generales escucharon en silencio. No era un sermón; era una explicación. Y una advertencia.
—Pero entiendo lo que hicisteis y por qué lo hicisteis —continuó Reax—. Levantaos y id. Tenéis un reino que organizar y yo tengo decisiones que tomar.