El Subreino de Pitra se alzaba en medio de un valle rodeado de colinas peladas, como un centinela solitario que hubiera visto pasar demasiados siglos sin que nadie le hiciera caso. Su muralla, construida por los primeros Elemens que colonizaron aquellas tierras, media cincuenta metros de altura y estaba hecha de un material que ningún ejército había logrado vulnerar en toda la historia de Draxcan. Los bloques de piedra, negros y brillantes como obsidiana, absorbían la luz del sol y la devolvían en forma de un calor seco que hacía que los viajeros se quitaran las capas incluso en invierno.
El comandante encargado de la defensa del subreino, un hombre llamado Hadrik, llevaba quince años en el puesto. Había visto de todo: asaltos de bandidos, incursiones de criaturas salvajes, incluso alguna que otra escaramuza entre clanes vecinos. Pero nunca había visto algo como lo que estaba a punto de presenciar.
—¿Está todo listo? —preguntó a su lugarteniente, una mujer joven de cabello oscuro y mirada seria.
—Las murallas están reforzadas. Los soldados en sus puestos. La población... —dudó—. La población está siendo evacuada a las cuevas subterráneas, como ordenó el Gran Sabio.
—Bien —dijo Hadrik, mirando el horizonte—. Que no quede nadie fuera.
—Comandante... —la lugarteniente bajó la voz—. ¿Cree que realmente vengan?
—No lo sé. —Hadrik se encogió de hombros—. Pero el Gran Sabio ha ordenado que estemos preparados. Y nosotros obedecemos.
La lugarteniente asintió. No dijo nada más.
Ambos sabían que la espera era lo peor.
La Llegada de la Comitiva
Al mediodía, los centinelas de la muralla avistaron una nube de polvo en el horizonte. No era una nube cualquiera: era el polvo levantado por los cascos de varios caballos al galope.
—¡Comandante! —gritó uno de los centinelas—. ¡Viene gente! ¡Mucha gente!
Hadrik subió a la muralla. Entrecerró los ojos. La nube de polvo se acercaba rápido.
—No es un ejército —dijo, aliviado—. Es una comitiva. Pequeña.
—¿Quiénes son? —preguntó la lugarteniente.
—Espera.
La comitiva se acercó. Hadrik pudo distinguir un carruaje escoltado por varios jinetes con armaduras negras.
—¡Son del Grupo Alca! —exclamó la lugarteniente—. ¡Y llevan el estandarte de Eltrix!
—El Gran Viejo —murmuró Hadrik—. Está de paso.
Abrieron las puertas. La comitiva entró al galope, y los soldados del Grupo Alca formaron en el patio interior, protegiendo el carruaje con sus propios cuerpos.
—¡Cerrad las puertas! —ordenó Hadrik—. ¡Y que los soldados estén listos!
La lugarteniente lo miró extrañada.
—¿Cree que hay peligro, comandante?
—No lo sé —respondió Hadrik—. Pero el Gran Viejo no viaja con el Grupo Alca por placer. Algo ha pasado.
La Carta de Emergencia
Johan, el líder del Grupo Alca, desmontó y se acercó a Hadrik con paso firme. Su armadura negra brillaba bajo el sol, y en su cinturón llevaba una espada que había pertenecido a su maestro, la propia Seraphine.
—Comandante Hadrik —dijo, saludando militarmente—. Necesito que envíe un mensaje urgente al Gran Sabio.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Hadrik, devolviendo el saludo.
—Fuimos atacados. En el camino. No sé quiénes eran... —Johan dudó—. Pero tenían poderes. Magia. Elementos. Y no eran Elemens.
Hadrik sintió cómo la sangre se le helaba.
—¿Humanos?
—Eso parecía.
—Eso es... imposible.
—Lo sé. —Johan apretó la mandíbula—. Por eso necesita escribir la carta. Rápido.
Hadrik llamó a un escriba. En cuestión de minutos, la carta estuvo lista.
Carta de Emergencia para el Gran Sabio:
Gran Sabio.
Le escribo para notificarle que el Subreino de Pitra ha sido atacado por unos seres que se parecían a humanos pero que podían controlar la magia y los elementos. Esta carta no es para informarle sobre el estado del subreino, sino para comunicarle que dos miembros del Grupo Alca y el Gran Viejo están en el hospital, siendo atendidos con la mejor atención posible.
Le describo su estado:
El Gran Viejo está inconsciente. Se desmayó después de usar una cantidad de poder Elemens que nunca he visto en mi vida. Logró proteger, salvar a Johan y a Luar.
Johan es el que está peor de los tres. Recibió un ataque directo al estómago. El ataque rompió su armadura y penetró hasta su estómago. Está en suma urgencia.
Luar está siendo atendido en semi urgencia. Recibió un ataque de fuego que no se apaga con magia convencional ni con agua. El color de ese fuego era negro y azul, algo que nunca había visto de un Elemens o mago.
Además, el que atacó gravemente a Johan era Cilion. Su poder supera al de nuestros generales. El Gran Viejo tiene unos símbolos en la piel que no pertenecen a nuestra lengua. Solo brillan cuando alguien habla en la lengua de los Elemens, o en una lengua desconocida que Cilion estaba usando.
Firmado: Comandante Hadrik, Subreino de Pitra
Johan leyó la carta. Asintió.
—Envíela ahora. Por magia. Es urgente.
Hadrik llamó a su mago de comunicaciones. El hombre, un joven de túnica azul, tomó la carta y comenzó a recitar un conjuro.
—Llegará en cuestión de horas —dijo—. Quizás menos.
—Bien —respondió Johan—. Ahora... preparen a sus soldados. No sabemos si volverán.
—¿Quiénes? —preguntó Hadrik.
Johan lo miró fijamente.
—Los que atacaron el carruaje.
El Ataque
No tuvieron que esperar mucho.
Apenas una hora después de que la carta fuera enviada, las murallas de Pitra temblaron. No fue un temblor de tierra, sino algo más profundo, más violento. Era como si el mismísimo cielo hubiera decidido golpear la piedra.
—¡Comandante! —gritó un centinela—. ¡Vienen!
Hadrik subió a la muralla. Lo que vio lo dejó sin aliento.
Una figura avanzaba hacia las puertas del subreino. Era alta, delgada, con una capa negra que ondeaba al viento como las alas de un cuervo. A su alrededor, tres sombras más se movían con una fluidez que no era humana.