Nueve días tardó la carta de emergencia en llegar a manos del Gran Tilio. Nueve días en los que el mundo siguió girando, los soldados siguieron patrullando, y la capital siguió esperando un ataque que nunca llegaba. Nueve días en los que Johan luchó por su vida en el hospital de Pitra, Luar soportó el dolor del fuego negro que no se apagaba, y Paul permaneció inconsciente, con los símbolos del Caos brillando débilmente en su piel.
Cuando el mensajero —un jinete mago que había recorrido el camino en tres días, utilizando hechizos de velocidad para acortar la distancia— llegó a las puertas del castillo Dracking, estaba exhausto. Su caballo echaba espuma por la boca. Su túnica azul estaba rasgada y cubierta de polvo. Pero la carta que llevaba en su alforja estaba intacta.
—Mensaje urgente para el Gran Sabio —dijo al guardia de la puerta, con voz ronca—. Del Subreino de Pitra.
El guardia no preguntó nada. Corrió hacia el interior del castillo.
La Oficina del Gran Sabio
Tilio estaba repasando informes cuando la puerta de su oficina se abrió de golpe. Fox —que había vuelto a su puesto como asistente, aunque con la mirada más apagada que antes— entró con el pergamino en la mano.
—Gran Sabio —dijo, sin preámbulos—. Ha llegado una carta de emergencia. De Pitra.
Tilio dejó la pluma. Sus dedos, manchados de tinta, temblaron ligeramente.
—¿De Pitra? ¿Qué ha pasado?
—No lo sé. Solo sé que es urgente.
Fox le tendió la carta. Tilio la tomó. La leyó.
Y el mundo se detuvo.
La Carta
Gran Sabio.
Le escribo para notificarle que el Subreino de Pitra ha sido atacado por unos seres que se parecían a humanos pero que podían controlar la magia y los elementos. Esta carta no es para informarle sobre el estado del subreino, sino para comunicarle que dos miembros del Grupo Alca y el Gran Viejo están en el hospital, siendo atendidos con la mejor atención posible.
Le describo su estado:
El Gran Viejo está inconsciente. Se desmayó después de usar una cantidad de poder Elemens que nunca he visto en mi vida. Logró proteger y salvar a Johan y a Luar.
Johan es el que está peor de los tres. Recibió un ataque directo al estómago. El ataque rompió su armadura y penetró hasta su estómago. Está en suma urgencia.
Luar está siendo atendido en semi urgencia. Recibió un ataque de fuego que no se apaga con magia convencional ni con agua. El color de ese fuego era negro y azul, algo que nunca había visto de un Elemens o mago.
Además, el que atacó gravemente a Johan era Cilion. Su poder supera al de nuestros generales. El Gran Viejo tiene unos símbolos en la piel que no pertenecen a nuestra lengua. Solo brillan cuando alguien habla en la lengua de los Elemens, o en una lengua desconocida que Cilion estaba usando.
Firmado: Comandante Hadrik, Subreino de Pitra
Tilio leyó la carta una vez. Luego, otra. Luego, una tercera.
—Convoca a los generales —dijo, con voz firme, aunque por dentro se estaba desmoronando—. Todos. Ahora.
—¿Todos? —preguntó Fox—. ¿También a Aldric?
—A todos —repitió Tilio—. Es una orden.
Fox salió corriendo. Tilio se quedó solo, con la carta en la mano.
Paul está inconsciente.
Johan está en suma urgencia.
Cilion atacó.
Símbolos que brillan.
—Maldición —murmuró.
Golpeó la pared con el puño. El dolor en sus nudillos fue un alivio momentáneo, una distracción de la angustia que le quemaba el pecho.
—Maldición, maldición, maldición.
Oyó la puerta abrirse. No se volvió. Sabía quién era.
—Tilio —dijo Seraphine, entrando—. ¿Qué ha pasado? Fox me ha dicho que hay una carta de emergencia.
—Lee —respondió Tilio, tendiéndole el pergamino.
Seraphine lo leyó. Su expresión, normalmente impasible, se fue tensando a medida que avanzaba en el texto.
—Johan —murmuró, y en su voz había un temblor que Tilio no le había oído nunca—. Mi discípulo.
—Está en suma urgencia —dijo Tilio—. Puede que no sobreviva.
—No digas eso.
—Es la verdad.
Seraphine levantó la vista. Sus ojos, grises como las tormentas de invierno, se encontraron con los de él.
—¿Qué vas a hacer?
—Esperar a los generales. Y luego... decidir.
La Reunión
Los generales llegaron uno tras otro. Elroan, con su armadura impecable y su expresión impasible. Marcus, con su prótesis de hierro chirriando al caminar. Aldric, con su túnica azul manchada de tinta y una expresión de impaciencia apenas disimulada.
Seraphine ya estaba allí, de pie junto a la ventana, con los brazos cruzados.
—Tomen asiento —dijo Tilio, sin preámbulos—. Tengo noticias. Y no son buenas.
Los generales se sentaron. Tilio les leyó la carta en voz alta. Cuando terminó, el silencio se volvió denso.
—¿Humanos que usan magia y elementos? —dijo Elroan, rompiendo el silencio—. Eso es imposible.
—Eso dice la carta —respondió Tilio.
—¿Y Cilion? —preguntó Marcus—. ¿Cómo ha podido derrotar a Johan? Johan fue entrenado por Seraphine. Es uno de los mejores soldados del ejército.
—La carta dice que su poder supera al de nuestros generales —respondió Tilio.
Aldric se levantó. Su silla chirrió al apartarse.
—Esto es una locura —dijo—. Llevamos semanas esperando un ataque que no llega. Los soldados están agotados. Las arcas del reino están vacías. Y ahora resulta que Cilion tiene poderes que no debería tener.
—¿Qué sugiere? —preguntó Tilio, con voz fría.
—Sugiero que dejemos de gastar recursos en una guerra que quizás nunca llegue. Que nos centremos en proteger la capital. Que abandonemos los subreinos del sur.
El silencio se volvió aún más denso.
—¿Abandonar los subreinos? —dijo Marcus, incrédulo—. ¿Dejar que la gente muera?
—Preferible a que muera toda la población de la capital —respondió Aldric.