La noticia del ataque a Pitra se extendió por Draxcan como un reguero de pólvora. Los periódicos publicaron ediciones especiales con titulares que ocupaban toda la primera plana. Los pregoneros leían las noticias en las plazas, y la gente se agolpaba a su alrededor con los rostros pálidos y los puños apretados. En las tabernas, los rumores se multiplicaban como moscas sobre un cadáver: que Cilion había adquirido poderes demoníacos, que los subreinos del sur estaban cayendo uno tras otro, que el ejército imperial no podía contener el avance de la Convención.
En el castillo Dracking, el ambiente era de una calma tensa, casi irreal. Los sirvientes hablaban en susurros y los guardias caminaban con las manos sobre las empuñaduras de sus espadas. En los pasillos, los cortesanos se cruzaban con miradas esquivas y sonrisas forzadas, como si todos hubieran llegado a un acuerdo tácito para fingir que nada estaba ocurriendo.
Pero debajo de esa superficie de normalidad, algo se estaba gestando. Algo que Tilio, a pesar de su red de espías y sus informes diarios, no alcanzaba a vislumbrar del todo.
La Activación del Artículo 4
La reunión en la oficina del Gran Sabio había terminado hace horas, pero los generales seguían allí, discutiendo estrategias, repasando mapas, analizando informes. Elroan señalaba las posiciones de las tropas en el oeste. Marcus calculaba los suministros necesarios para una campaña prolongada. Seraphine estudiaba los movimientos del enemigo en el sur.
Aldric no estaba.
—Gran Tilio —dijo Seraphine, rompiendo el silencio—. Con la movilización de soldados que estamos haciendo, deberíamos activar el Artículo 4.
Tilio levantó la vista. El Artículo 4 era una de las leyes que Reax había firmado en sus últimos días de mandato. Permitía al Gran Sabio llamar a las reservas del ejército y convocar a nuevos reclutas en caso de guerra inminente.
—No quiero activarlo —dijo Tilio—. Significa que la guerra es inevitable.
—Ya lo es —respondió Seraphine—. Lo fue desde el momento en que Cilion atacó Pitra. Lo fue desde que los subreinos del sur empezaron a caer. Lo fue desde que Nalia comenzó a tejer su red en las sombras.
Tilio guardó silencio. Sabía que Seraphine tenía razón. Pero activar el Artículo 4 era admitir que todo lo que había intentado evitar —la guerra, la muerte, la destrucción— era inevitable.
—Actívenlo —dijo al fin, con voz cansada—. Que los notificadores recorran el reino. Que llamen a las reservas. Que convoquen a nuevos reclutas.
—¿Y los subreinos? —preguntó Marcus—. ¿Qué hacemos con ellos?
—Que evacuen a su gente a las cuevas subterráneas. Que activen sus propias reservas. Que se preparen para lo peor.
—¿Y si no quieren? —preguntó Elroan.
—Entonces los abandonaremos a su suerte.
El silencio se volvió denso.
—No puede decir eso en serio —dijo Marcus.
—Lo digo —respondió Tilio—. No puedo proteger a todo el reino. Tengo que elegir.
—¿Qué elige?
—Proteger la capital.
Los generales intercambiaron miradas.
—¿Y los subreinos? —insistió Marcus.
—Que se defiendan solos.
La Situación en el Frente Sur
Días después, los informes del frente sur empeoraron. Tilio convocó nuevamente a los generales, esta vez en la sala de estrategias. El ambiente era más tenso que nunca.
—He recibido informes del frente sur —comenzó Tilio, señalando el mapa—. Las bestias de Nalia han atravesado nuestras líneas. Los subreinos de la costa han caído. Los sobrevivientes huyen hacia el norte.
—¿Cuántos? —preguntó Elroan.
—Miles. Quizás decenas de miles. Aún no tenemos cifras exactas.
—¿Y el ejército? —preguntó Marcus.
—Destruido. Los que no murieron, desertaron.
—¿Y los dragones? —preguntó Seraphine.
—Los dragones... también cayeron. Las bestias absorbieron su magia. Los dejaron inertes.
El silencio se volvió denso.
—Entonces estamos solos —dijo Aldric, con una frialdad que helaba la sangre.
—No —respondió Tilio—. Nos queda Fox.
—¿Fox? —Aldric soltó una risa sarcástica—. ¿El asistente? ¿El que fue infiltrado? ¿El que casi muere? ¿Qué va a hacer él?
—Llevar un mensaje a Paul.
—¿A Paul? ¿El Gran Viejo? —Elroan frunció el ceño—. ¿Para qué?
—Para que active los símbolos del Caos.
—¿Activar los símbolos? —preguntó Marcus—. ¿Eso es posible?
—Paul lo hizo en Pitra —respondió Tilio—. Apagó el fuego de Luar. Puede hacerlo de nuevo.
—¿Y si no puede? —preguntó Aldric.
—Entonces habremos perdido el sur. Y la capital. Y el reino.
Aldric guardó silencio.
La Estrategia
—No podemos esperar a que Paul active los símbolos —dijo Seraphine, rompiendo el silencio—. Necesitamos una estrategia para contener el avance de las bestias mientras tanto.
—¿Y qué propones? —preguntó Elroan.
—Que los humanos vayan al frente. Sin magia. Sin elementos. Solo espadas.
—¿Humanos? —Aldric arqueó una ceja—. ¿Contra las criaturas de Nalia?
—Los humanos son los únicos que pueden herirlas. La carta de Elaine lo confirma.
—¿Y si es una trampa?
—Elaine no me mentiría.
—No me refiero a Elaine. Me refiero a la carta.
Seraphine lo miró fijamente.
—¿Qué insinúa?
—Nada. Solo digo que debemos ser cautelosos.
—La cautela nos ha llevado a perder el sur —intervino Tilio—. Ya no podemos permitirnos ser cautelosos.
—¿Qué propone, Gran Sabio? —preguntó Marcus.
—Propongo que enviemos a Fox esta misma noche. Y que mientras tanto, los soldados humanos se preparen para la batalla.
—¿Y nosotros? —preguntó Elroan—. ¿Qué hacemos nosotros?
—Protegen la capital. Refuerzan las murallas. Ayudan en la retaguardia. Pero no van al frente.
—¿Por qué?
—Porque las bestias se alimentan de magia. Ustedes solo las fortalecerían.
Los generales intercambiaron miradas.