Los días en Pitra se volvieron más oscuros. Literalmente. El humo de los incendios que aún ardían entre los escombros de la muralla se elevaba hacia el cielo como dedos acusadores, tiñendo el sol de un color rojizo que recordaba a la sangre seca. Los soldados que habían sobrevivido al ataque trabajaban sin descanso, apilando piedras para reconstruir lo que podían, enterrando a sus compañeros caídos, buscando entre las ruinas a los desaparecidos.
En el hospital, el silencio era aún más pesado.
Johan yacía en una camilla de hierro, cubierto por sábanas manchadas de sangre que los curanderos cambiaban cada hora sin que sirviera de nada. Su respiración era débil, apenas un hilo, y su rostro, antes duro y marcado por las cicatrices, ahora tenía un tono grisáceo que anunciaba lo inevitable. El agujero en su estómago —un hueco perfecto, como si alguien hubiera sacado un trozo de su cuerpo con un sacabocados— se negaba a cicatrizar. La carne alrededor estaba ennegrecida, podrida, como si el ataque que había recibido no fuera solo físico sino también espiritual.
—No podemos hacer nada más —dijo la curandera jefe, una elfa de cabello plateado llamada Aelindel, a los soldados del Grupo Alca que hacían guardia a la entrada de la sala—. El poder que usó Cilion... no es magia normal. No es elemento. Es algo más... profundo. Está pudriendo su carne desde dentro.
—¿Cuánto le queda? —preguntó Elaine, con la voz quebrada.
—Días. Quizás horas. No lo sé.
Elaine apretó los puños. Sus nudillos, blancos por la tensión, crujieron al doblarse.
—Tiene que haber algo que podamos hacer.
—Si el Gran Viejo estuviera despierto... —Aelindel dudó—. Los símbolos que tiene en su piel... tienen un poder que no comprendo. Quizás él podría...
—Pero no está despierto —interrumpió Elaine—. Y no sabemos cuándo lo estará.
La curandera bajó la mirada.
—Lo siento.
Se fue.
Elaine se quedó sola frente a la camilla de Johan, mirando su rostro pálido, sus labios resecos, sus ojos cerrados.
—No te mueras —murmuró—. No te atrevas a morirte.
Johan no respondió.
No podía.
El Fuego que no se Apaga
En otra sala del hospital, Luar gemía.
El fuego negro y azul que había recibido en el pecho no se apagaba. No importaba cuánta agua le echaran, cuántos hechizos de enfriamiento lanzaran los magos, cuántas vendas empapadas en ungüentos curativos le pusieran. La llama seguía allí, consumiendo su carne lentamente, extendiéndose como una mancha de aceite sobre el agua.
—¡Duele! —gritaba Luar, retorciéndose en la camilla—. ¡Por favor, que alguien lo apague!
Los curanderos lo sujetaban para que no se lastimara. Sus gritos resonaban en los pasillos del hospital, haciendo que los soldados heridos en otras salas se taparan los oídos.
—No podemos —dijo Aelindel, con lágrimas en los ojos—. No sabemos cómo.
Ren, otro miembro del Grupo Alca, estaba arrodillado junto a la camilla de Luar, sosteniéndole la mano.
—Aguanta, compañero —dijo, con voz ronca—. Vas a salir de esta.
—¡No voy a salir! —gritó Luar—. ¡Me estoy muriendo!
Ren no respondió. No podía.
Sabía que era verdad.
El Despertar de Paul
En la tercera sala, la más apartada, Paul yacía en una camilla más grande, con los brazos extendidos a los costados y los ojos cerrados. Los símbolos del Caos en su piel —aquellos tatuajes vivientes que se movían bajo su epidermis como gusanos luminosos— brillaban tenuemente, con un ritmo que imitaba el de su corazón.
Martina estaba sentada a su lado, con la cabeza apoyada en el pecho de él y las manos entrelazadas. No lloraba. No podía. Las lágrimas no salían, aunque las sentía arder detrás de los ojos.
—Paul —susurró—. Por favor, despierta. Los niños te necesitan. Yo te necesito.
No hubo respuesta.
Los símbolos brillaron un poco más.
—Paul...
—Déjalo —dijo una voz a sus espaldas.
Martina se volvió. Era uno de los soldados del Grupo Alca, un hombre alto y delgado llamado Dorn, que había estado haciendo guardia en la puerta.
—El Gran Viejo usó un poder que no comprendemos —dijo Dorn—. Su cuerpo necesita descansar para recuperarse. Si lo forzamos...
—Lo sé —lo interrumpió Martina—. Pero no puedo evitarlo.
Dorn asintió.
—Lo entiendo.
Se quedó en silencio, vigilando la puerta.
Martina volvió a apoyar la cabeza en el pecho de Paul.
—Despierta —susurró—. Por favor.
Los símbolos brillaron.
Y Paul abrió los ojos.
La Conversación
—¿Dónde...?
—Estás en Pitra —dijo Martina, incorporándose rápidamente—. En el hospital. Has estado inconsciente nueve días.
—¿Nueve días? —Paul intentó incorporarse, pero un dolor agudo en el pecho lo detuvo—. ¡Auch!
—No te muevas —dijo Martina—. Los curanderos dijeron que tu cuerpo necesita descansar.
—¿Y los demás? ¿Johan? ¿Luar? ¿Los soldados?
Martina bajó la mirada.
—Johan está en suma urgencia. Luar... Luar está herido. Un fuego que no se apaga.
—¿Un fuego que no se apaga? —Paul frunció el ceño—. ¿De qué color?
—Negro y azul.
Paul cerró los ojos.
—El fuego del Caos —murmuró—. Nalia.
—¿Nalia?
—La diosa oscura. La que está detrás de todo esto.
Paul intentó levantarse de nuevo. Esta vez, logró incorporarse, aunque con esfuerzo. Los símbolos en su piel brillaron con más intensidad, y sintió cómo la energía del Caos fluía por sus venas, caliente y extraña.
—Llevadme donde está Luar —dijo.
—No puedes...
—Llevadme donde está Luar —repitió, con voz firme.
Martina lo miró fijamente. Luego, asintió.
—Ayudadme —dijo a Dorn.
Entre los dos, ayudaron a Paul a levantarse. Sus piernas temblaban, pero se mantuvo en pie.
—Vamos —dijo.
Caminaron hacia la sala de Luar.
La Curación