La noticia de la muerte de Johan se extendió por Pitra como un reguero de pólvora. Los soldados que habían sobrevivido al ataque la recibieron con una mezcla de rabia y tristeza, los curanderos con resignación, los ciudadanos refugiados en las cuevas con miedo. Johan no era un soldado cualquiera. Era el líder del Grupo Alca. El discípulo de Seraphine. El que había sido entrenado por la propia Comandante de Divisiones para ser el mejor de los mejores.
Si él podía morir, cualquiera podía.
En el hospital, el cuerpo de Johan había sido cubierto con una sábana blanca, y los curanderos habían encendido velas a su alrededor, siguiendo la tradición de los Elemens para honrar a sus caídos. La cera goteaba sobre la piedra, formando pequeñas montañas blancas que se acumulaban como recuerdos de lo que se había perdido.
Paul estaba arrodillado junto a la camilla, con la cabeza gacha y los símbolos del Caos brillando débilmente en su piel. No había podido salvarlo. Había llegado demasiado tarde.
—No fue tu culpa —dijo Elaine, a sus espaldas.
—Lo sé —respondió Paul, sin volverse—. Pero duele igual.
—Siempre duele.
Paul se levantó. Sus piernas temblaban, pero se mantuvo erguido.
—¿Dónde está su familia? —preguntó.
—En camino. Mandamos un mensajero en cuanto supimos que no iba a sobrevivir.
—¿Cuánto tardarán en llegar?
—Días. Quizás una semana.
—No podemos esperar tanto.
—No podemos hacer otra cosa.
Paul guardó silencio. Luego, se volvió hacia Elaine.
—Quiero que me cuentes cómo ocurrió. Todo. Desde el principio.
Elaine asintió.
Se sentaron en el suelo de piedra, junto a las velas que iluminaban el rostro pálido de Johan.
El Relato de Elaine
—Salimos de Draxcan hace dos semanas —comenzó Elaine, con la voz ronca—. Todo iba bien. El Gran Viejo y su familia estaban tranquilos, los niños dormían la mayor parte del tiempo, y nosotros... nosotros hacíamos nuestro trabajo. Proteger.
—¿Cuándo los atacaron?
—El día que llegamos a Pitra. Los centinelas nos vieron desde lejos. Abrieron las puertas. Pensamos que estábamos a salvo.
—Pero no lo estaban.
—No. Cilion nos siguió. No sé cómo. No sé por qué. Pero nos siguió.
Elaine cerró los ojos. Las imágenes del ataque pasaban por su mente como dagas.
—Apareció de la nada. Con tres... cosas. No sé si eran humanos o no. Tenían su forma, pero sus ojos... sus ojos no eran humanos.
—¿Qué tenían?
—Brillaban. Rojos. Como brasas.
Paul asintió. Había visto esos ojos antes.
—Johan nos ordenó formar en círculo. Proteger el carruaje. Él se enfrentaría a Cilion solo.
—¿Solo?
—Era su estilo. Siempre quiso ser el héroe.
Elaine esbozó una sonrisa triste.
—Cilion era más rápido de lo que pensábamos. Johan esquivó el primer ataque, y el segundo, y el tercero. Pero el cuarto...
—¿El cuarto?
—Le atravesó el estómago. La armadura no sirvió de nada. La espada no sirvió de nada. Su cuerpo... su cuerpo no sirvió de nada.
Elaine apretó los puños.
—Cayó al suelo. Grité su nombre, pero no podía moverme. Tenía que proteger el carruaje. Tenía que proteger al Gran Viejo. Esa era mi misión.
—Lo hiciste bien —dijo Paul—. Johan estaría orgulloso.
—¿Cree que lo estaría?
—Lo sé.
Elaine bajó la mirada.
—Gracias.
Se quedaron en silencio, escuchando el crepitar de las velas.
—¿Cómo lo hiciste? —preguntó Elaine al fin.
—¿Cómo hice qué?
—Apagar el fuego de Luar. Los curanderos dijeron que era imposible. Que no se podía apagar.
Paul se miró las manos. Los símbolos del Caos brillaron débilmente.
—No lo sé —admitió—. Solo... lo hice.
—¿Solo lo hiciste?
—Los símbolos... me hablan. Me dicen qué hacer. No con palabras, sino con... sensaciones. Cuando vi a Luar ardiendo, supe que podía salvarlo.
—¿Y Johan?
Paul guardó silencio.
—Llegué demasiado tarde —dijo al fin—. Eso es todo.
—No es suficiente.
—Lo sé.
La Llegada de los Refuerzos
Al día siguiente, los refuerzos llegaron a Pitra. Eran soldados del ejército imperial, enviados por el Gran Tilio para asegurar el perímetro y ayudar en la reconstrucción. También traían una carta para Paul.
"Gran Viejo", escribió Tilio, con su caligrafía firme y apresurada, "siento lo de Johan. Era un buen soldado. Un buen hombre. Lo recordaremos.
Te ordeno que vuelvas a Eltrix inmediatamente. No me importa cómo. No me importa cuándo. Vuelve, y prepárate para lo que viene.
La guerra ha comenzado.
Firmado: Tilio Crazpo, Gran Sabio del Reino Sagrado de Draxcan"
Paul leyó la carta dos veces. Luego, la guardó en el interior de su chaqueta.
—Preparad los caballos —dijo a los soldados—. Nos vamos.
—¿A Eltrix? —preguntó Elaine.
—A Eltrix.
—¿Y Johan?
Paul miró el cuerpo cubierto por la sábana blanca.
—Que lo lleven a su familia. Que lo entierren en su tierra. Es lo que habría querido.
Elaine asintió.
—¿Y la guerra?
—La guerra puede esperar. Nosotros no.
La Partida
Salieron de Pitra al amanecer. El sol, que despuntaba sobre las montañas, teñía el cielo de un color naranja sanguinolento que parecía presagiar lo que estaba por venir. Los soldados del Grupo Alca formaban en círculo alrededor del carruaje, con las manos en las riendas y los ojos recorriendo el horizonte.
Dentro del carruaje, Paul miraba por la ventana.
—¿Crees que volveremos? —preguntó Martina.
—Volveremos —respondió Paul—. No sé cuándo, pero volveremos.
—¿Y si no?
—Entonces habremos hecho lo correcto.
Martina le tomó la mano.
—Te quiero.
—También te quiero.
Se quedaron en silencio, mirando el paisaje que se alejaba.
Pitra se quedó atrás, con sus murallas rotas, sus hospitales llenos, sus muertos sin enterrar.