Las Crónicas de Draxcan: Las Cadenas Rotas

Capítulo VIII: El Poder de los Símbolos

El camino hacia Eltrix se extendía ante la comitiva como una serpiente gris que se perdía entre las colinas peladas. Los árboles de corteza plateada, que en otros tiempos bordeaban el sendero con su bioluminiscencia azul pálida, ahora estaban mustios, con las ramas desnudas y las raíces resecas, como si la tierra misma supiera que algo malo se avecinaba.

Paul observaba el paisaje desde la ventanilla del carruaje. Tenía los ojos entornados y los labios apretados, y sus dedos tamborileaban sobre el reposabrazos de cuero con un ritmo nervioso que Martina conocía bien.

—¿En qué piensas? —preguntó ella, acariciándole la mano.

—En Johan —respondió Paul, sin dejar de mirar por la ventana—. En Luar. En lo que viene.

—¿Lo que viene?

—La guerra, Martina. La guerra que Cilion nos ha traído.

—No es tu culpa.

—Lo sé. Pero podría haber hecho más.

Martina guardó silencio. Sabía que cuando Paul se ponía así, no había manera de sacarlo de ahí.

—Los símbolos —dijo al fin—. Los que tienes en la piel. ¿Qué son?

Paul se volvió hacia ella. Sus ojos grises, del color de las tormentas de invierno, brillaron con una luz extraña.

—No lo sé con certeza —admitió—. Los Gran Viejos de Eltrix los han protegido durante siglos. Dijeron que contenían... sabiduría. Conocimiento. La historia de los Elemens.

—¿Y por qué te los dieron?

—Porque soy el Gran Viejo ahora. Porque necesito saber lo que ellos sabían.

Martina arqueó una ceja.

—¿Y qué sabían?

Paul se llevó una mano al pecho, donde los símbolos brillaban débilmente bajo su túnica.

—Sabían que el Caos volvería —dijo—. Sabían que Nalia no se quedaría en su reino subterráneo para siempre. Sabían que alguien tendría que enfrentarla.

—¿Ese alguien eres tú?

—No lo sé. Quizás. Quizás no.

—¿Entonces para qué te dieron los símbolos?

Paul guardó silencio. Luego, respondió:

—Para que pudiera ayudar. Para que pudiera proteger. Para que no estuviera indefenso cuando llegara el momento.

—¿Y crees que ha llegado?

—Sí.

Martina apretó los dedos de él.

—Entonces haz lo que tengas que hacer.

Paul la miró fijamente.

—¿No tienes miedo?

—Claro que tengo miedo —respondió Martina—. Pero tengo más miedo de no hacer nada.

Paul sonrió. Era una sonrisa pequeña, casi imperceptible, pero llena de gratitud.

—Te quiero —dijo.

—También te quiero —respondió ella.

Se quedaron en silencio, mirando el paisaje que se alejaba.

La Noche en el Campamento

Esa noche, acamparon en un claro rodeado de árboles mustios. Los soldados del Grupo Alca montaron las tiendas en formación circular, con el carruaje en el centro, y encendieron una hoguera que proyectaba sombras danzantes en las paredes de lona.

Paul no podía dormir. Los símbolos en su piel brillaban con una intensidad que no le permitía cerrar los ojos.

Salió de la tienda. Se sentó junto al fuego.

—¿No puede dormir, Gran Viejo? —preguntó Elaine, que estaba de guardia.

—No —respondió Paul—. Los símbolos... me mantienen despierto.

—¿Le hablan?

—No con palabras. Con... sensaciones.

—¿Qué sensaciones?

Paul cerró los ojos.

—Miedo —dijo al fin—. Rabia. Tristeza. Pero también esperanza.

—¿Esperanza?

—Los Elemens que crearon estos símbolos... no eran personas felices. Habían visto cosas terribles. Habían perdido a seres queridos. Pero no se rindieron. Siguieron luchando. Por eso crearon esto. Para que los que vinieran después no estuvieran solos.

Elaine guardó silencio.

—¿Usted cree que ganaremos? —preguntó al fin.

—No lo sé —respondió Paul—. Pero lo intentaremos.

—Eso es suficiente.

Paul asintió.

—Sí. Lo es.

La Visión

De repente, los símbolos en su piel brillaron con una intensidad cegadora. Paul sintió cómo el mundo a su alrededor se desvanecía, reemplazado por una imagen que no provenía de sus ojos sino de su mente.

Estaba en un campo de batalla.

No era un campo cualquiera. Era Draxcan. La capital. Las torres del castillo Dracking ardían, y el cielo estaba cubierto de humo negro. Los soldados de la Unión Imperial luchaban contra sombras que se movían con una fluidez que no era humana.

En medio del caos, una figura se alzaba sobre las ruinas.

Nalia.

Sus ojos dorados brillaban con una luz que no era de este mundo, y sus brazos estaban extendidos como si quisiera abrazar la destrucción.

—Paul —dijo, y su voz resonó en la mente de él como un trueno—. Te he visto. Te he visto desde el principio.

—¿Qué quieres? —preguntó Paul, aunque sabía que no era real. Era una visión. Un mensaje.

—Quiero que sepas que no puedes detenerme. Los símbolos del Caos no te protegerán. Nada te protegerá.

—Lo intentaré.

Nalia sonrió. Era una sonrisa fría, vacía, que no tenía nada de humana.

—Lo sé. Por eso me das pena.

La visión se desvaneció.

Paul abrió los ojos. Estaba en el suelo, con Elaine arrodillada a su lado, sujetándole la cabeza.

—Gran Viejo —dijo ella, con voz preocupada—. ¿Qué pasó?

—Nalia —respondió Paul, incorporándose—. Me vio.

—¿Quién?

—La diosa del Caos. La que está detrás de todo esto.

Elaine palideció.

—¿Qué le dijo?

—Que no podemos ganar.

—¿Y usted le cree?

Paul la miró fijamente.

—No —respondió—. No le creo.

Se puso de pie. Los símbolos en su piel brillaban con una intensidad renovada.

—Prepárate, Elaine. Esto no ha terminado.

—Lo sé.

—Va a empeorar.

—Lo sé.

—Pero lucharemos.

Elaine sonrió. Era una sonrisa cansada, pero llena de determinación.

—Siempre lo hemos hecho.



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En el texto hay: guerra epica, intriga y dolor, esperanzaysalvacion

Editado: 17.06.2026

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