En las profundidades del Reino Subterráneo, donde la luz nunca había penetrado y las sombras tenían la densidad de la carne, Nalia observaba a través de los ojos de sus criaturas. Había visto la muerte de Johan. Había visto el despertar de Paul. Había visto cómo los símbolos del Caos brillaban en su piel como un desafío.
—Interesante —murmuró, acariciando la superficie del huevo más grande—. Muy interesante.
El huevo latió. Una vez. Dos veces. Tres veces.
—Todavía no —dijo Nalia—. Todavía no es momento.
El huevo se calmó.
—Pero pronto —añadió—. Muy pronto.
El Llamado de Kidtez
En la superficie, Kidtez caminaba entre los escombros de un subreino recién conquistado. Habían pasado semanas desde el ataque a Pitra, y la guerra se extendía por el sur como una mancha de aceite. Subreino tras subreino caían ante el ejército de la Convención, y los pocos que resistían lo hacían con las uñas, desesperados, sabiendo que los refuerzos nunca llegarían.
Kidtez no estaba contento. Había sido creado por Nalia para ser un guerrero, no un administrador. Pero su madre le había ordenado que supervisara la conquista, y él obedecía. Siempre obedecía.
—Hermano —dijo una voz a sus espaldas.
Kidtez se volvió. Era Darmir, con el cuerpo de Cilion. O lo que quedaba de él. La mitad de su cuerpo seguía desaparecida, y la carne alrededor del muñón estaba ennegrecida, podrida, como si el ataque de Paul hubiera dañado algo más que su forma física.
—Deberías estar descansando —dijo Kidtez.
—No puedo —respondió Darmir—. Nalia me ha ordenado que vaya al frente.
—¿Al frente? ¿Para qué?
—Para liderar el ataque final.
Kidtez arqueó una ceja.
—¿El ataque final? ¿Ya?
—Los subreinos del sur están casi bajo nuestro control. Los refugiados huyen hacia el norte, sembrando el pánico. El ejército imperial está agotado, repartido entre la capital y las fronteras. Es el momento.
—¿Y las murallas de los dragones?
Darmir sonrió. Era una sonrisa fría, cruel, que no tenía nada que ver con la de Cilion.
—Nalia nos enviará ayuda.
—¿Ayuda?
—Bestias. Criaturas creadas en el Reino Subterráneo. Capaces de absorber la magia de los dragones y usarla en nuestra contra.
Kidtez sintió un escalofrío.
—¿Cuándo?
—Pronto.
El Nacimiento de las Bestias
En el Reino Subterráneo, Nalia se acercó a los huevos más pequeños. No eran los que contenían a sus hijos más poderosos, sino a los más numerosos. Los que servirían como carne de cañón en la guerra.
—Es hora —dijo, alzando los brazos.
Los huevos se agitaron. Las vetas doradas que los recorrían pulsaron con una intensidad cegadora, y las cáscaras comenzaron a agrietarse.
De su interior, emergieron criaturas.
No tenían forma fija. Eran masas de carne y sombra, con múltiples extremidades y ojos rojos que brillaban en la oscuridad. Algunas tenían alas. Otras, garras. Todas tenían hambre.
—Id —ordenó Nalia—. Id al mundo de arriba. Ayudad a mis hijos. Destruid a mis enemigos.
Las criaturas chillaron. Un sonido agudo, metálico, que resonó en las paredes de la cueva como el eco de una pesadilla.
Y entonces, desaparecieron.
La Llegada
En el frente sur, los soldados imperiales vieron cómo el cielo se oscurecía. No eran nubes. Eran alas. Miles de alas.
—¡Dragones! —gritó alguien.
Pero no eran dragones. Eran algo peor.
Las criaturas de Nalia descendieron sobre las posiciones imperiales como una plaga. No les importaban las espadas, las flechas, los hechizos. Absorbían la magia de los magos, los elementos de los Elemens, la fuerza de los humanos. Y cuanto más absorbían, más fuertes se volvían.
—¡Retirada! —gritó el comandante.
Pero era demasiado tarde.
Las criaturas arrasaron el campamento en cuestión de minutos. Los soldados corrían en todas direcciones, pero no había escapatoria. Las bestias los alcanzaban, los devoraban, los desintegraban.
Solo unos pocos sobrevivieron.
Los que estaban cerca de los dragones.
Los dragones, al ver a las criaturas de Nalia, rugieron con una furia que hizo temblar la tierra. Escupieron fuego, hielo, rayos. Y las criaturas... las criaturas se alimentaron de ese poder.
—¡No uséis magia! —gritó un Elemens—. ¡Se alimentan de magia!
Pero los soldados no escucharon. No podían. La magia era su única defensa.
Y las criaturas los devoraron.
El Informe
Cuando la noticia llegó a Draxcan, Tilio estaba en su oficina, repasando informes. No había dormido en días. No había comido en horas. Su rostro, antes juvenil, ahora estaba marcado por las ojeras y las arrugas.
—Gran Sabio —dijo Fox, entrando sin llamar—. Tenemos un problema.
—¿Uno más? —preguntó Tilio, con voz cansada.
—El frente sur ha caído.
Tilio levantó la vista.
—¿Qué?
—Las criaturas de Nalia... han atravesado nuestras defensas. Los soldados... los que no murieron, huyeron. Los subreinos del sur están perdidos.
Tilio apoyó la cabeza en las manos.
—¿Cuántos soldados perdimos?
—Miles. Quizás decenas de miles. Aún no tenemos cifras exactas.
—¿Y los dragones?
—Los dragones... también cayeron. Las criaturas absorbieron su magia. Los dejaron inertes.
Tilio cerró los ojos.
—Convoca a los generales —dijo—. Ahora.
—¿Todos?
—Todos.
Fox salió corriendo.
Tilio se quedó solo, mirando el mapa desplegado sobre su escritorio.
Los subreinos del sur estaban marcados con cruces rojas.
Demasiadas cruces.
—Nalia —murmuró—. ¿Qué has hecho?
Nadie le respondió.
Solo el viento, que ululaba entre las torres del castillo, trayendo consigo el olor a humo y a muerte.
La guerra no había terminado.
Apenas comenzaba.