Las Crónicas de Draxcan: Las Cadenas Rotas

Capítulo X: La Carta de Emergencia (El Regreso de Fox)

La carta llegó a las puertas del castillo Dracking en manos de un jinete agotado, cuyo caballo echaba espuma por la boca y cuyas ropas estaban cubiertas de polvo y sangre. No era su sangre. Era de los soldados que habían caído protegiendo su huida desde el frente sur.

—Mensaje urgente para el Gran Sabio —dijo el jinete, antes de desmayarse.

Los guardias lo recogieron y lo llevaron a la enfermería. La carta, untada en cera negra y sellada con el emblema del Grupo Alca —un dragón enroscado sobre sí mismo—, fue entregada inmediatamente a Fox.

Fox la llevó a la oficina de Tilio sin leerla. No era su lugar. No era su derecho.

—Gran Sabio —dijo, entrando sin llamar—. Ha llegado otra carta de emergencia.

Tilio dejó la pluma. Sus dedos, manchados de tinta, temblaron ligeramente.

—¿Del frente sur?

—Sí.

—¿Quién la envía?

—El Grupo Alca.

Tilio tomó la carta. La abrió. La leyó.

Y el mundo se detuvo.

La Carta

Gran Sabio.

Le escribo para informarle de la situación en el frente sur. Las bestias de Nalia han atravesado nuestras defensas. Los subreinos de la costa han caído. Los soldados... los soldados no pueden luchar contra ellas.

Se alimentan de magia. Cuanto más poder usamos contra ellas, más fuertes se vuelven. Los magos son inútiles. Los Elemens también. Solo los humanos... solo los humanos parecen poder herirlas.

Necesitamos refuerzos. Desesperadamente.

El Grupo Alca ha perdido a tres de sus miembros. Johan murió en Pitra. Luar está herido. Elaine está al mando, pero no puede contener el avance sola.

Por favor, Gran Sabio. Envíe ayuda. O no quedará nada del sur.

Firmado: Elaine, miembro del Grupo Alca

Tilio dejó la carta sobre la mesa. Sus manos temblaban.

—Fox —dijo—. ¿Dónde está Seraphine?

—En el patio, supervisando el entrenamiento de los nuevos reclutas.

—Tráela. Y trae a los generales. Todos.

—¿También a Aldric?

—También a Aldric.

Fox asintió y salió corriendo.

Tilio se quedó solo, mirando la carta.

—Bestias de Nalia —murmuró—. Qué has hecho.

La Reunión

Los generales llegaron uno tras otro. Elroan, con su armadura impecable y su expresión impasible. Marcus, con su prótesis de hierro chirriando al caminar. Aldric, con su túnica azul manchada de tinta y una expresión de impaciencia apenas disimulada.

Seraphine fue la última. Entró sin llamar, como siempre, y se sentó junto a Tilio.

—He leído la carta —dijo, sin preámbulos—. Elaine es mi discípula. Confío en ella. Si dice que las bestias se alimentan de magia, es cierto.

—¿Y qué propones? —preguntó Aldric, con voz gélida.

—Propongo que enviemos refuerzos. Humanos. Sin magia. Sin elementos.

—¿Humanos? —Elroan arqueó una ceja—. ¿Contra las criaturas de Nalia?

—Los humanos son los únicos que pueden herirlas —respondió Seraphine—. La carta lo dice.

—¿Y si es una trampa? —preguntó Aldric.

—Elaine no me mentiría.

—No me refiero a Elaine. Me refiero a la carta. A quién la envió.

Seraphine lo miró fijamente.

—¿Qué insinúa?

—Nada. Solo digo que debemos ser cautelosos.

—La cautela nos ha llevado a perder el sur —intervino Tilio, con voz firme—. Ya no podemos permitirnos ser cautelosos.

—¿Qué propone, Gran Sabio? —preguntó Marcus.

—Propongo que enviemos a Fox.

El silencio se volvió denso.

—¿Fox? —Aldric soltó una risa sarcástica—. ¿El asistente? ¿El que fue infiltrado en la Convención? ¿El que casi muere?

—El mismo.

—¿Y qué va a hacer? ¿Hablar con las bestias?

—Va a llevar un mensaje. A Paul.

—¿A Paul? —Elroan frunció el ceño—. ¿El Gran Viejo? ¿Para qué?

—Para que active los símbolos del Caos.

El silencio se volvió aún más denso.

—¿Activar los símbolos? —preguntó Seraphine—. ¿Eso es posible?

—Paul lo hizo en Pitra —respondió Tilio—. Apagó el fuego de Luar. Puede hacerlo de nuevo.

—¿Y si no puede? —preguntó Aldric.

—Entonces habremos perdido el sur. Y la capital. Y el reino.

Aldric guardó silencio.

—Prepárense —dijo Tilio—. Fox parte al amanecer.

El Regreso de Fox

Fox no durmió esa noche. Estaba en su habitación, repasando su equipo una y otra vez: la armadura ligera de cuero, las dagas ocultas en las botas, la piedra de comunicación —una nueva, que Tilio le había dado—, y la carta que debía entregar a Paul.

La carta estaba sellada con cera negra y el emblema del Gran Sabio. Fox no sabía lo que decía. No quería saberlo.

Al amanecer, bajó al patio. Los soldados formaban en dos filas, con las antorchas encendidas y las armaduras relucientes. Tilio estaba esperando junto a la puerta principal, con Seraphine a su lado.

—¿Estás listo? —preguntó Tilio.

—No —respondió Fox.

—Bien. La gente que está lista suele ser la que muere primero.

Fox sonrió. Era una sonrisa torcida, nerviosa, pero genuina.

—Gracias, Gran Sabio.

—No me des las gracias. Vuelve con vida. Esa es tu única misión.

Fox asintió. Montó en su caballo.

—Que los dioses te acompañen —dijo Seraphine.

—Los dioses no van a acompañarme —respondió Fox—. Voy a acompañarlos yo a ellos.

Espoleó su caballo. Salió al galope.

Tilio y Seraphine se quedaron mirando cómo se alejaba.

—¿Crees que llegará? —preguntó Seraphine.

—Tiene que hacerlo —respondió Tilio—. Si no... no sé qué haré.

Seraphine le tomó la mano.

—Llegará.

—Ojalá tengas razón.



#1237 en Fantasía
#1672 en Otros
#86 en Aventura

En el texto hay: guerra epica, intriga y dolor, esperanzaysalvacion

Editado: 17.06.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.