Las Crónicas de Draxcan: Las Cadenas Rotas

Capítulo XI: El Llanto de Seraphine

La noche había caído sobre Draxcan como una losa de granito. Las antorchas de los pasillos del castillo Dracking crepitaban con una luz temblorosa que apenas lograba disipar las sombras que se acumulaban en los rincones, como si la oscuridad supiera que su hora estaba cerca y se preparara para reclamar lo que le pertenecía.

Tilio no podía dormir. Otra vez. Llevaba días así, semanas, meses. Desde que la guerra había comenzado, el sueño se había convertido en un lujo que no podía permitirse. Cada vez que cerraba los ojos, veía a los soldados caer. Veía a los subreinos arder. Veía a las criaturas de Nalia devorando todo a su paso.

Esta noche, sin embargo, no estaba en su oficina. Estaba en su habitación, el único lugar del castillo donde podía bajar la guardia. El único lugar donde podía ser Tilio y no el Gran Sabio.

Seraphine estaba con él.

No había pasado nada entre ellos esa noche. No hacía falta. A veces, solo estar juntos era suficiente. Compartir el silencio. Compartir el miedo. Compartir la certeza de que, pase lo que pase, no estaban solos.

—¿No puedes dormir? —preguntó Seraphine, con la cabeza apoyada en el pecho de él.

—No —respondió Tilio, acariciándole el cabello—. No puedo.

—Yo tampoco.

—¿En qué piensas?

—En Johan. En Elaine. En Paul. En todos los que están luchando mientras nosotros estamos aquí, a salvo.

—No estamos a salvo —dijo Tilio, con voz amarga—. Nadie lo está.

Seraphine levantó la cabeza. Lo miró fijamente.

—¿Crees que ganaremos?

—No lo sé.

—¿Crees que sobreviviremos?

—Eso espero.

—No es lo mismo.

Tilio guardó silencio.

—Tengo miedo —dijo Seraphine, en voz baja—. No por mí. Por ti. Por todos los que quiero.

—Yo también tengo miedo —admitió Tilio—. Pero no puedo permitirme demostrarlo.

—¿Por qué?

—Porque si el Gran Sabio tiene miedo, el reino tiene miedo. Y si el reino tiene miedo, la guerra está perdida.

Seraphine apretó los labios.

—Eso no es justo.

—La guerra nunca lo es.

Se quedaron en silencio, escuchando el latido de sus corazones.

—Tilio —dijo Seraphine, al cabo de un rato.

—¿Dime?

—¿Crees que Paul podrá activar los símbolos?

—No lo sé. Pero es nuestra única esperanza.

—¿Y si no puede?

—Entonces buscaremos otra.

—¿Y si no hay otra?

Tilio la miró fijamente. Sus ojos, grises como los de ella, brillaron con una determinación que Seraphine conocía bien.

—Entonces crearemos una.

El Llanto

Seraphine no dijo nada más. Apretó la cabeza contra el pecho de Tilio y se quedó quieta, escuchando los latidos de su corazón.

Pero los latidos no eran suficientes para ahogar los pensamientos.

Pensaba en Johan. En su discípulo. En el chico al que había entrenado durante años, al que había enseñado a pelear, a sobrevivir, a ser el mejor. Johan no era solo un soldado. Era su legado. Su orgullo. Y ahora estaba muerto.

No había podido llorarlo. No había tenido tiempo. La guerra la había absorbido antes de que pudiera procesar la pérdida. Pero ahora, en la oscuridad de la habitación de Tilio, con el silencio como único testigo, las lágrimas comenzaron a brotar.

Tilio sintió cómo el cuerpo de Seraphine temblaba. Cómo su respiración se entrecortaba. Cómo las lágrimas empapaban su camisa.

—Seraphine —dijo, en voz baja.

—No me mires —respondió ella, con la voz quebrada—. No quiero que me veas así.

—Ya te he visto llorar antes.

—No así.

Tilio la abrazó con más fuerza.

—Está bien llorar —dijo—. Está bien tener miedo. Está bien no ser fuerte todo el tiempo.

—Si lloro, significa que me he rendido.

—No. Significa que eres humana.

—No soy humana —respondió Seraphine, con una sonrisa triste—. Soy Elemens.

—Para mí eres humana. Para mí eres... todo.

Seraphine levantó la cabeza. Sus ojos, enrojecidos por el llanto, se encontraron con los de él.

—Te quiero —dijo—. Y tengo miedo de perderte.

—No me perderás.

—No puedes prometer eso.

—Lo prometo de todas formas.

Se besaron. Un beso suave, casi casto, pero cargado de un significado que ninguna palabra podría expresar.

—Vas a sobrevivir —dijo Tilio, con la frente apoyada en la de ella—. Vamos a sobrevivir. Vamos a ganar esta guerra. Y vamos a tener una familia. Te lo prometo.

—Eres un necio —susurró Seraphine.

—Tu necio.

Se quedaron en silencio, abrazados, mientras la noche seguía su curso.

Afuera, el viento ululaba entre las torres del castillo.

La guerra no esperaba.

Pero ellos, al menos por esa noche, se concedieron un respiro.



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En el texto hay: guerra epica, intriga y dolor, esperanzaysalvacion

Editado: 17.06.2026

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