El sol amaneció sobre Draxcan con un tono anaranjado que parecía más bien sangre diluida. Las nubes, bajas y grises, se arrastraban sobre las torres del castillo Dracking como si también ellas estuvieran esperando algo que no terminaba de llegar.
Tilio había convocado a los generales a una reunión de emergencia. No en la Cripta de los Juramentos, donde solían reunirse para asuntos de estado, sino en la sala de estrategias, una estancia circular en la planta alta del castillo desde la que se dominaba toda la capital.
Los generales llegaron uno tras otro. Elroan, con su armadura impecable y su expresión impasible. Marcus, con su prótesis de hierro chirriando al caminar. Aldric —a quien Tilio todavía no había destituido, aunque todos sabían que su lealtad estaba en entredicho—, con su túnica azul manchada de tinta.
Seraphine fue la última. Entró sin llamar, como siempre, y se sentó junto a Tilio.
—Gracias por venir —dijo Tilio, sin preámbulos—. Sé que todos están ocupados. Pero esto es importante.
—¿De qué se trata? —preguntó Elroan.
—De la guerra. De cómo vamos a ganarla.
—¿Vamos a ganarla? —Aldric arqueó una ceja—. Creí que estábamos perdiendo.
—Por ahora —respondió Tilio—. Pero eso va a cambiar.
—¿Y cómo piensa cambiar? ¿Con más soldados? ¿Con más armas? ¿Con más magia? Las bestias de Nalia se alimentan de magia. Cuanto más usamos, más fuertes se vuelven.
—Por eso no vamos a usar magia.
El silencio se volvió denso.
—¿Qué? —preguntó Marcus, incrédulo—. ¿Cómo vamos a luchar sin magia?
—Con espadas —respondió Tilio—. Con lanzas. Con flechas. Con lo que siempre hemos usado antes de que los magos y los Elemens decidieran que la magia lo solucionaba todo.
—Eso es una locura —dijo Aldric—. Los soldados están entrenados para usar magia. Los Elemens para usar elementos. Los magos...
—Los magos están muertos —lo interrumpió Seraphine, con voz fría—. Los que no, huyeron. Las bestias de Nalia los devoraron.
Aldric cerró la boca.
—Vamos a activar el Artículo 4 —dijo Tilio—. Vamos a llamar a las reservas. Vamos a reclutar a todos los humanos que puedan empuñar una espada.
—¿Humanos? —Elroan frunció el ceño—. ¿Solo humanos?
—Los humanos son los únicos que no usan magia. Los únicos que pueden herir a las bestias.
—¿Y los elfos? ¿Y los magos? ¿Y los Elemens?
—Protegerán la capital. Reforzarán las murallas. Ayudarán en la retaguardia. Pero no irán al frente.
Los generales intercambiaron miradas.
—Está arriesgando todo —dijo Marcus, en voz baja.
—Lo sé.
—Si esto falla...
—No va a fallar.
—¿Cómo puede estar tan seguro?
Tilio lo miró fijamente.
—Porque no me queda otra opción.
El Decreto
Esa misma tarde, Tilio firmó el decreto que activaba el Artículo 4. No fue una ceremonia solemne. No hubo discursos, ni multitudes, ni pregoneros anunciando la noticia. Solo Tilio, una pluma, un pergamino y el sello del Gran Sabio.
Cuando la tinta se secó, Fox tomó el pergamino.
—¿Quiere que lo entregue personalmente? —preguntó.
—No. Que los notificadores lo lleven a todos los rincones del reino. Que sepan que la guerra ha comenzado. Que sepan que necesitamos a todos los que puedan luchar.
—¿Y los que no puedan?
—Que huyan al norte. Que se escondan. Que recen.
Fox asintió. Salió de la oficina.
Tilio se quedó solo, mirando el mapa desplegado sobre su escritorio.
Los subreinos del sur estaban marcados con cruces rojas.
Demasiadas cruces.
—Que los dioses nos ayuden —murmuró.
Pero no creía en los dioses.
Nunca lo había hecho.
La Respuesta
Los notificadores recorrieron el reino durante días. Llevaban consigo copias del decreto, selladas con el emblema del Gran Sabio, y las leían en las plazas de cada ciudad, cada pueblo, cada aldea.
En el Distrito Humano, la reacción fue inmediata. Los hombres se alistaron en masa, no por patriotismo, sino por desesperación. Sabían que si la capital caía, no quedaría nada. Sus familias morirían. Sus hijos morirían. Y ellos con ellos.
En el Distrito Mágico, la reacción fue más tibia. Los magos estaban acostumbrados a luchar con magia, no con espadas. Muchos se negaron a alistarse, prefiriendo huir al norte con sus familias. Otros, los más jóvenes, se unieron por orgullo o por miedo.
En el Distrito Élfico, la reacción fue de indiferencia. Los elfos llevaban siglos aislándose del resto del reino, y no veían por qué debían luchar por una capital que nunca les había ofrecido nada. Solo unos pocos se unieron, aquellos que aún creían en el sueño de un reino unido.
En el Distrito Original, la reacción fue de furia. Los Elemens se sintieron insultados por la decisión de Tilio de no enviarlos al frente. Eran los guerreros más poderosos del reino. ¿Cómo podía dejarlos de lado?
Pero Seraphine los calmó.
—No es un insulto —dijo, en una reunión con los líderes de los clanes—. Es una estrategia. Las bestias se alimentan de magia. Si ustedes van al frente, las fortalecerán. Si se quedan aquí, protegerán la capital.
—¿Y los humanos? —preguntó un anciano Elemens—. ¿Ellos sí pueden morir?
—Los humanos también pueden morir —respondió Seraphine—. Pero al menos su muerte servirá para algo.
El anciano guardó silencio.
—Está bien —dijo al fin—. Confiamos en usted.
Seraphine asintió.
—No los defraudaré.
En cuestión de semanas, Tilio reunió un ejército de cien mil hombres. No eran soldados profesionales. Eran campesinos, artesanos, comerciantes. Hombres que nunca habían empuñado una espada, pero que estaban dispuestos a morir por sus familias.
Elroan se encargó de entrenarlos. No podía enseñarles magia, ni elementos, ni técnicas avanzadas. Pero podía enseñarles a luchar. A formar filas. A mantener la disciplina.
—No les pido que sean héroes —les dijo, en su primer discurso—. Les pido que sean soldados. Que sigan las órdenes. Que no huyan. Que se protejan unos a otros.