El Valle de los Dragones no aparecía en ningún mapa del Reino Sagrado de Draxcan. No porque los cartógrafos no hubieran intentado plasmarlo, sino porque el valle se negaba a ser encontrado. Siglos atrás, los primeros Elemens que descubrieron aquel lugar habían tejido runas de ocultación en la propia roca, de modo que los caminos que llevaban a él se desviaban solos, y los viajeros que se acercaban demasiado sentían un sueño repentino que los obligaba a dar la vuelta sin saber por qué.
Solo los Elemens podían entrar. Solo ellos podían escuchar el latido de la tierra.
Y ahora, los Elemens del ejército imperial acudían al valle en masa.
No era una decisión fácil. Llamar a los dragones significaba despertar a los seres más poderosos que su raza había conocido. Significaba pedir ayuda a criaturas que habían dormido durante siglos, esperando el momento adecuado para volver a surcar los cielos.
Pero el momento había llegado.
La Llamada
En los cuarteles del Distrito Original, los soldados Elemens se reunieron en círculo, alrededor de una hoguera que ardía con una llama azulada, distinta a cualquier fuego normal. No era magia. Era elemento. Era la esencia pura de su raza.
—Es hora —dijo Seraphine, que había viajado desde la capital para liderar la ceremonia—. Toquen sus gemas. Llamen a sus dragones.
Los soldados obedecieron.
Cada uno llevaba una mano al pecho, donde la Gema de la Conexión latía al ritmo de su corazón. Cerraron los ojos. Concentraron su poder.
Y llamaron.
No con palabras. No con hechizos. Con la mente. Con el alma. Con la conexión que los unía a sus dragones desde el momento de su nacimiento.
Durante un instante, no pasó nada.
Luego, la tierra tembló.
No fue un temblor violento, de esos que derrumban edificios. Fue un latido. Un pulso profundo que parecía venir del centro del mundo.
Los soldados abrieron los ojos.
En el horizonte, puntos de luz comenzaron a aparecer.
No eran estrellas. Eran dragones.
El Vuelo
Los dragones llegaron desde todas direcciones. Los había de todos los tamaños y colores: rojos como el fuego, azules como el océano, verdes como los bosques, plateados como la luna. Sus alas, desplegadas contra el cielo gris, proyectaban sombras que cubrían campos enteros.
Uno de ellos, el más grande, era de un color negro azabache, con escamas que parecían absorber la luz del sol. Sus ojos, del color del ámbar líquido, brillaban con una inteligencia que no era humana.
Seraphine sintió una punzada en el pecho.
No había llamado a su dragón. No todavía. Pero su gema latía con fuerza, reclamando lo que le pertenecía.
—No —murmuró, apretando la mano contra su pecho—. Todavía no.
El dragón negro la miró fijamente.
Luego, siguió volando.
La Conexión
Los dragones aterrizaron en el valle, uno tras otro. Los soldados corrieron hacia ellos, abrazándolos, acariciándolos, hablándoles en la lengua antigua de los Elemens.
No eran mascotas. No eran herramientas. Eran compañeros. Hermanos. Almas gemelas.
—¿Cuánto tiempo hemos dormido? —preguntó el dragón más viejo, un anciano de escamas doradas cuyo dueño había muerto siglos atrás.
—Demasiado —respondió Seraphine, acercándose a él—. Pero ha llegado el momento de despertar.
—¿Por qué? ¿Qué amenaza nos obliga a dejar nuestro sueño?
—El Caos. Nalia. Sus bestias.
El dragón dorado arqueó una ceja.
—La hija olvidada —murmuró—. Siempre supimos que regresaría.
—Y ahora ha regresado.
—¿Y qué esperas de nosotros?
—Que luchen. Que protejan. Que hagan lo que siempre han hecho.
El dragón dorado guardó silencio.
—Lucharemos —dijo al fin—. Pero no por ti. No por los humanos. No por los elfos. Lucharemos por la tierra. Por el hogar que compartimos.
Seraphine asintió.
—Eso es suficiente.
El Rugido
Cuando todos los dragones estuvieron reunidos, el dragón dorado alzó la cabeza hacia el cielo y rugió.
No era un rugido normal. Era un rugido que resonó en las montañas, en los valles, en los bosques. Un rugido que llegó a oídos de los soldados en el frente sur, de los refugiados en las cuevas subterráneas, de los ciudadanos en la capital.
Un rugido que decía: "Hemos despertado. La guerra ha comenzado. Y no estaremos solos."
En Draxcan, Tilio escuchó el rugido desde su oficina. Se levantó de la silla. Se acercó a la ventana.
—Los dragones —murmuró.
—Los dragones —confirmó Seraphine, que estaba a su lado.
—¿Crees que será suficiente?
—No lo sé. Pero al menos tendremos una oportunidad.
Tilio asintió.
—Una oportunidad es todo lo que necesitamos.