La noche era fría, pero la habitación de Tilio en el castillo Dracking estaba caldeada por el fuego de la chimenea. Las llamas crepitaban suavemente, lanzando sombras danzantes sobre las paredes de piedra, y el olor a leña quemada se mezclaba con el aroma de las velas de cera que descansaban sobre la mesilla.
Tilio estaba sentado en el borde de la cama, con la espalda apoyada en la cabecera de madera tallada. Llevaba puesta una camisa de lino blanco, holgada, y los pies descalzos sobre la alfombra de lana. Seraphine estaba a su lado, con la cabeza apoyada en su hombro y los brazos rodeando su cintura.
No hablaban. No hacía falta.
Llevaban semanas sin tener un momento así. La guerra los había consumido por completo: reuniones, estrategias, informes, discursos. Tilio apenas dormía, y cuando lo hacía, era en su oficina, con la cabeza apoyada en los brazos sobre el escritorio. Seraphine había pasado días enteros en el frente, entrenando a los nuevos reclutas, supervisando la llegada de los dragones, asegurándose de que los Elemens estuvieran listos para lo que venía.
Pero esa noche, por fin, se habían concedido un respiro.
—¿En qué piensas? —preguntó Seraphine, rompiendo el silencio.
—En cómo hemos llegado hasta aquí —respondió Tilio—. En todo lo que ha pasado. En todo lo que está por venir.
—¿Tienes miedo?
—Sí.
—Yo también.
Tilio apretó el brazo que rodeaba los hombros de ella.
—Pero no estamos solos.
—No —confirmó Seraphine—. No lo estamos.
La Conversación
Seraphine levantó la cabeza y lo miró fijamente. Sus ojos grises, del color de las tormentas de invierno, brillaban con la luz de las llamas.
—Tilio —dijo—. Hay algo que quiero preguntarte desde hace tiempo.
—Dime.
—¿Cómo es que te ves tan joven? Tienes cincuenta y ocho años, pero pareces un hombre de veinte. Los humanos envejecen. Tú no.
Tilio esbozó una sonrisa triste.
—¿De verdad quieres saberlo?
—Claro que quiero.
—No es una historia bonita.
—No me importa.
Tilio guardó silencio. Sus dedos recorrieron el brazo de Seraphine, acariciando su piel suavemente.
—En la universidad —dijo al fin—, me enfermé. Gravemente. Mis riñones dejaron de funcionar. Los médicos dijeron que me quedaban pocas semanas de vida.
Seraphine apretó los labios.
—No sabía que...
—Nadie lo sabe. Lo mantuve en secreto. No quería que la gente me viera como a un enfermo.
—¿Y cómo sobreviviste?
—Me operaron. Me reemplazaron los riñones. Con órganos de un Elemens.
Seraphine se incorporó. Lo miró fijamente.
—¿Un Elemens te donó sus riñones?
—Sí. No sé quién. Nunca me dijeron su nombre. Solo que era joven. Que había muerto en un accidente. Que su familia aceptó donar sus órganos.
—Eso es... increíble.
—Es raro —admitió Tilio—. Muy raro. Los Elemens no suelen donar órganos a otras razas. Pero este caso fue diferente.
—¿Y por eso no envejeces?
—Los órganos de los Elemens tienen propiedades especiales. Regeneración. Longevidad. No me dieron poderes, ni magia, ni elementos. Pero mi cuerpo... mi cuerpo cambió.
—¿Cuánto tiempo más vivirás?
—No lo sé. Quizás cien años. Quizás doscientos. Quizás más.
—Eso es mucho tiempo para un humano.
—Para un humano, sí. Para un Elemens... es un suspiro.
Seraphine bajó la mirada.
—Tengo trescientos años —dijo—. Si esta guerra termina, si sobrevivimos... aún me quedarán siglos por delante. Y tú...
—Yo moriré —completó Tilio, con voz tranquila—. Algún día. Pero no será pronto. Y mientras tanto...
—¿Mientras tanto?
—Mientras tanto, estaremos juntos.
La Confesión
Seraphine se quedó en silencio. Las lágrimas brotaron de sus ojos, silenciosas, calientes.
—No quiero perderte —susurró.
—No me perderás.
—No puedes prometer eso.
—Puedo intentarlo.
Seraphine apoyó la frente en el pecho de Tilio.
—Los Elemens tenemos tres corazones —dijo, con la voz quebrada—. Y uno de ellos... uno de ellos late por ti.
Tilio no respondió. La abrazó con más fuerza.
—No sé cuánto tiempo me quede —dijo—. Pero mientras viva, estaré a tu lado.
—¿Lo prometes?
—Lo prometo.
Se quedaron en silencio, abrazados, mientras el fuego de la chimenea crepitaba y las sombras bailaban en las paredes.
Afuera, la guerra seguía su curso.
Pero dentro de esa habitación, al menos por esa noche, el tiempo se detuvo.