Las Crónicas de Draxcan: Las Cadenas Rotas

Capítulo XV: La Promesa

El fuego de la chimenea se había consumido casi por completo, dejando solo brasas rojizas que palpitaban como un corazón moribundo. La habitación de Tilio estaba sumida en una penumbra cálida, apenas iluminada por las velas que aún no se habían apagado.

Seraphine seguía apoyada en el pecho de él, con los brazos rodeando su cintura y la cabeza sobre su hombro. No había llorado más. Las lágrimas se habían secado en sus mejillas, dejando solo un rastro salino que Tilio había besado una por una.

—¿Sabes una cosa? —dijo Tilio, rompiendo el silencio.

—¿Qué?

—Nunca imaginé que terminaría así.

—¿Así cómo?

—En una habitación, a solas, con la mujer que amo, mientras el mundo se desmorona afuera.

Seraphine sonrió. Una sonrisa pequeña, cansada, pero genuina.

—Yo tampoco.

—¿Y qué imaginabas?

—No lo sé. Quizás que me convertiría en general. Que pasaría mi vida luchando. Que moriría en el campo de batalla, como todos los Elemens antes que yo.

—No vas a morir en el campo de batalla.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque no te lo voy a permitir.

Seraphine levantó la cabeza. Lo miró fijamente.

—No puedes controlar la guerra, Tilio. No puedes controlar la muerte.

—Puedo intentarlo.

—Eres un necio.

—Tu necio.

Se besaron. No fue un beso apasionado, de esos que comparten los amantes desesperados. Fue un beso suave, casi casto, cargado de una ternura que ninguno de los dos sabía que aún podían sentir.

La Promesa

—Seraphine —dijo Tilio, separándose apenas unos centímetros de sus labios.

—¿Dime?

—Quiero prometerte algo.

—¿Qué?

—Que cuando esta guerra termine, cuando todo esto haya pasado... vamos a tener una familia.

Seraphine parpadeó.

—¿Una familia?

—Hijos. Una casa. Una vida normal.

—No hay nada normal en nuestra vida.

—Lo sé. Pero podemos intentarlo.

Seraphine guardó silencio. Sus dedos acariciaban el borde de la camisa de Tilio.

—¿Y si la guerra termina mal?

—Entonces habremos intentado.

—¿Y si no terminamos juntos?

—Terminaremos.

—¿Cómo puedes estar tan seguro?

Tilio le tomó la cara entre las manos.

—Porque te quiero —dijo—. Porque quiero pasar el resto de mi vida contigo. Porque no me importa la ley que prohíbe nuestra relación. Porque voy a cambiarla.

—¿Cuándo?

—Cuando esto termine. Cuando la gente deje de tener miedo. Cuando el reino esté en paz.

—¿Y si nunca está en paz?

—Entonces lo haré durante la guerra.

Seraphine sonrió. Lágrimas volvieron a brotar de sus ojos, pero esta vez no eran lágrimas de tristeza. Eran de esperanza.

—Te quiero —dijo—. Y quiero tener una familia contigo.

—¿De verdad?

—De verdad.

Tilio la abrazó. La apretó con fuerza, como si temiera que fuera a desaparecer.

—Gracias —murmuró—. Gracias por creer en mí.

—Siempre he creído en ti. Desde que éramos niños.

—¿Desde que éramos niños?

—Desde entonces.

Tilio se quedó en silencio. Recordó los viejos tiempos, cuando corrían por los pasillos del castillo, cuando se escondían de los guardias, cuando compartían secretos que nadie más conocía.

—¿Te acuerdas del collar? —preguntó.

—¿El collar de plata?

—Ese.

—Claro que me acuerdo. Me lo diste el día que te fuiste a la universidad.

—Dijiste que era un regalo de despedida.

—Lo fue.

—Pero no fue solo eso.

—¿No?

—Era una promesa —dijo Tilio—. Una promesa de que volvería. De que estaría contigo. De que nunca te olvidaría.

Seraphine se llevó una mano al pecho, donde el collar descansaba bajo su armadura.

—Nunca me lo quité —dijo.

—Lo sé.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque te he visto usarlo. En las reuniones. En las batallas. En las noches que pasamos juntos.

Seraphine sonrió.

—Eres un hombre observador.

—Contigo, siempre.

La Noche

El fuego se apagó del todo. Las brasas dejaron de palpitar, y la habitación quedó sumida en una oscuridad casi total.

Tilio y Seraphine se quedaron en silencio, abrazados, escuchando el latido de sus corazones.

—¿Crees que sobreviviremos? —preguntó Seraphine, en voz baja.

—No lo sé —respondió Tilio—. Pero lo intentaremos.

—Eso es suficiente.

—Sí. Lo es.

Se besaron otra vez. Esta vez más despacio, más profundamente. Un beso que no decía adiós, sino hasta luego.

Afuera, la guerra seguía.

Pero dentro de esa habitación, el tiempo se detuvo.

Al menos por una noche.



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En el texto hay: guerra epica, intriga y dolor, esperanzaysalvacion

Editado: 17.06.2026

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