En el corazón del territorio controlado por la Convención, muy al sur, donde los subreinos habían caído uno tras otro y la tierra estaba cubierta de ceniza y huesos, Darmir y Kidtez se preparaban para el siguiente movimiento.
La cueva donde se escondían era vasta, más grande que las anteriores, iluminada por una luz rojiza que provenía de las grietas del suelo. No era fuego. Era magma. El calor era sofocante, pero ninguno de los dos lo notaba. No eran humanos. No necesitaban las mismas comodidades.
Darmir estaba de pie frente a un mapa desplegado sobre una mesa de piedra. El mapa mostraba el Reino Sagrado de Draxcan completo, con sus distritos, sus subreinos, sus rutas comerciales, sus fortalezas. Pero sobre él, marcados con tinta roja, había símbolos que ningún cartógrafo humano habría reconocido. Eran runas del Caos.
—¿Cuántos subreinos nos quedan por tomar? —preguntó Kidtez, acercándose.
—Los del norte resisten —respondió Darmir, sin volverse—. Pero no por mucho tiempo.
—¿Y las bestias de Nalia?
—Están arrasando todo a su paso. Los soldados imperiales no pueden contra ellas.
—¿Y los dragones?
—Los dragones... —Darmir sonrió. Era una sonrisa fría, cruel, que no tenía nada que ver con la de Cilion—. Los dragones alimentaron a las bestias.
—¿Entonces?
—Entonces la victoria está cerca.
Kidtez asintió. No preguntó más.
La Conversación con Nalia
Darmir cerró los ojos. Se concentró. Su mente se conectó con la de Nalia, una conexión que no dependía de la distancia ni del tiempo.
—Madre —dijo mentalmente—. El ataque final está listo.
—¿Los soldados están preparados? —preguntó Nalia.
—Sí.
—¿Las bestias?
—También.
—¿Y los símbolos del Caos? ¿El Gran Viejo?
Darmir dudó.
—Paul... sigue siendo un problema. Curó a Luar. Usó los símbolos. Nuestra magia no lo afecta.
—Lo sé —respondió Nalia—. Por eso he decidido ocuparme de él personalmente.
—¿Personalmente? —Darmir arqueó una ceja—. ¿Cómo? No puede salir del Reino Subterráneo. Equimio se lo prohibió.
—No necesito salir. Puedo enviar... algo más.
—¿Algo más?
—Una pesadilla. Una visión. Algo que lo debilite desde dentro.
Darmir guardó silencio.
—¿Y si no funciona?
—Entonces lo mataremos como a los demás.
Darmir asintió.
—Como ordene, madre.
La conexión se cortó.
La Preparación
Kidtez lo miró fijamente.
—¿Qué ha dicho?
—Que enviará una pesadilla a Paul. Para debilitarlo.
—¿Crees que funcionará?
—No lo sé —admitió Darmir—. Pero mientras tanto, nosotros seguiremos con el plan.
—¿El plan?
—Atacar Draxcan. Tomar la capital. Matar al Gran Sabio.
—¿Y luego?
—Luego... el mundo será de Nalia.
Kidtez sonrió. Era una sonrisa ansiosa, hambrienta.
—Llevamos siglos esperando este momento.
—Ya no queda nada que esperar.
Darmir se volvió hacia la entrada de la cueva. Afuera, el sol comenzaba a ponerse, tiñendo el cielo de un color naranja sanguinolento.
—Prepárate, hermano. Esto no ha terminado.
—Lo sé.
—Va a empeorar.
—Lo sé.
—Pero lucharemos.
Kidtez asintió.
—Siempre lo hemos hecho.