Las Crónicas de Draxcan: Los Cimientos de las Cenizas

Capítulo I: Los Cimientos del Control (El Legado)

El trono de basalto negro no cedía el calor.

Tilio lo descubrió en su primera noche como Gran Sabio, cuando se sentó en él a solas, después de que los sirvientes hubieran apagado las antorchas y los generales se hubieran retirado a sus aposentos. La piedra no estaba fría. Estaba vacía. Vacía de toda calidez humana, de toda piedad, de todo retorno. Era como sentarse sobre la boca de un pozo sin fondo, y cuanto más tiempo permanecía Tilio en él, más sentía que algo dentro de sí comenzaba a resquebrajarse.

Había pasado menos de una semana desde que Reax había anunciado su renuncia en el balcón del castillo, ante una multitud que aún no terminaba de procesar lo que había ocurrido. Los periódicos de Draxcan habían publicado ediciones especiales con el rostro de Tilio en primera plana, acompañados de titulares que oscilaban entre la esperanza cautelosa y el escepticismo mal disimulado. "El primer Gran Sabio humano", decían unos. "El títere de Reax", susurraban otros en los callejones donde los guardias no llegaban. La verdad, como casi siempre, estaba en algún punto intermedio que nadie se molestaba en buscar.

Tilio no durmió esa noche. Ni la siguiente. Se pasaba las horas muertas recorriendo los corredores del castillo Dracking con la misma inquietud que había caracterizado a Maez, el joven Elemens encarcelado en las mazmorras inferiores, cuyos pasos seguían resonando en la piedra aunque llevaba doscientos cincuenta años caminando en círculos. Tilio pensó en Maez mientras recorría los pasillos vacíos. Pensó en Caelum, el anciano de más de mil años que seguía esperando, paciente como una montaña, a que el mundo exterior se pusiera al día con lo que él ya sabía. Pensó en los Once Originales que Reax había liberado, y en cómo la libertad no era lo mismo que la justicia.

Pensó, sobre todo, en las leyes. En las diez que había heredado de Reax. En las tres que tendría que escribir él mismo. En el peso de cada una de esas palabras, que algún día sería sangre derramada en las calles de Draxcan.

La Llamada de Paul

Esa noche, mientras la luna se alzaba sobre las torres del castillo con un tono rojizo que parecía presagiar algo terrible, Tilio recibió una visita inesperada. No era un delegado imperial, ni un general, ni un representante del senado. Era Paul.

Paul, su amigo. Paul, el representante Elemens que lo había acompañado a Eltrix. Paul, el único ser en todo Draxcan que le decía la verdad sin importarle las consecuencias.

Pero el hombre que entró en su gabinete esa noche no era el Paul que Tilio recordaba. El cabello del representante Elemens, que antes era de un rubio oscuro salpicado de reflejos dorados, ahora era blanco como la ceniza. Su rostro, antaño joven y sereno, estaba surcado por arrugas profundas que no existían la semana anterior. Y su piel, antes morena y tersa, estaba cubierta de tatuajes que se movían lentamente, como si tuvieran vida propia, como si estuvieran susurrando secretos que solo él podía oír.

—Paul —dijo Tilio, sin levantarse de su silla. Su voz, que normalmente era firme, tembló ligeramente al pronunciar el nombre de su amigo—. ¿Qué te ha pasado?

—He leído los libros prohibidos —respondió Paul, con una voz que sonaba diferente, más antigua, más cansada, como si hubiera vivido siglos en el espacio de una sola noche—. Los de la familia Lasmec. Los que contienen la verdadera historia de los Elemens. Y he pagado el precio.

Tilio lo miró fijamente durante un largo momento. Las velas del candelabro parpadeaban, proyectando sombras danzantes en las paredes del gabinete, sombras que parecían tener vida propia. Los tatuajes de Paul brillaban en la penumbra con un resplandor tenue que no provenía de ninguna fuente de luz natural.

—¿Qué has aprendido? —preguntó Tilio, con voz apenas audible.

—He aprendido que el reino está condenado —respondió Paul, y sus palabras cayeron en el silencio del gabinete como piedras en un estanque—. No por tus leyes, no por los distritos, no por la Alianza. Por algo más antiguo. Algo que está bajo tierra. Algo que Nalia ha estado gestando durante siglos.

—¿Nalia? —Tilio frunció el ceño. El nombre le era familiar, pero no sabía por qué—. ¿Quién es Nalia?

—La diosa de la oscuridad —dijo Paul—. La hermana mayor de los siete dioses elemens. La que fue desterrada a las profundidades después de la guerra de los dragones. La que ha estado esperando, pacientemente, el momento de regresar. Y ese momento, Tilio... ese momento está cerca.

El silencio que siguió fue denso como el plomo fundido. Tilio podía oír el latido de su propio corazón en sus oídos, y el crujido de las vigas de madera del castillo, que se expandían y contraían con el frío de la noche.

—¿Qué quieres que haga? —preguntó finalmente.

—Quiero que me escuches —respondió Paul—. Quiero que entiendas que tus leyes, tus distritos, tu Banco Real... todo eso no importa. No cuando el Caos esté a las puertas. No cuando las criaturas de Nalia despierten. No cuando el velo entre este mundo y el plano celestial se rompa.

—¿Y qué puedo hacer yo? —preguntó Tilio—. Soy un hombre. Un humano. No tengo poder para detener a una diosa.

—No puedes detenerla —admitió Paul—. Nadie puede detenerla. Pero puedes prepararte. Puedes fortalecer tus defensas. Puedes buscar aliados. Puedes intentar sobrevivir. Eso es lo único que podemos hacer, Tilio. Sobrevivir.

Tilio apoyó la cabeza en las manos. El peso de la corona, que ya le aplastaba los hombros desde el primer día, ahora se volvía insoportable. No era solo el peso del gobierno, del reino, de las leyes y los distritos. Era el peso de algo más antiguo, más profundo, más terrible. Era el peso de un destino que no había elegido pero que no podía evitar.

—¿Cómo empezamos? —preguntó, levantando la cabeza.

—Empieza por aquí —dijo Paul, señalando el gabinete—. Por las leyes que heredaste. Por las que aún no has escrito. Por los distritos que aún no has controlado. Construye algo fuerte, Tilio. Algo que pueda resistir la tormenta. Porque cuando llegue, no habrá tiempo para construir.



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En el texto hay: reino y poder, leyes, reinos divididos

Editado: 17.06.2026

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