Los mapas colgaban de las paredes del gabinete de Tilio como pieles curtidas en una taberna de cazadores. Eran decenas, quizás centenares, acumulados durante siglos por los cartógrafos del reino: mapas de las rutas comerciales, mapas de los yacimientos minerales, mapas de los bosques que ningún cartógrafo había terminado de mapear con exactitud, mapas de los ríos que cambiaban de curso según las estaciones y mapas de las ciudades que habían desaparecido bajo la tierra después de la Guerra Elemental. Algunos eran tan antiguos que el pergamino se deshacía al tacto, y los escribas los habían copiado una y otra vez a lo largo de los siglos, perpetuando errores que ya nadie recordaba cómo corregir.
Tilio los había mandado traer de los archivos del nivel inferior, donde dormían bajo capas de polvo y telarañas, y los había extendido sobre su mesa de trabajo con la impaciencia de un general que prepara una batalla. Pasaba horas mirándolos, trazando líneas imaginarias con el dedo, marcando fronteras que no existían en la realidad pero que él necesitaba crear.
Pero ninguno de esos mapas le servía. Porque ninguno mostraba lo que él necesitaba ver: la división real del reino, no la geográfica sino la política, la económica, la racial. Los límites que trazaban los ríos y las montañas eran mentiras piadosas comparadas con las fronteras invisibles que separaban a los humanos de los magos, a los elfos de los Elemens, a los ricos de los pobres, a los que tenían poder de los que solo tenían hambre.
En el mapa, el Distrito Imperial era solo una mancha gris en el centro del continente. En la realidad, era el corazón del reino, el lugar donde se tomaban las decisiones y se acumulaban las riquezas. En el mapa, el Distrito Humano era una franja de tierra estéril al este. En la realidad, era un hervidero de resentimiento, una bomba de tiempo que Tilio sabía que algún día estallaría.
Fue entonces cuando tomó una decisión que cambiaría la faz de Draxcan para siempre. No la tomó a la ligera. Pasó tres noches en vela, caminando por los pasillos del castillo con la misma inquietud que había caracterizado a Maez, el joven Elemens encarcelado en las profundidades, y consultando con los ancianos de cada clan en reuniones secretas que nadie registró en los libros de actas del senado.
Las Demandas de los Clanes
Los elfos querían autonomía para preservar sus tradiciones milenarias. No soportaban la idea de que sus leyes ancestrales pudieran ser anuladas por un decreto del gobierno central. Habían vivido en sus bosques durante diez mil años, mucho antes de que Draxcan existiera, y no estaban dispuestos a que un Gran Sabio humano les dijera cómo gobernar sus tierras.
Los magos querían control sobre las academias y los gremios. La educación era su fuente de poder, la manera en que perpetuaban su influencia de generación en generación. Si Tilio les arrebataba las academias, les arrebataba el futuro. Y los magos, por más que envejecerían prematuramente por el uso de su magia, eran expertos en planificar a largo plazo.
Los Elemens querían reconocimiento como la raza fundadora del reino. No pedían privilegios especiales —al menos no abiertamente— pero querían que su historia, su cultura, su papel en la creación de Draxcan fuera respetado. Eran los descendientes directos de los dioses, aunque pocos lo recordaran, y esa memoria, por vaga que fuera, les daba una autoridad moral que ninguna ley podía otorgar.
Los humanos querían tantas cosas que Tilio dejó de contar. Querían pan, querían trabajo, querían que sus hijos no murieran antes de cumplir un año, querían que los guardias dejaran de mirarlos como si fueran sospechosos solo por llevar la piel del color equivocado. Querían justicia, pero la justicia era un lujo que el reino no podía permitirse. Al menos, no todavía.
La Orden de los Cinco Distritos
Al amanecer del cuarto día, Tilio llamó a sus escribas y dictó la orden de división territorial. La Orden de los Cinco Distritos, como se la conocería después, era un documento de apenas tres páginas, escrito en un lenguaje seco y administrativo que ocultaba la enormidad de lo que estaba haciendo. No había en él ni una sola palabra sobre poder, ni sobre control, ni sobre las razones profundas que lo impulsaban. Solo había artículos, incisos y subincisos, una arquitectura legal tan fría que parecía diseñada por un escriba sin corazón.
Los escribas copiaron el documento con manos temblorosas, conscientes de que estaban escribiendo una página de la historia que sus nietos leerían en las escuelas, si es que las escuelas sobrevivían a lo que venía. La tinta negra sobre el pergamino blanco parecía más oscura de lo normal, como si las palabras estuvieran absorbiendo la luz de las velas.
La noticia se extendió por Draxcan como un incendio en un bosque de pinos resecos. Los periódicos matutinos publicaron ediciones especiales con los límites de los nuevos distritos marcados en gruesas líneas negras que partían el reino en cinco pedazos. Los lectores los estudiaron con la intensidad de quienes buscan en un mapa la ubicación de su propia tumba.
Los ricos de los distritos privilegiados sonrieron. Los pobres de los distritos condenados lloraron. Y los sabios del senado, esos ancianos que habían gobernado durante décadas sin que nadie les pidiera cuentas, comenzaron a susurrar entre ellos con voces tan bajas que ni siquiera los magos detectores de mentiras podían escucharlas.
El Distrito Imperial
El Distrito Imperial fue el primero en constituirse. No porque fuera el más grande —de hecho, era el segundo más pequeño después del Distrito Mágico— sino porque Tilio así lo quiso. Su centro era el castillo Dracking, esa mole de piedra negra que se alzaba sobre la ciudad como un puño cerrado contra el cielo, y se extendía en un radio de cincuenta kilómetros a la redonda, abarcando las tierras más fértiles, las minas más ricas y las rutas comerciales más importantes del reino.