La noticia de las tres leyes de Tilio se extendió por Draxcan como un reguero de pólvora encendida. En menos de una semana, no quedaba un solo habitante del reino que no supiera lo que el Gran Sabio había hecho. Los campesinos lo comentaban en los mercados, los artesanos en sus talleres, los soldados en sus cuarteles, los nobles en sus salones. Era el único tema de conversación en tabernas y en palacios, en las plazas y en los callejones, entre los ricos y entre los pobres.
Los periódicos, que habían publicado ediciones especiales con el texto íntegro de las leyes, se agotaron en cuestión de horas. Los pregoneros que leían los documentos en las plazas públicas tenían que alzar la voz por encima de los murmullos de la multitud, y en algunos distritos, por encima de los insultos. En el Distrito Imperial, los delegados de Tilio repartían copias gratuitas en las esquinas, pero la gente las recibía con desconfianza, como si el papel pudiera estar envenenado.
En el Distrito Humano, las reacciones fueron las más violentas. Los humanos llevaban siglos siendo la raza más numerosa y más pobre del reino, la base sobre la que se sustentaba la economía de Draxcan pero la que menos beneficios obtenía de ella. Las minas de sal gema, donde trabajaban jornadas de dieciséis horas bajo el sol abrasador o la lluvia helada, seguían siendo la principal fuente de empleo. Las Granjas de Huesos, donde los más jóvenes recolectaban los restos de las criaturas mágicas muertas durante la guerra para convertirlos en fertilizante, seguían siendo la única oportunidad de salir de la pobreza para muchos adolescentes que no tenían otra formación ni otra esperanza.
Y ahora, con la Ley de Industrialización e Independencia Monetaria, los humanos veían cómo se cerraba hasta la última rendija por la que podía colarse un rayo de luz.
El Clamor de los Humanos
En las tabernas del Distrito Humano, donde el vino era tan aguado que apenas quitaba la sed y el pan era tan duro que había que remojarlo antes de comerlo, los ancianos se reunían cada noche para hablar. No eran líderes políticos ni agitadores profesionales. Eran viejos mineros, viejos agricultores, viejos artesanos que habían visto nacer y morir a varias generaciones de sus familias bajo el yugo de los señores de otras razas.
—Nos han condenado —decían, mientras bebían vasos de barro que habían pertenecido a sus padres—. No contentos con habernos usado como carne de cañón en la guerra, ahora nos dicen que seamos autosuficientes. ¿Con qué? ¿Con sal? ¿Con huesos? ¿Con las manos vacías que nos quedan después de haber trabajado para ellos durante generaciones?
Uno de ellos, un hombre de rostro surcado por las arrugas como la tierra seca por las grietas, golpeó la mesa con el puño. El vaso de barro saltó y se rompió en el suelo, pero nadie le prestó atención.
—Mi abuelo murió en la Guerra Elemental —dijo—. Mi padre murió en las minas de sal, con los pulmones llenos de polvo y los ojos ciegos. Mi hermano mayor fue ejecutado por protestar contra los delegados imperiales. ¿Y qué hemos recibido a cambio? ¿Un asiento en el senado? ¿Para qué sirve un asiento si nadie nos escucha?
Los otros asintieron, con las cabezas gachas y los puños apretados. Era una historia que todos conocían, porque era la historia de todos.
En el Distrito Mágico, la reacción fue más contenida pero no menos amarga. Los magos, que habían sido la élite intelectual del reino durante siglos, veían cómo su influencia se desmoronaba bajo el peso de las nuevas leyes. Las academias, antaño centros de saber respetados en todo el continente, ahora estaban controladas por delegados imperiales que informaban de cada palabra que pronunciaban los profesores.
Las bibliotecas, donde se guardaban los tomos más antiguos y valiosos, habían sido selladas y solo podían abrirse con permiso expreso del Gran Sabio. Los guardianes de las bibliotecas, magos ancianos que habían dedicado su vida al estudio, ahora eran vigilados por guardias imperiales que no sabían leer. Y los magos jóvenes, los que deberían haber sido el futuro de la magia en Draxcan, se morían de asfixia intelectual, sin acceso a los conocimientos que sus predecesores habían acumulado durante siglos.
El Lamento de los Magos
Pero lo peor, lo que realmente había encendido la mecha de la rebelión, era el envejecimiento acelerado. Los magos ancianos, aquellos que habían dedicado su vida al estudio de las artes arcanas, se morían uno tras otro, víctimas de un deterioro físico que nadie en el gobierno parecía dispuesto a investigar.
No era una enfermedad. No era una maldición. Era el precio de la magia, como los ancianos de su gremio siempre habían sabido, pero que nunca habían confesado abiertamente. Cada hechizo poderoso, cada uso intensivo de la magia, desgastaba el cuerpo del mago. Le robaba días, semanas, meses de vida. Los que más magia usaban eran los que más rápido envejecían. Y en el gobierno de Tilio, los magos eran los que más magia usaban, porque sus delegados y sus generales se lo exigían.
—Nos están dejando morir —decían los magos jóvenes en las reuniones clandestinas que celebraban en sótanos y traseras de tiendas. Las paredes estaban cubiertas de símbolos de protección, para que los detectores de mentiras del senado no pudieran escucharlos. Las velas, de sebo barato, llenaban el aire de un humo espeso que picaba los ojos y la garganta—. Y mientras nos debilitamos, los Elemens se fortalecen. Los elfos se aíslan. Los humanos se empobrecen. Y Tilio, ese humano que se sienta en el trono de basalto, nos mira a todos con sus ojos de pez muerto y nos dice que todo va bien.
Uno de los magos, un hombre joven de apenas treinta años pero con el aspecto de uno de sesenta, levantó la mano. Su piel era amarillenta, como la de un enfermo de hígado, y le temblaban los dedos cuando hablaba.
—Mi maestro murió la semana pasada —dijo—. Tenía sesenta y dos años, pero parecía de ciento diez. Los médicos dijeron que fue un paro cardíaco. Pero yo lo vi lanzar un hechizo de contención hace un mes, durante las protestas. El hechizo salvó la vida de treinta personas. Y también le costó la suya. Nadie en el gobierno quiere hablar de eso. Nadie quiere investigar. Porque si se supiera que la magia mata, los magos dejarían de usarla. Y Tilio perdería su ejército más poderoso.